Home Investigacion en Intelligencia Artificial y Desarrollo de Algoritmos Desarrollo de Energia Nuclear y Avances en Fisica Nuclear Innovacion en Tecnología de Vanguardia

Aulas medio vacías. Cada vez con más estudiantes que aparecen apenas en fechas muy señaladas por el profesor o ya ni esto. Lo que hasta hace unos años era un problema puntual vinculado a dificultades económicas o necesidad de compaginar trabajo y estudios se está convirtiendo en una constante en las universidades. Un alarmante porcentaje de alumnos va a clase poco o muy poco. Un estudio de la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB) hecho público esta semana ha puesto cifras al problema: en algunas asignaturas se alcanza hasta el 60% de inasistencia. Entre la falta de interés y la imposibilidad de asistir hay una amplia gama de factores que explican esta tendencia, que se afianzó tras la pandemia.
José Luis Ábalos, Koldo García y Víctor de Aldama han asistido durante tres semanas como espectadores al serial sobre sus años de auge, poder y caída en el que se ha convertido el juicio que se celebra en el Tribunal Supremo. Sentados en la última fila del estrado, los tres acusados han escuchado en silencio un relato que ha pasado del vodevil bochornoso de las primeras sesiones, centradas en los enchufes a amigas del exministro y casas compradas para él por empresarios, al desfile de funcionarios y antiguos altos cargos que han detallado cómo el antiguo asesor de Ábalos promovió en los peores días de la pandemia la compra de mascarillas a la empresa vinculada a Aldama, un comisionista con influencia y presencia constante en el núcleo de poder del Ministerio de Transportes. Los tres romperán su silencio esta semana, cuando la vista entra en la fase final, que incluye, a partir del miércoles, los interrogatorios a los acusados. El resultado es imprevisible por el enfrentamiento abierto entre el ministro y su antiguo asistente con el empresario con el que supuestamente se asociaron para hacer negocio.
La vista oral sobre el caso Kitchen ha sumado su tercera semana de sesiones. Aunque aún queda mucho camino por delante (no se prevé que acabe hasta finales de junio), casi 50 testigos han desfilado ya ante el tribunal de la Audiencia Nacional que enjuicia la operación activada en 2013 en el seno del Ministerio del Interior para espiar a Luis Bárcenas, a su familia y a su entorno. En estos días, los magistrados han podido escuchar, entre otros, al propio extesorero popular; a Mariano Rajoy, presidente del Gobierno y del PP durante el despliegue policial; y a María Dolores de Cospedal, antigua secretaria general del partido. Pero, también, a más de una veintena de agentes, que ofrecieron datos que refuerzan buena parte de la tesis de las acusaciones sobre la trama.


La leyenda de Héctor Manuel Mejía, dominicano de 33 años crecido en el distrito madrileño de Villaverde y afincado en Seseña (Toledo), se truncó el 11 de julio de 2023. Leyen o El Leyenda, filiado desde su tierna juventud en los archivos policiales como líder conocido y respetado de la banda juvenil violenta de los Dominican Don’t Play (DDP), recibió aquella calurosa tarde de verano un disparo en el abdomen que le reventó el bazo y le atravesó un pulmón antes de que la bala se alojara en una de sus vértebras lumbares. Hoy, reconvertido en un tiktoker que relata cómo vivir en silla de ruedas, acude al juicio por aquellos hechos, ocurridos en un narcopiso de Ciempozuelos.

