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La historia no avanza sola. Detrás de cada hito hay figuras que moldean el devenir de las sociedades. Para bien en muchas ocasiones; también para mal. En cualquier caso, el mundo sería diferente si estos hombres y mujeres no hubieran nacido. Con motivo del aniversario de EL PAÍS, nos propusimos elaborar una lista con las 50 personalidades que más han influido en este tiempo. El resultado debía ser fruto de un intenso debate editorial, una lista con perfiles diversos que representaran ámbitos que fueran desde la política a la ciencia, la cultura, el deporte, la tecnología o el emprendimiento, que tuviera en cuenta que somos un diario español y latinoamericano, y que no cayera en la trampa de pensar que lo último es siempre lo más relevante. Debíamos mirar estos 50 años desde cierta altura. Es nuestra propuesta, la que EL PAÍS hace tras consultar con especialistas de la Redacción y pasar por varias cribas hasta rematarla en un comité creado ad hoc. Entre otros apasionados debates, se discutió sobre si debíamos buscar la paridad, pero forzar la historia nos pareció mala idea. Sobre la persona más influyente en estos 50 años, en cambio, hubo mucho consenso desde el principio: Gorbachov.
Asumió el gobierno de una Unión Soviética estancada económicamente que arrastraba décadas de represión política y social. Su voluntad era la de mejorar el sistema y democratizar el imperio. Pero fue arrollado por las reformas que él mismo puso en marcha.
El ingeniero inventó la World Wide Web y ya nada volvió a ser lo mismo. Renunció a enriquecerse con ello.

Nadie ejemplifica la lucha por un mundo justo y libre de la opresión racial como este político y activista, que estuvo 27 años encarcelado por el régimen del apartheid y llegó a presidir Sudáfrica.

Los dos científicos establecieron los fundamentos que hicieron posible desarrollar vacunas contra la covid poco después del inicio de la pandemia. Salvaron vidas con una investigación que la industria había ignorado.
El líder comunista fue el artífice de la China actual. Puso las bases para que el país se convirtiera en la mayor fábrica del mundo. Sus grandes errores fueron la represión en Tiananmén y la política del hijo único.
La mandataria británica abanderó la doctrina neoliberal hasta convertirla en hegemónica.
La estrella televisiva convertida en presidente de EE UU hizo saltar por los aires el tablero geopolítico.
El fundador de Apple transformó la informática, la telefonía, el consumo de música y el cine de animación. Tan clarividente como insufrible, canalizó el deseo de miles de millones. Su influencia cultural fue enorme.
El fundador de Inditex ha revolucionado el negocio de la moda con Zara y erigido un imperio inmobiliario global.
El escritor influyó tanto en la literatura de varias generaciones como en numerosas causas políticas.








































En contra de lo que dice el tango, 20 años es mucho. Por ejemplo, es un tercio de la vida de Fernando Grande-Marlaska. Hace ahora dos décadas exactas que lo entrevisté para El País Semanal. En 2006 era un juez estrella de la Audiencia Nacional, aunque un astro en la sombra: hasta entonces no había hablado con la prensa. Yo no le conocía, pero un amigo me contó que había estado en una cena con él en la que se discutió la conveniencia de que saliera en algún periódico para contribuir a la normalización del matrimonio homosexual (la ley había entrado en vigor en julio de 2005 y Grande-Marlaska se había casado con su novio, Gorka Arotz, en octubre); y resulta que el juez comentó que, de hacer una entrevista, la haría conmigo. En cuanto me enteré, como es natural, me lancé al teléfono (¿sería todavía un teléfono fijo?) a pedir una cita. No me dijo que no pero tampoco que sí, y desde luego me mareó muchísimo. Tardé meses, ya no recuerdo cuántos, en conseguir que accediera. Estaba lleno de dudas, tenía miedo. Y era terriblemente tímido. “Hay fechas que no se olvidan”, dice ahora Grande-Marlaska: “La entrevista salió el 11 de junio de 2006. Me acuerdo perfectamente de los prolegómenos, de los meses previos…”.

Rafael Alberti, entonces todavía exiliado en Italia, fue el autor del primer texto de Opinión que tuvo este periódico. Aquella elección encerraba muchos mensajes. Versaba sobre León Felipe, muerto en el exilio mexicano. El texto iba a ser leído en público poco antes de que el diario se pusiera en marcha. El acto fue prohibido pero el periódico difundió el texto íntegro.





En la Casa de Andalucía de Getafe (Madrid) hay una norma no escrita: al cruzar la puerta, la política se queda fuera. La regla la impuso Luis Grisolía, su presidente, un granadino que emigró a Madrid en los años sesenta para escapar de la asfixia y la miseria. A sus 81 años, sentado en el patio de la asociación, hace una excepción mientras remueve un vaso de whisky Ballantine’s con hielo. Pide que los políticos no se olviden de los suyos, de quienes se marcharon de Andalucía y nunca pudieron regresar. “Que nos tengan en cuenta e intenten recuperar a nuestros hijos. A ellos les gustaría regresar a su tierra, la de sus padres”, dice y suspira: “Lo hemos reivindicado, pero no nos han hecho caso”. Según datos de la Junta de Andalucía, alrededor de 1,2 millones de andaluces residen en otra comunidad autónoma, lo que representa el 14,3% de la población de la comunidad, algunos de ellos jóvenes muy cualificados que, décadas después de que aquel éxodo de los años del franquismo, han dejado su tierra para buscar nuevas oportunidades.

