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Durante el viaje de tres semanas de Tadej Pogacar hacia su quinto Tour ha habido tantos momentos extraordinarios —récords de ascensión del Tourmalet y a Alpe d’Huez, ascensiones en solitario de kilómetros aniquilando a los mejores ciclistas del mundo, los sueños del futuro— que científicos y entrenadores se han pasado un rato cada día haciendo operaciones con la calculadora del móvil. Tantos metros de desnivel, tantos minutos de ascensión, tanto peso, tanta altitud, uno por otro, partido por el siguiente y un resultado en vatios, 430 en 40 minutos, 450 en 20 minutos, y así, números que los dejaban admirados, con la boca abierta, y creerían equivocados si no fuera porque pertenecen al único e inimitable esloveno que domina el ciclismo mundial en todas sus conjugaciones desde hace seis años.
Una vez terminada la final del Mundial con la victoria de la selección española, tres jugadores de la Roja se fotografiaron juntos: Mikel Merino, Martin Zubimendi y Mikel Oyarzábal. Dos de ellos -Oyarzabal y Merino- aportaron siete de los 14 goles de la selección española. Pero ese no era el motivo de la foto. Consistía en que Merino y Zubimendi habían militado en la Real Sociedad de San Sebastián con Oyarzabal, hoy su capitán. La foto tuvo un lugar privilegiado en la prensa guipuzcoana. Lo mismo que las palabras de Oyarzabal, principal goleador de la Roja, calificando de “histórico” el triunfo de la selección.
Muchos hombres homosexuales dejaron el balón en la infancia o la adolescencia al sentir que estaban en territorio hostil. Sin embargo, los valores que ha defendido ahora la selección española con jugadores como Borja Iglesias o Lamine Yamal han llamado su atención.
Algunos opinadores llevan una semana burlándose de otros opinadores que han analizado el Mundial más allá de lo estrictamente deportivo. Es tradición que los polemistas profesionales, muy atentos al consenso, disparen, en cuanto lo detectan, en sentido contrario. Pero el fútbol siempre ha sido mucho más que fútbol. Lo saben grandes firmas del periodismo y de la literatura, como Mario Benedetti, Eduardo Galeano, Javier Marías, Albert Camus, Manuel Vázquez Montalbán… que le dedicaron artículos, cuentos e incluso libros enteros. Y lo saben, desde luego, los países que han invertido cifras mareantes en lo que Amnistía Internacional llama “blanqueamiento deportivo” y que se manifestó especialmente en la Supercopa de España en Arabia Saudí o el Mundial de Qatar. El fútbol es política, economía, diplomacia y, como todas las pasiones, un excelente observatorio de la naturaleza humana.
Es la gran dama del aceite español. Rosa Vañó (Madrid, 63 años), economista de formación, abandonó una exitosa carrera como directiva de Coca-Cola, donde se dedicaba al desarrollo de nuevas líneas de negocio, lanzamientos y reposicionamiento de productos, para dedicarse, junto a su hermano Francisco, al sueño que inició su padre, Luis Vañó: impulsar Castillo de Canena, una explotación olivarera con almazara situada en Canena (Jaén), propiedad de su familia y reconocida con numerosos premios nacionales e internacionales. Anteriormente trabajó en las discográficas Warner Music y Universal, “donde aprendí a gestionar egos y a entender que hay que contar con los medios de comunicación como embajadores y transmisores de la creatividad y el valor añadido de los músicos”. Ejerce también como tesorera de la Real Academia de Gastronomía.
En Self Porn (editorial niños gratis), el profesor y escritor Nacho M. Segarra (autor de Ladronas Victorianas o de Sexbook, junto a María Bastarós) se atreve a darle vueltas a la imagen que define el siglo XXI: una dick pic o una fotopolla. O, más allá, sobre la pornificación de absolutamente todo: de nuestros cuerpos y de nuestra forma de relacionarnos con otros cuerpos, incluso cuando no estamos desnudos ni haciendo nada sexual (afirma, por ejemplo, que los modos y costumbres de la pornografía se han filtrado incluso en el activismo online). O tal vez Self Porn simplemente demuestra que la política y la teoría cultural están en absolutamente todo, incluso en lo que hacemos a oscuras en nuestro cuarto con las luces apagadas cuando creemos que nadie nos ve (aunque hay alguien que siempre está mirando).
En el caso de Sebastian Stan (Constanza, Rumania, 43 años), el adjetivo “camaleónico” va un paso más allá. No es solo que el actor sea capaz de meterse en la piel de personajes muy diferentes en las películas más taquilleras y reconocidas del momento, sino que es capaz de hacerlo sin llamar demasiado la atención. En 2025 estuvo nominado al Oscar a mejor actor por The Apprentice, y en la gala de los Globos de Oro de ese mismo año optó a dos premios por dos papeles distintos, el de Donald Trump en la mencionada película de Ali Abbasi y el de un actor con neurofibromatosis en A Different Man, que fue el que le dio el galardón. Sus dos últimas apariciones en pantalla han sido en proyectos completamente opuestos, pero exitosos a su manera: uno es Thunderbolts*, la superproducción de antihéroes de Marvel que recaudó 382,4 millones de dólares; el otro, Fjord, un drama independiente del cineasta rumano Cristian Mungiu que obtuvo la Palma de Oro en el último Festival de Cannes. Aun así, Stan tiene la extraña capacidad de seguir manteniéndose siempre en un perfil muy bajo.
Aún quedan unas cuantas semanas de verano, y es probable que en algún momento empieces a estar harta –con muchas erres– de hacer todos los sándwiches que te llevas a la playa o a la piscina con mayonesa; o puede, también, que seas perfectamente consciente de los peligros que conlleva la combinación de esta salsa con las altas temperaturas (si no, aquí te lo explica muy bien nuestra compañera Beatriz Robles).

La lluvia y el viento arrecian en las inmediaciones del canal Spree, en el centro histórico de Berlín, y Kristine (65 años), en bañador y apoyada sobre una tabla de paddle surf, maldice su suerte. Esperaba poder hacer un poco de ejercicio como acto político junto a la centena de bañistas que se han reunido hoy en el Spreekanal bajo el lema “¡101 años de prohibición!” para derogar una antigua ley que prohíbe el baño en el río.
En Nigeria, un diagnóstico de cáncer suele ser una sentencia de muerte. Cada año, casi 130.000 nigerianos reciben este diagnóstico y cerca de 80.000 fallecen a causa de la enfermedad. En Nigeria, en promedio, 33 mujeres por día son diagnosticadas con cáncer de cuello uterino y 22 mueren a causa de esta enfermedad cada día. El problema no es que no existan tratamientos, sino que los nigerianos ―y, en general, los pacientes de las economías en desarrollo― no tienen acceso a ellos.