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“Una especie de tortura diaria”. Así definió el pasado miércoles José Luis Ábalos los 14 trayectos de ida y 14 de vuelta que él y Koldo García han hecho durante el último mes para acudir desde la cárcel de Soto del Real al Tribunal Supremo, donde el primer juicio del caso Koldo ha quedado esta semana visto para sentencia. “No es fácil venir hasta aquí, los madrugones son importantes, llega uno muy de noche y todos los días llegamos y vamos esposados”, lamentó el exministro, en prisión preventiva junto a su antiguo asesor desde noviembre. Si el Supremo les condena, el encarcelamiento ya no será provisional sino firme durante los años que decreten los jueces. “Me juego la poca vida que me quede, que tampoco es mucha”, asumió el exministro, de 66 años, en su turno de última palabra. La Fiscalía Anticorrupción reclama 24 años para el exministro y 19 y medio para quien fuera su mano derecha, mientras que el tercer acusado, Víctor de Aldama, se enfrenta solo a una pena máxima de siete años por haberse autoinculpado y aportado datos que los investigadores consideran que han sido “relevantes” para esclarecer los hechos.
Es 26 de marzo de 2019. Resignado, el comisario Enrique García Castaño se sienta en una austera sala de la Audiencia Nacional. Enfrente se coloca el magistrado instructor Manuel García-Castellón; y a su derecha, los fiscales Ignacio Stampa y Miguel Serrano. “Querría ampliar más cosas”, dice entonces el agente jubilado de la Policía Nacional, a quienes todos conocían en el Cuerpo por el apodo de El Gordo. Un tipo peculiar (espontáneo, lenguaraz, procaz...) que apenas unas semanas antes ha admitido la puesta en marcha de la Operación Kitchen y que ahora, cuando el cerco se estrecha sobre él por la trama de espionaje urdida contra el extesorero popular Luis Bárcenas, se dispone a tirar más de la manta. No va a caer solo.
Los datos objetivos importan cada vez menos en el debate público. En abril, España ha alcanzado los 22,1 millones de afiliados, un nuevo récord. El paro ha caído de nuevo. La inmigración explica buena parte del crecimiento de la economía que lleva a esos datos. La regularización extraordinaria, que tiene el apoyo no solo del Gobierno y de toda la izquierda, sino también de los empresarios, que son los que más la reclaman porque necesitan mano de obra legal, y de la propia Iglesia, está resultando como se esperaba: se están apuntando decenas de miles de personas que ya viven y trabajan en España, por lo que solo generará beneficios para ellos y para el sistema, porque implicará más ingresos. El Ejecutivo confía en que la próxima visita del Papa a España sirva también para darle un impulso al discurso en positivo sobre la inmigración.
“Y de repente, una mañana, nos sentimos perdidos unos de otros”. Mehrnoosh Shahhosseini, una diseñadora de moda de 52 años de Teherán, recuerda así las horas que siguieron a los primeros ataques aéreos de Israel y Estados Unidos, el 28 de febrero, fecha a partir de la cual las autoridades iraníes bloquearon el acceso a internet por “razones de seguridad”.

Cuando el pasado 9 de abril, Thierry Frémaux, el delegado general del festival de Cannes, una de las personas más poderosas del cine mundial, leyó el listado de las películas que participaban en el certamen, la industria audiovisual española contenía la respiración: los rumores hablaban de un viento a favor que se confirmó esa mañana. Por primera vez, España colocaba en la sección Competición tres largometrajes, lo que suponía la confirmación de un cambio y un ascenso en el panorama cinematográfico mundial. En este 79º festival de Cannes, que se inaugura el martes, concursarán por la Palma de Oro El ser querido, de Rodrigo Sorogoyen (que además se estrena en Francia comercialmente el mismo día de su estreno en La Croisette, el sábado 16); Amarga Navidad, de Pedro Almodóvar, y La bola negra, de Javier Calvo y Javier Ambrossi. Los cuatro cineastas confesaban, tras el anuncio de Cannes, su felicidad por vivir este momento histórico y compartirlo con esos compañeros de viaje. ¿Qué ha cambiado como para que por fin Cannes hable español?

Alberto Velasco propone quedar en un lugar muy concreto: frente a la escultura Mujer con espejo, de Fernando Botero, una señora de bronce tumbada todo lo larga y lo ancha que es en una isleta entre el endiablado tráfico de la plaza de Colón de Madrid. “Hasta Botero, un artista que representaba a personas gordas, era gordófobo porque decía que no eran gordas, sino voluptuosas”, arguye, entre serio y divertido. El caso es que el modelo, y el emplazamiento, es un festín para el fotógrafo, que, con su complicidad, se aprovecha a fondo de su flexibilidad, en todos los sentidos, y lo pone a hacer escorzos en plena calle para las fotos. Velasco, de 44 años, que en 2021 escribió una especie de autobiografía bajo el título Pobre, gordo y maricón, dice ser y no ser la misma persona que entonces. Vamos por partes.
