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Marilyn Monroe tuvo que luchar contra muchos lobos, la mayoría productores y directores de Hollywood, pero también agasajadores sexuales de todo tipo. Ella misma lo contó en un artículo publicado en la revista Motion Picture Magazine en enero de 1953, cuando tenía solo 26 años y unas cuantas comedias a sus espaldas. A pesar de que murió pronto, por una sobredosis de pastillas, el 4 de agosto de 1962 cuando hacía poco que había cumplido 36, actuó en 32 películas. Este texto, de su puño y letra, forma parte de la retrospectiva que La Cinémathèque française dedica a la inolvidable actriz por el centenario de su nacimiento, que se celebró el pasado 1 de junio. Dice mucho de la industria del cine que la convirtió en un icono sexual, pero también de su capacidad para tomar las riendas de su carrera. Desgraciadamente, muchos otros lobos le acecharon, desde una infancia difícil en varios orfanatos, una madre con enfermedad mental, tres matrimonios tormentosos, una salud frágil que le provocó dos abortos, múltiples adicciones y un estado emocional voluble. A pesar de ello, fue una mujer independiente, montó su propia productora y dejó un puñado de títulos memorables. Coproducida por la cinemateca francesa y la Fundación La Caixa, la exposición llegará ampliada a CaixaForum Barcelona la primavera de 2027 y en otoño del mismo año se podrá ver en CaixaForum Madrid.

La economía ha soportado por ahora el caos en el orden global desatado por Donald Trump, pero la resiliencia tiene un límite y el presidente de Estados Unidos parece empeñado en someterla a nuevas pruebas de estrés. En los últimos días, el conflicto de Oriente Próximo ha entrado en una nueva escalada que ha llevado el barril de petróleo brent a tocar los 100 dólares. Esta subida ha reavivado el riesgo de un shock energético, con sus derivadas lógicas de más inflación y alzas de los tipos de interés. Por si el escenario no fuera suficientemente complejo, el magnate republicano ha reabierto la guerra comercial contra la mayor parte de sus aliados, lo que añade obstáculos a las cadenas de suministro de las empresas. Si algo aprecian las compañías, y en particular las multinacionales, es la seguridad jurídica, un concepto que la Casa Blanca hace saltar por los aires con una frecuencia inusitada.

Las celebridades nos persiguen, nos asedian, nos acosan con ubicuidad, alevosía y cháchara motivadora. Se diría que viven obsesionadas por nuestra mirada. Su presencia es insistente, acechante, indiscutible, sin réplica. Te asaltan en la sala de espera del dentista, en la peluquería, en los informativos, en la parada de autobús, en una inofensiva charla de ascensor. Sin querer, sin importarte, sin pretenderlo, averiguas sus peripecias, sus cumbres y sus derrumbes. Recuerdo que, siendo aún niña, mientras atravesaba la ría de Vigo en un barco de línea regular con mi pelo corto alborotado por un viento ensordecedor, la televisión retransmitía una boda principesca. Me parece estar viendo aquella pequeña pantalla parpadeante y muda. Con tres años, contemplaba boquiabierta los metros de cola de un vestido interminable —más larga que la estela de espuma del ferry que me llevaba a bordo—. Fue la primera aparición, palpitante y tersa, de lo irreal.
Carne 100% a la parrilla, doble de queso fundido y bacon crujiente. Hasta que la empresa que lo había contratado canceló la campaña, estos eran los ingredientes del bocadillo de elXokas. Yo apenas sabía nada de quien era este creador de contenido, que tiene 35 años y millones de seguidores en España, pero mi hijo adolescente lo sigue y se troncha con los cascos puestos en su habitación mientras mira sus videos, bro. Un día nos pidió como 15 euros para zamparse aquel menú del Burger King y hacerse unas risas después de una tarde de entreno. No era mal plan y pensé que el tipo de márquetin la había clavado con aquella apuesta publicitaria protagonizada por varios streamers. Pero poco después la empresa emitió un comunicado donde anunciaba que había cancelado el acuerdo con elXokas. El problema habían sido unos comentarios suyos que habían saltado a las redes convencionales y podían afectar a la reputación de la marca.

