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“Escribí a cinco directores generales y me contestaron cuatro”, dice Ben Horwitz, estudiante de la Escuela de Negocios de Harvard. Los directores generales no suelen contestar a emails de desconocidos. Les pedía, además, tomar un café o que fueran a una reunión con estudiantes, nada muy importante. Pero Horwitz tenía un truco: había creado una pequeña app que imitaba el estilo de estos ejecutivos al escribir, con erratas, sin saludos, apenas una línea con seis, ocho palabras. Y funcionó.

Los Hombres G entendieron pronto que la vida puede no ir tan en serio como decía Gil de Biedma. Sucedió mucho antes de emprender el camino del éxito. El 19 de octubre de 1984, en concreto. Aquel viernes tocaban en la sala Autopista, en el centro comercial La Vaguada (Madrid). La entrada costaba 300 pesetas. No era un concierto más: tras dos años tocando, se lo plantearon como uno de los últimos cartuchos.
Una moqueta vieja, cuatro paredes empapeladas de amarillo con motivos geométricos y un falso techo plagado de fluorescentes. Hace siete años, una fotografía de lo que parecía un antiguo almacén irrumpió en la polémica web 4chan. El espacio era anodino, familiar, pero ese minimalismo tan crudo producía una sensación de extrañeza que atrapó en seguida a los usuarios. Sobre esa fotografía se construyeron leyendas que advertían del riesgo de quedar atrapado en un laberinto formado por infinitas estancias similares a esa almacén. El fenómeno se bautizó como backrooms, en español se traduce como trastienda, e inauguró el interés por los llamados espacios liminares.
Las cerca de 2.400 presas hidráulicas de España suponen una red de construcciones clave en la gestión de riesgos del país, por eso el Gobierno ha iniciado una revisión sobre su seguridad, que ha sido puesta en entredicho por entidades como la Asociación de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos. Esta revisión es necesaria sobre todo en un escenario de preparación para un cambio climático cuyos efectos extremos se empiezan acumular en España y se espera que vayan a peor. Estas son las infraestructuras que más tensión van a soportar por las lluvias torrenciales.

Es posible que les haya llegado la noticia de que EL PAÍS celebra su 50º aniversario. Enhorabuena por ello. Como yo era un niño repelente, empecé a leerlo desde el primer día; siempre estaba en mi casa. Y ya cogí el hábito. No voy a endilgarles otro artículo nostálgico al respecto. Más bien, quisiera aprovechar la ocasión para reflexionar brevemente sobre algunas ideas que fueron populares e influyentes en algún momento de los últimos 50 años, pero que, con el paso del tiempo, se demostraron equivocadas. Es un ejercicio de sano escepticismo, pues nos previene frente al exceso de confianza en nuestro propio conocimiento de la realidad social.
Estos años se ha popularizado la división generacional como una fuente de diagnósticos de todo tipo. Boomers, generación X, mileniales o generación Y… todos tenemos un lugar en un nicho cronológico de fronteras difusas. Generaciones que no vienen marcadas por ningún acontecimiento histórico ni por hechos objetivos ampliamente reconocibles, sino por una serie de vivencias compartidas en función del calendario.
Nuestro pasado es también nuestro futuro. Nuestra piedra, nuestros monumentos, nuestra herencia, nuestro patrimonio cultural es incomparable, único en el mundo. Aquí tenemos un oro blanco que apenas valoramos, que descuidamos.
Ese concepto de prioridad nacional introducido en nuestra política en las últimas semanas por el populismo de derechas apela a un tópico. El lema de colocar tu castellanía por encima de cualquier mestizaje no es ajeno a nuestro pasado. También en todas las esquinas del planeta siempre hay alguien que quiere escuchar que sus políticos priorizan su pedigrí sobre el resto de perros callejeros. El último gran éxito de esta deliciosa engañifa fue la gorra trumpiana del America First. A estas alturas, los miles de militares norteamericanos empantanados desde hace meses a la boca del estrecho de Ormuz empiezan a preguntarse qué parte de América tiene capital en Teherán. La angélica idea de que las bombas perseguían, en lugar del puro negocio, liberar a la población sometida a los clérigos iraníes ya ha sido descalificada. La represión se ceba con los jóvenes que se atrevieron a protagonizar las revueltas contra el poder religioso, que ahora son presentados como traidores a la patria. Igual que los dos líderes con más ascendente sobre Trump, Putin y Netanyahu, también los ayatolás utilizan la guerra y el patriotismo que desencadena para eternizar su permanencia en el poder.

Conocí a un urbanista que me dijo: “Nos hemos olvidado de construir ciudades”. Se refería a la odiosa comparación entre los centros urbanos, o incluso los cinturones obreros (una ciudad densa, con mezcla de usos y de gentes, con bares, con tiendas, con cierto ajetreo), y los nuevos desarrollos periféricos.
