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Este será uno de los meses más flojos en cuestión de series de los últimos años. Agosto siempre ha sido un mes de transición, a medio camino entre los títulos pensados para el verano, que se estrenan hacia junio y julio, y las novedades de la temporada otoñal, que aguardan su turno en septiembre y octubre. El entrenador de fútbol más famoso de la ficción televisiva, Ted Lasso, regresa este mes con una cuarta temporada. También este mes se completará la historia de Macondo en formato serie. Y los superhéroes Green Lanterns cobran vida con Damon Lindelof a los mandos de la adaptación.

Hace apenas una década, el número 6 de la calle de Santa Ana era un edificio de vecinos. En los descansillos se conocían por los nombres, las conversaciones saltaban de balcón a balcón y los comercios de la calle formaban parte de la vida cotidiana de quienes vivían allí. Hoy, las maletas con ruedas han sustituido en buena medida a los carros de la compra. Las puertas se abren y se cierran al ritmo de turistas que apenas pasarán unos días en Madrid y muchos de los antiguos residentes han abandonado el inmueble. El edificio se ha convertido en un retrato de cómo el encarecimiento de la vivienda y la proliferación de los pisos turísticos están vaciando La Latina, en el mismo corazón de la ciudad. En él todavía resiste algún vecino de toda la vida. La principal, y más conocida, es Francisca López Ruiz, Paquita, de 82 años, cuyo caso se ha convertido en el símbolo de ese proceso.


Una pareja entra a media tarde de este jueves a la inmobiliaria de Raimy Balderrama, en pleno centro de Granollers (Vallès Oriental), interesándose por si tiene algún piso de alquiler. Su visita es corta: ahora no hay ninguno. “Es curioso. Justo mañana [por el viernes] firmamos un contrato de alquiler, pero es el primero en un año”, afirma Balderrama, que regenta la agencia Mirai Homes. La ciudad, de unos 66.000 habitantes, es uno de los 22 municipios que han dejado de ser considerados zona de mercado residencial tensionado, en los que se podían aplicar topes a los precios del alquiler, por la mejora de los indicadores que miden la facilidad de acceder a una vivienda. En la misma calle, otro profesional del sector que pide no ser citado frunce el ceño. “No se puede topar lo que no existe. No hay alquileres”, afirma. En los escaparates de esa calle, donde se concentran varias agencias, todos los pisos son de compraventa.

Una molèstia al queixal l’ha fet córrer al dentista just abans de començar les vacances. No vol que això li esguerri el període de descans, al qual li costa entrar perquè sempre necessita molta activitat. Per això Eduard Farelo (Barcelona, 1970) ha anat a Vilassar de Mar, el poble on ha viscut més de vint anys i on encara hi té alguns vincles, però cada cop més records que vivències. Va anar a parar a aquest racó del Maresme quan es va trobar amb cinc fills en un pis petit de Sarrià. Li va costar molt deixar la ciutat, explica. Segurament per això fa un any i mig que torna a viure a Barcelona, una decisió que va prendre un cop els fills van volar del niu. En parla orgullós, de tots cinc. Des de la més famosa Alba (Bad Gyal) a l’Irma (Mushkaa) i també la Greta, amb un projecte de música incipient que troba “preciós”. Però també parla amb devoció de la Paula i el Bruno i de la seva dona, l’Eva. Tots junts formen el clan Farelo Solé. Fugen de l’exposició pública com a tal, però la singularitat i unió d’aquesta família del món cultural català de vegades passa per damunt de la seva voluntat.