Un hombre de 40 años, sin antecedentes judiciales y padre de dos hijos, ha sido acusado formalmente por haber violado y abusado sexualmente de 34 menores de entre tres y nueve años entre 2020 y 2024 en Lucenay, un pueblo de poco más de 2.000 habitantes cerca de la ciudad de Lyon (Francia). Filmaba y fotografiaba a las víctimas, compañeros de colegio de sus hijos, y cometía los actos cuando los menores iban a jugar con estos últimos a su casa en las llamadas “fiestas de pijamas”.

Macrohistoria y microhistoria: fueron años que cambiaron el mundo, donde se plantó la semilla de la policrisis contemporánea, también años muy particulares en la vida de Elvira Lindo, en los que habitó, a medio año por costa, las dos orillas del Atlántico: Nueva York y Madrid.

Pobrecitos míos, esos chavales reaccionarios. Hay que entenderlos. Claro, ¿cómo no se van a sentir mal si están todas las chicas adelantándoles a derecha e izquierda, formándose más, sacando mejores notas, organizando mejor sus vidas? ¿Cómo no nos van a dar pena si resulta que ellas saben bien lo que quieren y ya no están para aguantar a niñatos posesivos, ni dispuestas a sufrir ni por amor ni por sexo ni por príncipes de ningún color? Ni un segundo hemos tardado en justificar su pataleta contra el cambio cultural de la igualdad y lo que les pide: que renuncien a los privilegios de género que vienen heredando desde hace siglos por simple razón biológica mediante esa sólida estructura llamada patriarcado. No, hay que entenderlos a ellos, tan frágiles, tan heridos por esa charla sobre violencia que les dieron un día en el instituto. No es el machismo lo que los hace machistas sino el feminismo, mira tú por dónde. ¿Cómo se explica que un niño que ha crecido en las mismas aulas que sus homólogas femeninas de repente llegue a la adolescencia y se declare partidario de un orden antiguo hegeliano en el que el esclavo siempre se flexiona en femenino? ¿Cómo unas criaturas con madres trabajadoras, fruto de parejas que se escogen y se vinculan libremente (para eso está el divorcio) puedan transformarse en aspirantes a machos dominantes? ¿Cómo, pero cómo puede ser que habiendo crecido en una sociedad en la que hay maestras, médicas, funcionarias, mujeres policía o soldado, cómo se puede tener por normal esa rebelión contra lo que no es más que una cuestión de equidad y justicia? Pobrecitos, repiten, no mojan porque ellas se han vuelto exigentes, desean y aman siendo fieles a sí mismas, sin someterse y claro, los que no las quieren así, emancipadas e independientes, no tienen opciones. Y por ellos debemos llorar, nos dicen. Como las madres de antes, que sentían pena por el niño al que todo le costaba mientras que a la niña le mandaba hacerle la cama, fregar los platos, recoger la ropa sucia del hombrecito de la casa. Y esa compasión por los machitos destronados los perjudica a ellos aunque no lo vean. En vez de acompañarlos en el lloriqueo alguien (a ser posible un hombre adulto) debería decirles que se pongan de una vez las pilas, que si quieren llegar a sus compañeras no les queda otra que cambiar de cultura y sumarse a la del feminismo. Y que esos que les susurran a través de las pantallas que volverán tiempos pasados de dominación masculina no son más que timadores embusteros que los están llevando a engaño. Y en masa.
La campaña en Andalucía para las elecciones parlamentarias del 17 de mayo comenzó ayer con el actual presidente, Juan Manuel Moreno, como claro favorito en las encuestas. El líder del PP aspira a revalidar su mayoría absoluta, que requiere de 55 escaños de los 109 que componen el Parlamento andaluz, y algunos sondeos se la dan. Tras él sitúan al PSOE, con la exvicepresidenta y exministra María Jesús Montero como candidata, seguida de Vox, que con un 10% de intención de votos según el CIS, podría tener la llave de Moreno al Palacio de San Telmo.
No es nada nuevo: cuando se toca el dinero, el bolsillo de los propietarios, las pulsiones patrióticas se diluyen. Y a la hora de alinearse para el voto, en los partidos se impone el criterio de clase. El Gobierno propone un decreto de congelación de los alquileres por dos años, y las derechas se unen para tumbarlo, dejando de lado sus diferencias ideológicas y sus lealtades patrióticas. Dicho de otro modo, fascistas, conservadores, liberales, nacionalistas (hispánicos o periféricos) votan a coro la defensa de los intereses de los propietarios, por más que el coste de la vivienda sea en estos momentos uno de los principales problemas de este país, que desborda a gran parte de la ciudadanía y condena a muchas familias a la precariedad. Y el PNV, que sabe que su voto no altera la suma, pretende guardar las formas absteniéndose.
No parece discutible la mirada sospechosa del constitucionalista ante la propuesta de la “prioridad nacional” que algunos están haciendo o consintiendo, si esta conlleva, como parece ser el caso, una desconsideración o reducción de la protección de los derechos sociales de los emigrantes. Por el contrario, las exigencias del constitucionalismo de hoy deberían orientarse en otra dirección: la equiparación jurídica de los extranjeros, en la medida de lo posible, con la situación de los nacionales. La razón no es otra que considerar que la dignidad de la persona, eje del nuevo constitucionalismo, requiere la igualdad entre todas. Sin duda, dicha dignidad exige asegurar un determinado umbral de bienestar y seguridad —unas condiciones de vida, en suma— que alcancen a todas las personas.