Alberto Velasco (Valladolid, 44 años) empezó a bailar de muy niño. Jotas y bailes populares con las mujeres mayores de su pueblo vallisoletano. Pero fue la coreógrafa Marta Carrasco quien, a los 20 años, le enseño el camino de su futuro: la danza. Un territorio que creía vedado por su físico y que, al final, resultó ser su salvoconducto al mundo del arte. Creador de espectáculos dancísticos como Vaca y Moviendo montañas, y del libro Gordo, pobre y maricón, ahora presenta su espectáculo Sacresize, en los teatros del Canal de Madrid, a partir del 27 de mayo.
De la misma forma que Sísifo fue condenado a subir una pesada roca a la cima de un monte y ver cómo una y otra vez se desmoronaba, así me veo obligado a levantar la columna antitaurina de cada año por san Isidro para ver qué pasa. Hay gente de izquierdas a la que le gustan los toros; hay gente de derechas que odia las corridas. Pese a que este espectáculo sangriento siempre ha movido pasiones a favor y en contra, nunca había tenido hasta ahora un carácter ideológico. Desde un tiempo inmemorial camino de la plaza se juntaban el señorito y el jornalero, el obrero y el menestral; por propia naturaleza unos ocupaban los tendidos de sol con la bota de vino y otros los de sombra con un puro en la boca. Ricos o pobres ninguno ponía en cuestión la masacre que sucedía en el ruedo en medio del jolgorio. La fiesta taurina está herida de muerte como esos morlacos que llevan media estocada en lo alto y envueltos en sangre, vómitos y heces reculan en tablas y tardan en doblar porque el matador no acierta con el descabello. Esos minutos sucios y crueles al aficionado se le hacen interminables porque lo enfrentan a la abominable crueldad de la fiesta. Pues bien, cuando parecía que la fiesta nacional iba a doblar sobre las cuatro patas, la derecha más castiza ha salido en su rescate para convertirla en santo y seña de su ideología, en un alarde de definición política. Si eres de derechas y piensas que esta fiesta es cutre, rancia y cruel guárdalo como un secreto por lo que pudiera pasar. Los ultras han entronizado al toro como escudo en la enseña nacional, aunque, pese a su casta y trapío, el toro es un perdedor. Su bravura es proporcional al miedo que siente a que el torero vestido de sota de espadas entre en su terreno. Si eres un político de derechas y no te gustan los toros, cállate, si quieres medrar; y al contrario, si durante la Feria de San Isidro asomas la jeta por un burladero y apoyas el codo en la maroma podrías llegar a ministro el día de mañana.
Estos tiempos que corren envejecerán algún día y serán estudiados con estupor. Ojalá que así sea porque este presente tiende a ser grotesco, pero por alguna razón atribuimos la responsabilidad solo a quienes mueven los hilos tratándonos como títeres. Será entonces, en ese futuro en el que por mera supervivencia existirá una tendencia a la contención, cuando se pueda nombrar a las cosas tal cual fueron. No solo se catalogará de despropósito lo referido a la brutalidad política sino que será evidente cómo la fealdad moral inundó no pocos aspectos de la vida pública. Se podrá tildar de ridículo de una vez por todas el desfile de la Gala del MET. Se alzarán las cejas de asombro cuando se recuerde que se usaba el adjetivo “benéfica” para definirla, cuando se observe que una señora, ejecutiva mítica a la que el mundillo cultural concedió un poder desproporcionado, se reservaba el derecho de admisión de los asistentes, y que dentro de la lista de millonarios merecedores del honorífico salvoconducto, esta dama, cuyo misterio residía en lucir gafas negras en espacios cerrados, priorizaba a Jeff Bezos, uno de los representantes de la infamia que redefinió una época, como patrocinador de tan pesadillesca pasarela.
Hacía frío en el Parque Nacional de Doñana. Fue durante las pasadas Navidades, la temperatura no llegaba a los 4°C. Era una compañía de voluntarios para limpiar la zona. No recorrieron más de tres kilómetros de costa, según explicaron en la emisora de Canal Sur. Además de kilos y kilos de plástico, recogieron 210 garrafas: son grandes, muy visibles porque flotan o se incrustan en la arena. “Muchas de ellas llevan combustible, están rotas, gotean, contaminan el suelo y el mar”. La mayoría tienen capacidad para 25 litros. Acostumbran a llenarlas de noche en gasolineras de autoservicio. Las mafias las guardan en pisos de barrios pobres hasta que les llega la información y se activa la operación porque son el envase fundamental en una de las fases logísticas del contrabando de hachís y cocaína. Es el petaqueo: la venta de garrafas –petacas- que permite repostar a las narcolanchas en altamar. Se están comprando por 250 euros, contó aquí hace unos meses Jesús A. Cañas. Ponía cifras al volumen de carburante que necesitan los motores de cuatro tiempos para ir a toda velocidad, cargar la droga de los buques nodriza y esquivar a la Guardia Civil: entre 2.000 y 4.000 litros.