Rumania lleva más de tres años soportando incursiones de drones rusos en su espacio aéreo, pero esta semana Bucarest ha cruzado una línea que hasta ahora había evitado: derribarlos. En apenas 48 horas, entre el 24 y el 26 de julio, las Fuerzas Aéreas Rumanas abatieron tres aparatos no tripulados que habían penetrado en su espacio aéreo, una decisión sin precedentes desde el inicio hace cuatro años y medio de la invasión rusa en Ucrania —país con el que comparte 650 kilómetros de frontera—, y que refleja un cambio de doctrina frente a una amenaza cada vez más frecuente.
No era la intención de Yoel Ben David cuando abrió en junio Café Basimtá (En el callejón, en hebreo), en el centro de la parte occidental de Jerusalén, cerca del mercado de Mahane Yehuda. En una ciudad cada vez más religiosa, en la que los judíos ultraortodoxos representan ya el 46% de la población y los seculares han descendido al 13%, buscaba un local comercial en uno de los escasísimos barrios con abundante población secular. Quería abrir en sabbat, la jornada sabática que comienza al anochecer el viernes y termina unas 24 horas más tarde. No para “ser abanderado de nada”, ni lanzar un mensaje político, sino para añadir una opción de ocio a una ciudad que se vuelve “aburrida en sabbat”, con apenas un puñado de cafeterías y bares abiertos en los barrios judíos, cuenta frente a su local. La decisión, sin embargo, movilizó a facciones de judíos ultraortodoxos, que comenzaron a manifestarse a la entrada gritando a los clientes “shabbes” (sabbat, en yidish). Como cualquier fósforo en la lucha por el carácter de Jerusalén crea un incendio, decenas de israelíes parieron una contramanifestación liberal. La cafetería ha acabado así convertida, a su pesar, en epicentro de una pugna que saca a la luz las brechas internas en el seno de la mayoría judía en Israel.

Después de tres años sin estrenar un circuito nuevo, la Fórmula 1 comienza la cuenta atrás para que sus bólidos echen a rodar en el Gran Premio de España de Ifema. Faltan apenas 40 días y aún queda muchísimo trabajo por hacer. Los sonidos de grúas, choques de metales del montaje de gradas y las nubes de polvo levantadas por el incansable trabajo de los obreros bajo el tórrido sol de Madrid envuelven el recinto de Ifema y la zona del barrio de Valdebebas.

El miércoles pasado se cumplieron dos años desde que Williams anunció la contratación de Carlos Sainz para 2025. La operación se concretó después de un largo cortejo por parte de James Vowles, el director de aquel equipo británico que fue una de las referencias en las décadas de los años ochenta y noventa –siete títulos de pilotos y nueve de constructores entre 1980 y 1997–, y del que ahora solo queda el nombre: la última victoria se produjo hace 14 años, en Montmeló (2012), el día en que Pastor Maldonado se convirtió en el primer venezolano en ganar un gran premio antes de que el taller de la escudería se pusiera a arder, literalmente. Vowles, procedente de Mercedes, donde fue la mano derecha de Toto Wolff, comanda el proyecto de Dorilton Capital, un fondo estadounidense privado cuya propiedad no es fácil de definir, que compró Williams a mediados de 2020. Si bien es cierto que su promesa de recuperación en todo momento ha apuntado al medio-largo plazo, la espera empieza a convertirse en desesperante para Sainz, que dentro de un mes exacto cumplirá 32 años y que es consciente de lo rápido que va el tren del que intenta no caerse.

En el seno del Ministerio del Interior, uno de los departamentos con mayor poder del Gobierno, se urdió en 2013 un plan para espiar a Luis Bárcenas. El extesorero del PP se había revelado como una pieza clave del entramado de corrupción del caso Gürtel y, tras conocerse la fortuna que amasaba en Suiza, acabó con sus huesos en la cárcel. En enero de ese año, además, EL PAÍS había publicado los famosos papeles de Bárcenas, que demostraron que los conservadores contaban desde hace años con una caja b. La tensión en la formación, por tanto, era máxima. El excontable popular amenazaba con tirar de la manta y se había convertido en la mayor amenaza política para el partido que ocupaba La Moncloa, con Mariano Rajoy como presidente.



Cómo y cuándo va a ser el regreso de Carles Puigdemont a España es uno de los interrogantes que arrastra el verano y que alimenta la madeja en que se ha convertido la amnistía del expresidente de la Generalitat. Un enredo para él a nivel personal, pero también un entuerto para la legislatura española, atendiendo al papel desequilibrante de Junts y su capacidad para zancadillear al Gobierno del PSOE. “Cuando llegue el momento, depende del escenario, el retorno será de una manera o de otra”, concede una persona que mantiene contacto permanente con Puigdemont. “Para él, seguro que tendría mucha simbología poder hacer un regreso señalado en una fecha como el 11 de septiembre o, mejor aún, el 1 de octubre”, indica la misma voz. “El calendario no lo decide ni el president ni Junts, el calendario está en manos de los jueces, pero el tiempo está de nuestra parte porque el regreso se producirá en calidad de ciudadano catalán libre”, opina un alto cargo de Junts per Catalunya.