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Mi Ítaca es una casa azul en lo alto de una pequeña colina donde mi abuela da de comer a sus gallinas, atiende un huerto y vigila una empanada de xoubas en su horno de leña, frotándose las manos y limpiándoselas con el mandil. Está cercada por muros de piedra tapizados de musgo de los que salen las lagartijas y racimos de dedaleras púrpuras llenas de pecas. Detrás de los muros hay fincas de berza, maíz y patata. Más abajo está la iglesia donde están enterrados mis muertos, con un cruceiro y una fuente por la que baja agua limpia y fría de manantial.
Daniel Ortega ha anunciado que no habrá más elecciones en Nicaragua. Lo ha hecho amparado en una escenografía norcoreana, con miles de militantes sentados en bloques en la plaza, vestidos con la misma camiseta.
Cerrar los ojos nos permite por un tiempo no ver el mundo, pero con mucha frecuencia nos obliga a convivir con nuestros fantasmas, las imágenes que nos habitan por dentro. Después de cerrar los ojos y seguir en la alegría, ver goles, plazas llenas de banderas y camisetas deportivas celebrando el Mundial, la palabra mundo vuelve a llenarse de tristeza con cuerpos heridos, niños rotos, edificios derribados y personas que intentan sobrevivir, o sea, vivir sobra las ruinas, la violencia y la barbarie. Palestina define hoy la realidad del mundo, lo que vive dentro de cada uno de nosotros, y no conviene olvidarlo, aunque nos distraigan los partidos de fútbol y las vacaciones de verano. Eso mismo ha pensado la editorial Bauplan, que celebra sus tres años de vida con un cuaderno titulado Justicia palestina. Se recogen dos artículos de Mahatma Gandhi y uno de Gilles Deleuze. Los desenlaces tienen mucho que ver con los planteamientos.

Cuentan que, en el corazón de Iberia, había un próspero reino, uno de los muchos que formaban un gran imperio. Corrían días de alegría: los habitantes de todos los reinos acababan de celebrar juntos una gran victoria deportiva que, por un momento, les había hecho olvidar sus diferencias. Pero también se sentían orgullosos de sus bomberos y soldados, de sus magníficos camiones y espectaculares máquinas voladoras. Cuando apagaban un incendio, los habitantes aplaudían, los periódicos publicaban fotografías heroicas y los gobernantes pronunciaban grandilocuentes discursos. Todo parecía funcionar. Hasta que el fuego empezó a ganar.
El verano solía apetecer. Si el cielo estaba raro, es que venía una tormenta. Si olía a quemado, era algún primerizo con la paella. Y si caía ceniza, era por los petardos en honor a San Onofre. Aunque no entendíamos lo del “40 de mayo” sabíamos que ahí empezaba el festival de cloro, gaseosa y nocilla; paseos en el monte por caminos de arena y vistas a bosques de encinas y pinos centenarios. El presente era nuestro y el futuro, sin importar lo que fuera, también. Ahora vamos por la tercera ola de calor del verano. El presente arde y el futuro es una humareda. Al final, la Roja era esto: un país ardiendo sin nadie que salga a defenderlo. Pasto de negacionistas y pirómanos de lo público.
La libertad de expresión protege el derecho a manifestar opiniones, incluidas aquellas que son provocadoras, ofensivas o profundamente equivocadas. Pero protege, exactamente con la misma fuerza, el derecho de periodistas, investigadores, verificadores y ciudadanos comunes a examinar esas afirmaciones, aportar pruebas y señalar públicamente: esto es falso.
Farah Abu Qneis no se atrevía a mirar su pierna izquierda. Entre una nube de polvo y escombros y en medio de un profundo dolor, solo escuchaba a su amiga gritar: “¡Tu pierna, tu pierna!”. Era la noche del 28 de junio de 2024, ambas estaban en casa de su abuela, en Deir al Balah, cuando una violenta explosión sacudió la zona. Poco después, esta joven de 23 años perdió el conocimiento. Fue trasladada en coche, en una camilla improvisada, al Hospital de los Mártires de Al-Aqsa, desbordado por la llegada masiva de heridos. Aunque necesitaba una intervención urgente, los médicos no pudieron operarla hasta dos días después debido al colapso del centro sanitario. Cuando le comunicaron que tendrían que amputarle la pierna, sintió que su mundo se derrumbaba.
Las incertidumbres que pesan sobre sobre la economía global, (guerra arancelaria y tensiones geopolíticas y energéticas), que afectan a todos los países, forman ya una parte fija de todos los análisis. Frente al desánimo que generan, resulta alentador el mensaje del catedrático Joan Tugores que se inspira en el pensamiento del filósofo Bertrand Russell: “cómo vivir sin certezas, y, sin embargo, sin quedar paralizados por las vacilaciones”.
“Mira, esos dos edificios eran de negreros”, indica a vuelapluma el historiador Martín Rodrigo Alharilla (57 años, Sabadell) mientras pasea por la zona del puerto de Barcelona. Prosigue la ruta por la Rambla y señala un bajorrelieve en el que se aprecian cadenas, sogas, cañas de azúcar y una chimenea. El edificio que lo luce en el frontispicio es la sede del Departamento de Cultura de la Generalitat. “Se construyó a finales del siglo XVIII y después lo compró Tomás Ribalta i Serra, un indiano (español emigrado a América) con negocios en Cuba y que probablemente tenía una factoría negrera en la actual Nigeria. Un hombre tremendamente rico que aquí se dedicó a vivir de rentas”, ilustra el profesor, que documentó la exposición La infamia, la participación catalana en la esclavitud colonial, que se pudo visitar en el Museo Marítimo de la ciudad y que ahora está alojada en internet para su consulta.
No teman, no están ante una arenga gremialista (de hecho, esta profesión tiende hacia el individualismo y huye de cualquier forma de planteamiento sindical). Esta profesión es la de periodista musical. Eso abarca la crítica de discos, la crónica de conciertos y las entrevistas o perfiles. En otras latitudes, tales labores se reparten entre especialistas de cada rúbrica; aquí, para bien y para mal, se tiende a juntar todo en una única persona.