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“Siguiendo el consejo de mi abogado, me niego respetuosamente a responder, amparándome en mis derechos conforme a la Quinta Enmienda de la Constitución”. Hasta un centenar de veces repitió Anthony Fauci el miércoles esta frase durante las más de tres horas que duró su comparecencia ante el Senado de Estados Unidos. El hombre que encabezó la lucha contra la pandemia del coronavirus, primero con el presidente Donald Trump y luego con Joe Biden, y que dirigió durante 38 años, con administraciones republicanas y demócratas, el Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas, reconocía, con gran dolor, que no iba a responder a las preguntas de los parlamentarios.
La Unión Europea necesitó seis semanas, tres intentos fallidos y casi una noche de negociaciones maratonianas para sacar adelante el último paquete de sanciones contra Rusia. No fue un tropiezo aislado. Apenas tres meses antes, el anterior estuvo bloqueado 76 días por el veto cruzado de dos países, Eslovaquia y Hungría. Veintiún paquetes y más de cuatro años después de que la UE lanzara sus primeras sanciones a la órbita del Kremlin por la invasión a gran escala de Ucrania, la maquinaria que avanzaba casi al unísono, con la excepción del húngaro Viktor Orbán, empieza a mostrar signos de fatiga. No porque la Unión Europea haya dejado de castigar a Moscú, sino porque lo que ya está en la lista es tan numeroso que ahora cada vez le cuesta más encontrar algo nuevo que sancionar sin que algún socio se levante de la mesa.

Las agresiones físicas y las coacciones de todo tipo que una empresa de desokupas lleva meses infligiendo sobre los inquilinos de los corralones de la calle Castellar, en el corazón de Sevilla, para forzar su salida de ese espacio y acelerar una operación urbanística que pretende construir un hotel y 35 apartamentos, ha devuelto el interés por la actividad industrial, artesana y artística que lleva desarrollándose desde hace décadas en estas construcciones únicas de la capital hispalense, que han generado de manera natural un ecosistema cultural y económico y que se ven amenazadas por la especulación y una presión turística que se expande sin control por el centro histórico. Los artesanos y creadores reivindican con la película Siete Vírgenes la importancia de los corralones, último reducto creativo y autóctono de la capital andaluza, que garantiza en buena medida la conservación del barrio en el que se ubican, frente a la gentrificación y homogeneización impuesta por el turismo, y reclaman de las administraciones públicas más apoyo para garantizar un modelo de productividad que forma parte del patrimonio material e inmaterial sevillano.



Pablo Bustinduy (Madrid, 43 años) habla con la convicción del que empieza, optimista, pero acusa el cansancio de un curso político sumamente complicado que ha logrado culminar con una victoria en la mano: la reforma de las leyes de discapacidad y de dependencia, que aprobó ya la Cámara baja y que el ministro de Derechos Sociales, Consumo y Agenda 2030 prevé que llegue al BOE a principios del otoño. Pero la satisfacción no es completa: el Ejecutivo ha tenido que aplazar a septiembre la aprobación del decreto para paliar la crisis de la vivienda, primer problema de los españoles, ante la imposibilidad de poner de acuerdo a los socios.


La tradición dicta que un mejor o peor verano depende en gran parte del número de suspensos con el que tu hijo despidió el curso escolar en junio. Y ya no hablamos si le tocó repetir.

Los taxis eléctricos siguen siendo muy minoritarios y solo alcanzan un 5% de la flota total de 61.000 vehículos en España, pese a que los conductores que ya dejaron atrás los humos de los coches de combustión ensalzan sus ventajas. La mayoría de las ciudades ronda ese exiguo porcentaje, aunque hay excepciones como Bilbao, donde uno de cada cuatro ya funciona con baterías, según cifras oficiales. “La gente ha hecho sus números y la diferencia es abismal, de 600 euros en diésel a solo 100 euros en electricidad. Siempre habrá detractores del eléctrico, pero los compañeros han visto que el consumo no tiene nada que ver y el mantenimiento es baratísimo. Algunos nos miran con envidia y otros piensan que estamos locos, pero la diferencia económica es bestial”, destaca Iñaki Pardo, representante de Radio Taxi en esa ciudad vasca, la que a mayor velocidad cambia sus modelos térmicos de este servicio público.
Hay ideas tan obscenas que ni siquiera sobreviven al roce con sus propios y potenciales padrinos. El sábado nos levantamos con la feliz noticia de que Gianni Infantino había dado marcha atrás a su plan maestro y, por tanto, la FIFA no venderá el 20% de su negocio a inversores privados. La decisión de la UEFA de plantar cara al proyecto acabó siendo el principio del fin. Cuando Europa dijo que ni por asomo, el castillo de naipes se vino abajo en un suspiro. Ahora la pregunta ya no es qué será de la idea, sino cuánto poder, liderazgo y credibilidad se ha dejado Infantino por el camino. No parece poco.
Desde hace semanas, un gigantesco Companion ocupa la fachada principal del Albertina Modern de Viena. Se trata de una de las creaciones más icónicas y repetidas del arte urbano de KAWS, el seudónimo creativo de Brian Donnelly. A medio camino entre el icónico Mickey Mouse de Disney y la representación moderna de una calavera, estos personajes ocupan espacios públicos y plantean preguntas sobre las fronteras que delimitan lo que es o no es arte. Esta en concreto, de casi ocho metros de altura y hecha de madera, hace referencia al Angelus Novus de Paul Klee y a la sensación de catástrofe y melancolía que emana del cuadro. “La tristeza, el enfado, el sentirse avergonzado o inseguro... todas esas emociones explican a KAWS”, comenta a EL PAÍS ante la escultura Angela Stief, directora del museo austriaco.
En la semana en la que entran unos 50.000 inmigrantes a una ciudad de 83.595 habitantes hay que agradecerle a Dios (o a quien le rece cada uno) que no haya pasado nada peor de lo que ya ha sucedido; de momento, más de setenta muertos, que serán más, y un pedazo de litoral con un lecho marino de cadáveres. Muertes por violencia, de momento, ninguna.
En una reciente entrevista con motivo de su último disco, The Boys Of Dungeon Lane, Paul McCartney tuvo que responder a una de las preguntas más recurrentes de su carrera: si de verdad una vez prendió fuego a un condón. Antes de componer canciones como Yesterday o Hey Jude, el músico fue autor intelectual de uno de los incidentes más sonados durante la etapa de los Beatles en Hamburgo (Alemania), entre 1960 y 1962. “Era un sitio lúgubre, con paredes de cemento. Cuando nos íbamos, como acto de rebeldía contra ese horrible alojamiento, ya que Pete [Best, el batería de entonces] llevaba un condón encima, lo sacamos, lo clavamos y le prendimos fuego”, narró McCartney a la presentadora del programa, mientras masticaba un nugget vegano (el formato de la entrevista era una cita en una pollería). “Arden muy bien, ¿nunca has encendido uno? No has vivido de verdad hasta que prendes fuego a un condón”.