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Susana vive en Ciudad Lineal, el distrito madrileño al que la mayoría de sus residentes les corresponde ser atendidos en el Hospital Ramón y Cajal, pero para el que no tienen un transporte público directo, siendo obligados a realizar varios transbordos en un trayecto que supera en muchas ocasiones los 60 minutos. Siempre ha padecido esta situación, aunque desde que es paciente oncológica, a raíz de ser diagnosticada de cáncer de cérvix, la sufre más. Todavía recuerda la odisea para recibir sus 72 sesiones de radioterapia. “El servicio de ambulancia funcionaba muy mal y tenía que montarme en el metro hasta poder subirme al autobús que me dejaba en el centro sanitario. Estaba inmunodeprimida en medio de una marea de gente”, recuerda la mujer de 43 años, que prefiere no ser identificada para afrontar su enfermedad con discreción. La situación no ha cambiado, pese a que el alcalde de la capital, José Luis Martínez-Almeida, se comprometió a atajar el problema.


El Gobierno de España ha acordado declarar la iglesia de San Francisco de Asís de Vitoria como lugar de memoria por los graves sucesos ocurridos hace medio siglo, el 3 de marzo de 1976, en los que fallecieron cinco personas y cerca de medio centenar resultaron heridas tras una brutal carga policial contra varios miles de trabajadores que estaban celebrando una asamblea en el citado tempo. Ese día, a las 17.10, policías armados de la Compañía de Reserva de Miranda de Ebro (Burgos) y de la guarnición de Vitoria penetraron en la parroquia, ubicada en el barrio de Zaramaga de la capital alavesa, usando gases lacrimógenos para desalojar a 4.000 trabajadores en huelga allí reunidos. Los trabajadores empezaron a salir y, a pocos metros de la puerta de la parroquia algunos fueron alcanzados por pelotas de goma y disparos de armas de fuego. Todo acabó en una matanza sin precedentes en los primeros años de la Transición española.

Amr Mahmoud, de cuatro años, baila agarrando un farol de Ramadán roto que su familia rescató de los escombros de su casa destruida en Jan Yunis, en el sur de la franja de Gaza. Este farol decorativo, que se usa para iluminar calles y hogares durante el mes sagrado para los musulmanes, ya no se enciende ni emite música: solo conserva la carcasa de plástico. Aun así, Amr y el corro de niños que lo rodean irradian alegría pura mientras celebran el Ramadán, que comenzó el pasado 17 de febrero. Es el único juguete que tienen.

En dos segundos cambia todo para la protagonista cuando ve el condón en el suelo y que él sigue con la penetración. La cámara se fija sobre su mirada y en ese corto espacio de tiempo se concentra el miedo y la parálisis que no le permiten decodificar una infinidad de preguntas. La relación sexual sigue y los dos llegan al orgasmo. Pero todo ha cambiado para siempre. ¿Dónde está ese chico tan majo con el que ligó la noche anterior y que sí se dejó el condón hasta el final?

Juan de Mairena, el personaje creado por Antonio Machado, venía a decir que había dos maneras ideales de concebir la enseñanza. Por un lado, estaría la Escuela Superior de Sabiduría Popular; por otro, la Escuela Popular de Sabiduría Superior. Rafael Sánchez Ferlosio, con su habitual sorna, describió a la primera como un populismo caro y a la segunda como un elitismo barato. Tanto Ferlosio como Antonio Machado —vía Mairena— preferían la Escuela Popular de Sabiduría Superior a la Escuela Superior de Sabiduría Popular.

Cuando Aintzane Erkizia asumió el encargo de estudiar una serie de cráneos decorados con elementos textiles que se guardaban en una iglesia de Martioda (Álava, 35 habitantes), la historiadora del arte no imaginaba el cambio que daría su vida. “Lo que he descubierto es como un filón de oro”, reconoce. En 2020 se enfrentó a estos extraños huesos conservados en el antiguo conjunto palaciego de los Hurtado de Mendoza —que había adquirido la Diputación de Álava— y comprobó que apenas había datos (y nada de bibliografía) que ayudasen a entender aquellas reliquias: de dónde venían, cuál era su significado y, sobre todo, qué hacían allí.



María Fasce (Buenos Aires, 1969) es escritora y editora en Alfaguara, Lumen y Reservoir Books. Su novela Las vidas de Elena (Almadía) sigue a una madre que se apoya en el arte para rehacer su vida tras la pérdida de su hija.
Queda un mes de invierno y el Atlético ha vuelto a estancarse en la peligrosa zona de confort del cuarto puesto con derecho a jugar la próxima Champions. A 13 puntos de la cabeza de la Liga y aferrado a la Copa como única vía de redención, al club y a su afición los ronda la tentación del conformismo a cambio de facturar lo presupuestado. Frente a la molicie no existe mejor conjura que la que propicia la visita del Brujas. Después del inquietante 3-3 de la ida el miércoles pasado, el equipo belga se presenta este martes en el Metropolitano (18.45 horas, Movistar) listo para alarmar a la hinchada y poner a prueba al Atlético en un momento desagradablemente crítico de la temporada. Si se queda fuera de los octavos de la Champions, el cuadro de Simeone se expone a la situación más temida por cualquier plantilla de grandes futbolistas. Con demasiadas pocas razones para luchar en lo que resta de viaje hasta mayo.
“No me gustan los cumpleaños ni los tiros libres”, contó Paolo Galbiati cuando el Baskonia derrotó al Barça en semifinales de la Copa y retó al Madrid en la primera final copera del equipo en 17 años. Pero el entrenador italiano no olvidará nunca su 42º aniversario. Fue el pasado viernes y entonces, después de que el conjunto vitoriano venciera a La Laguna Tenerife en cuartos, el técnico recibió en la cancha del Roig Arena una tarta de felicitación del alero letón Rodions Kurucs. Ahí se acabaron las celebraciones, y no solo porque a Galbiati, un hombre con la sonrisa pintada en la cara, no le gusten los cumpleaños, sino porque la fiesta aún estaba por llegar. En la cabeza y en el corazón del entrenador lombardo latía la idea de que el Baskonia, dos años fuera de la Copa, podía ser campeón en Valencia. A esa tarea se entregó en cuerpo y alma Galbiati, a la de convencer a sus muchachos de que podían tumbar primero al Barça y luego al Madrid. Y así fue, con un baloncesto lleno de fe y entrega y liderado por jugadores que se agigantaron: Forrest, Luwawu-Cabarrot, Diakité, Omoruyi… Y ahora sí, Kurucs cogió el domingo unos pedazos de tarta de chocolate y los restregó por la cara del jefe.
Empujados por un entrenador peculiar y sostenidos por una afición inquebrantable, el Baskonia ha dado la campanada. Su inesperado triunfo en una edición copera difícilmente superable es toda una reivindicación de un club histórico que llevaba demasiado tiempo estancado en un papel secundario cercano a la irrelevancia en cuanto a grandes objetivos o peleas por los trofeos. Lo que hace años parecía impensable, como el no clasificarse para la Copa o los playoffs, ya no resultaba noticiable. A veces incluso daba la impresión de cierto desapego hacia lo doméstico y que su interés competitivo no iba más allá de pelear con más o menos dignidad en la competición europea.