El ejército israelí ha ensayado varios nombres para referirse a los territorios que ocupa en el sur de Líbano: “línea de defensa avanzada”, “zona de seguridad”. Finalmente ha dado con el más revelador sobre sus intenciones allí: “Línea Amarilla”. Como en Gaza, designa una divisoria —en teoría, temporal— que separa el 52% de la Franja bajo su control, convertida ya en un territorio despoblado y en ruinas, del 48% restante, en manos de Hamás. Es el proyecto en el que el Gobierno de Benjamín Netanyahu se ha embarcado para mantener a Hezbolá lejos de su frontera. Una suerte de reedición de fallidas experiencias pasadas (el mapa se asemeja al del 6% del país que ocupó durante 15 años, hasta su retirada en 2000), pero en versión limpieza étnica y en medio —al menos sobre el papel— de una tregua recién prorrogada tres semanas.
Hace 20 años, una aspirante a periodista decidió aceptar un trabajo de asistente de dirección en la revista de moda más importante, es decir, con más influencia y poder del mundo. Andy Sacks, interpretada por Anne Hathaway, aterrizaba en Runway casi como una marciana en la Tierra y descifraba a la fuerza todos los códigos de una industria que desconocía, ante la implacable mirada y verbo de su jefa Miranda Priestly (Meryl Streep). Ocurría en la película El diablo viste de Prada, inspirada en un libro del mismo título de Lauren Weisberger, quien había trabajado como asistente de Anna Wintour. La película se convirtió en un clásico instantáneo porque fue capaz de hacer una radiografía del capitalismo aspiracional de los 2000 con un estilismo carísimo. El próximo 30 de abril se estrena en España la segunda entrega. El escenario es el mismo, pero en estas dos décadas unas cuantas cosas han cambiado: el rendimiento extremo se llama burnout, el periodismo encadena su enésima crisis y las jerarquías clásicas de poder se han desmoronado.
A punto de cumplirse un año del apagón que durante horas dejó sin electricidad a España, a Portugal y a zonas del sur de Francia, el balance de la gestión del incidente por parte de los responsables políticos, institucionales y empresariales dista de ser satisfactorio. No se han abordado las reformas prometidas ni han aparecido culpables declarados. Los consumidores, mientras tanto, soportan en sus facturas el coste añadido de las operaciones que desde entonces aplica el operador del sistema, Red Eléctrica, para evitar que se repita el cero eléctrico. Un país que el 28 de abril de 2025 se quedó a la oscuridad todavía está a la espera de la plena rendición de cuentas.

El terrorista Pablo Escobar, uno de los grandes asesinos del siglo pasado, murió abaleado sobre un tejado de Medellín a finales de 1993. Había escapado un año y medio atrás de la cárcel La Catedral, construida por él mismo para permitir ese eventual escape, y esa huida sumió a Colombia y a sus instituciones en una crisis tan aguda que se creó un ejército entero cuya única misión era capturarlo vivo o muerto. Eso sucedió por fin a comienzos de diciembre, un día que era soleado en mi ciudad, y no se me han diluido en la memoria las caras de mis compañeros de la facultad de Derecho cuando nos enteramos de la noticia: había en ellas algo que solo puedo llamar alivio. He vuelto a pensar en ese día porque Colombia entera está hablando una vez más del legado de Escobar, pero esta vez refiriéndose a una de sus facetas más extrañas: la obligación de lidiar con una población de hipopótamos —169, según los conteos oficiales— que se han convertido con los años en un enorme problema ambiental, además de una metáfora maravillosa. ¿De qué? Eso es lo que no se sabe. Ni la metáfora es clara ni el problema ambiental parece fácil. Pero de eso estamos hablando.
Recuerdo muy bien aquella estampa familiar. Mi madre zurcía calcetines con un huevo de madera en un lugar de casa donde corría una brisa que venía del mar, y mientras la criada, canturreando canciones de Concha Piquer, lavaba de rodillas el suelo con agua y jabón, mi padre leía la Biblia sentado en su despacho. El Antiguo Testamento es un libro de honda sabiduría lleno de personajes tenebrosos que cometen toda clase de crímenes y tropelías. Mi padre pudo leer que Lot se acostaba con sus hijas, que el rey David descubrió desde la azotea a Betsabé bañándose desnuda y envió a su esposo Urías a primera línea de fuego de la guerra para quitarle a la mujer y ocultar el adulterio; por su parte Yahvé mandaba pasar a cuchillo a mujeres y niños al final de cada victoria. No comprendía que siendo mi padre tan recto, serio y adusto no se escandalizara ante un Dios tan feroz y ahíto de sangre que habiendo entregado a Moisés las tablas de la ley cuyo quinto mandamiento prohibía matar, gritara a continuación con voz tronante “¡mátalos!” a los que adoraban un becerro de oro al pie del Sinaí. Un día me sorprendió ver que mi padre había dejado de lado la Biblia; pensé si se habría encontrado con algún escollo muy difícil de saltar. Fue que su lectura había llegado al Cantar de los Cantares y leer que los pechos de la amada eran como dos cervatillos mellizos que pacían entre azucenas y que sus labios eran como cinta de escarlata, muy dulces al hablar, que el amado y la amada se adentraban en huertos oscuros para tomar zumo de granada y entrelazaban sus cuerpos al pie de un manzano, al parecer mi padre no pudo soportar que Dios hubiera inspirado esa turbia sensualidad y dijo, hasta aquí hemos llegado y dio carpetazo. Sucedió a finales de los años cincuenta del siglo pasado. Se notaba que los tiempos estaban cambiando porque poco después mi madre ya no tenía que zurcir los calcetines, la criada dejó de lavar el suelo arrodillada y ya lo hacía de pie con la fregona y mi padre solo leía el diario.