Vivimos en el mundo real, gobernado por la fuerza y el poder según leyes de hierro que rigen desde el principio de los tiempos. La frase, enunciada por el asesor de Seguridad Nacional de Donald Trump, Stephen Miller, pretende sonar a diagnóstico y se parece a aquella de Tucídides (“Los fuertes hacen lo que pueden, los débiles sufren lo que deben”), citada hoy como fórmula para explicar que el orden internacional cambia por debajo de nuestros pies. El supuesto realismo se presenta como lo contrario de la fantasía porque dice ver el mundo como es, sin ilusiones ni ideología. Pero la fantasía, nos dice Iris Murdoch, no es soñar con lo que no hay, sino construir un relato que nos exime de mirar, quizás porque no queremos ver que detrás de esa ley de hierro hay alguien decidiéndola. En el mundo real, por ejemplo, hay once altos cargos del Tribunal Penal Internacional con las cuentas bloqueadas por una orden ejecutiva de Donald Trump, una ofensiva declarada del secretario de Estado, Marco Rubio, que ni se molesta en disimular su propósito, y una declaración presidencial diciendo que Benjamin Netanyahu no será detenido en suelo estadounidense.
A veces una anécdota tecnológica ilumina un problema de mayor calado. OpenAI sometió a varios de sus modelos más avanzados a pruebas para medir sus capacidades. La IA consideró que Hugging Face, una de las mayores plataformas mundiales de inteligencia artificial, alojaba recursos útiles para su tarea y decidió acceder ilícitamente a su infraestructura usando una vulnerabilidad desconocida.
Estaciones llenas de bicicletas con las baterías sin cargar. Estaciones que en la aplicación figura que están vacías, pero en realidad tienen vehículos disponibles. Bicicletas sin pedales. Con la cadena rota, las ruedas gastadas. Frenos que no frenan. Turistas con tarjetas de abonado que dicen que les han dado “en el piso turístico” o de “Airbnb”. Problemas de uso derivados del cambio diseño de la aplicación. Desde hace unos meses y sobre todo unas semanas, el servicio de bicicleta pública de Barcelona, el Bicing, pionero en España, recibe un aluvión de quejas, sobre todo en las redes sociales.
Zeinab Bashir al Shafi, una mujer sudanesa de 70 años, carga la extenuación en la voz. Habla con firmeza, pero de forma pausada y amortiguada. Reposada sobre una alfombra, descalza, con las piernas cruzadas y vistiendo un toub de colores, recuerda que hasta hace poco tiempo ella y su familia llevaban una buena vida, cómoda. Que no les faltaba nada.
Lance Armstrong convirtió en polvo sin brillo la cifra mágica de cinco Tours, la frontera de los campeones, pero convenientemente el mismo sistema al que había humillado borró al tejano y sus siete Tours consecutivos en una de las décadas más oscuras del ciclismo (1999-2005). Cinco, como los cinco dedos de la mano, como los cinco Tours de Jacques Anquetil (1957 y 1961-64) que fijó un límite que él mismo no quiso superar, en el que se detuvieron después Eddy Merckx (1969 a 1972 y 1974), Bernard Hinault (1978,1979, 1981, 1982 y 1985) y Miguel Indurain (1991 a 1995). A los cinco se asoma irresistiblemente Tadej Pogacar, más joven que ninguno. Lo hace dos meses antes de cumplir 28 años, a los 27, la edad a la que esperó Miguel Indurain para comenzar su serie porque los antiguos campesinos de la paciencia navarros que le guiaron consideraban que el cuerpo ha alcanzado la madurez necesaria para empezar a rendir al máximo.