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Hubo un tiempo en el que Isabel Preysler logró que el Tribunal Constitucional y el Tribunal Supremo se enfrentaran. Y no fue la única. Los Albertos, Alberto Cortina y Alberto Alcocer —financieros, primos, casados ambos con las hermanas Koplowitz, empresarias españolas—, también propiciaron durísimos reproches entre ambos órganos. Hubo un tiempo, incluso, en el que el Supremo condenó a los magistrados del Constitucional a pagar una indemnización a un abogado. Cada miembro del tribunal tuvo que abonar 500 euros.
Las comparaciones, se dice, son odiosas. Pero cuando el sábado 26 de septiembre una treintena de personas decidió plantar una treintena de tiendas de campaña en la Puerta del Sol para protestar por la vivienda, los recuerdos del 15-M, del campamento de los indignados que hace 15 años ocupó también el kilómetro cero de la capital, fueron inevitables. Hay quienes participaron la primera vez y se sumaron a esta segunda ―impulsada por el Sindicato de Inquilinas― con el “por fin” en la cabeza. Así lo contaron los primeros días, en los que no pararon de llegar tiendas. En una semana ya eran más de 1.200. La ciudad de Sol quedó constituida y ya ha superado en duración a la de 2011. Entonces, los manifestantes estuvieron 28 días asentados frente a la sede de la presidencia madrileña, y este domingo, la acampada motivada por el desahucio de Maricarmen Abascal ha cumplido su noche número 29. Por ahora, no hay fecha de retirada.

“No estamos pidiendo que se prohíba a los adultos comer en un McDonald’s. Preguntamos si es adecuado instalar una macrohamburguesería de estas características frente a un colegio con 2.200 alumnos”. Esta es la queja que un grupo de vecinos del centro de San Sebastián y padres de alumnos del Colegio Aldapeta María han planteado contra la próxima apertura de un establecimiento de la citada multinacional de comida rápida a escasos metros del mayor centro educativo de Gipuzkoa. “Entre todos tenemos que hacer algo para impedirlo. Está en juego la salud de nuestros menores”, afirma Ramón, vecino de la calle Lizarra, donde se ubicará el citado restaurante.

Tino, su hermano Ricardo y el sobrino de ambos siguen sin creerse que Manuel Moreno esté muerto. Los hermanos visten de riguroso negro. “Hasta que pase el dolor”, responden cuando se les pregunta hasta cuándo mantendrán el luto. Manuel, de 49 años, fue asesinado presuntamente por su compañero de celda, Ismael Boutaleb, el pasado 17 de septiembre. Según la investigación, le propinó una paliza. Fue hallado con una sábana alrededor del cuello. “Le dejó una cara…”, se lamenta Tino, tocándose a sí mismo el rostro. “No me quito de la cabeza que se podría haber evitado”, añade el hombre, de 39 años, que aún no entiende por qué ningún funcionario intervino antes en la celda 105 del módulo de sancionados de la cárcel de Quatre Camins, donde un preso de al lado declaró que escuchó a Manuel gritar y golpes durante una hora. “El culpable es él, que lo pague. Pero también la cárcel, y la Generalitat. Que acepten que se han equivocado”, se queja.

El Rey ha sido operado en la noche de este sábado de una catarata en el ojo izquierdo, según ha informado la Zarzuela a través de un mensaje. Felipe VI, que ha sido atendido en el Instituto Oftalmológico Fernández-Vega, en Oviedo, se encuentra bien y ya ha abandonado la clínica para regresar a Madrid hoy mismo.

Es una reunión de coordinación de equipos, como cualquier otra en una empresa en España. De repente, alguien encarga 10 kilos de melocotones “que queden bonitos en cámara” y otros preguntan si las algarrobas se pondrán pochas en el armario antes de emitir su reportaje. Por muy atípico que suene, algo así pasa cada semana en la reunión de atrezzo de Aquí la Tierra. Y quizás esa particularidad es por la que se ha erigido en el segundo programa más visto de TVE, uno que desde su estreno hace más de 12 años casi ha doblado su audiencia media.






El clamor es global. De Bangladés a la Plaza de la Bastilla, de Nueva Delhi y Madagascar a la Puerta del Sol y las calles de Tirana y Belgrado. Cuesta imaginarse sociedades y realidades económicas y políticas tan distantes, y reivindicaciones más dispares. Pero lo que comparten las manifestaciones de los últimos meses en estos países —algunos con economías precarias y dirigentes autoritarios y otros ricos y con democracias consolidadas— es algo muy real. Quienes protestan nacieron todos entre finales del siglo XX y los primeros años del actual. Son los jóvenes que crecieron con la crisis financiera de 2008 y la pandemia. Los que aprendieron a ser ciudadanos en un entorno digital. Los que llegan a la edad adulta en plena explosión de la inteligencia artificial con las oportunidades y amenazas que plantea. Lo que estos jóvenes reclaman tiene particularidades locales: la corrupción y el nepotismo de los gobernantes, el encarecimiento de la vida y el coste de la vivienda, la pérdida de oportunidades educativas o la precariedad laboral. Pero reflejan un malestar común. Las instituciones y los gobiernos se han revelado incapaces de responder a sus demandas y, para muchos de ellos, el futuro ha dejado de ser una promesa. Es una amenaza.
Era como una ciudad dentro de la ciudad, cuentan los historiadores del lugar. Había sido un convento y, después de la Desamortización, se transformó en la Fábrica de armas de La Vega. Estamos en Oviedo. A finales de los años veinte del siglo pasado el edificio de la Escuela de Artes y Oficios empezó a ser operativo. Hoy es testimonio de un pasado industrial que define la identidad de la comunidad del mar y la mina. En una de las aulas de la escuela se lee este lema en la pared: “El trabajo todo lo vence”. En el distribuidor del que salen las escaleras para subir al primer piso otro lema dirigido a los que aprendieron cifras, letras y un oficio: “Amad y respetad esta escuela”. La fachada es de ladrillo visto y para entrar en el edificio hay unas escalerillas donde el jueves se montó el escenario. Allí cantó Patti Smith. Allí esa viejecita princesa con trenzas infantiles y camisa de leñador no pudo disimilar su alegre emoción: el público que la escuchaba era un coro que acompañó su interpretación de People have the power. En el estribillo dejó que cantasen y ella incrustó algunas verdades: votad, manifestaros, creedlo. Momento mágico.
Las togas de oro era un selecto grupo de abogados penalistas de finales del pasado siglo en Barcelona. Su clientela era escogida: banqueros, empresarios y políticos. Contratarlos era un signo de estatus social. Joan Piqué Vidal, fallecido el pasado 7 de octubre a los 93 años, era un sobresaliente miembro de ese exquisito club de letrados, que alcanzó notoriedad con la defensa de Jordi Pujol en el caso Banca Catalana (1984).