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Algo tan sencillo como no tener un cristal entre el cuartico donde cambia pañales y la estancia principal donde pasan el día los bebés provoca que a la profesora Filomena Gómez se le suba el corazón a la garganta cuando alguno de los pequeños “se hace pipí” y ella está sin compañera. “Es que los tengo que dejar solos y no los puedo mirar”, lamenta Gómez, trabajadora de la escuela infantil del CEIP Gabriel y Galán, en Alcobendas. Detrás de su preocupación está también la de cientos de profesores que como ella no dan abasto con las ratios, a los que no les llega el sueldo a final de mes y aún así tienen que comprar materiales para sus clases porque la Administración no les suple o que tienen que achicar agua cuando llueve porque el edificio está lleno de goteras. Las malas condiciones laborales unidas al deterioro de las instalaciones son el caldo de cultivo que los ha hecho estallar.

Cómo se está usando la inteligencia artificial para aprender a comunicarnos con las ballenas o cómo Nueva Zelanda es un país con 4.000 grupos conservacionistas lleno de amantes de la naturaleza volcados en exterminar animales son dos de las impactantes historias del último libro de la periodista estadounidense Elizabeth Kolbert (Nueva York, 64 años), que llega ahora en español a las librerías: La vida en un planeta poco conocido (Debate). La ganadora del premio Pulitzer en 2015, por La sexta extinción, muestra en esta selección de sus trabajos en la revista The New Yorker la extrema complejidad y paradojas de todo lo que rodea la vida en la Tierra. “Puedes matar animales y aun así amarlos”, defiende la escritora por videollamada.
Casi tres meses después de que la Iglesia católica y el Gobierno firmasen un acuerdo para el reconocimiento y la reparación de las víctimas de abusos sexuales en la institución eclesiástica, ambas partes rubricaron ayer, junto al Defensor del Pueblo, el protocolo que permitirá su aplicación efectiva. Todo estaba listo para escenificar el acuerdo hace dos semanas, pero los obispos lo aplazaron en el último momento sin explicaciones. Desde el 15 de abril, cuando entre en vigor, un número indeterminado de víctimas cuyos casos no pueden ser juzgados penalmente (porque los delitos han prescrito o los agresores ya han fallecido) podrán verlos resueltos en seis meses como máximo. Poner en marcha un procedimiento tasado y garantista, y la asunción de responsabilidades por la Iglesia, con la evidente rectificación que ello supone, es lo más elogiable de una reparación que debería haber llegado hace años. Lamentablemente, el texto no detalla ni cifras concretas ni baremos para fijar las indemnizaciones a las víctimas.

Los jóvenes son cada vez menos feministas. En España, entre los menores de 30 años, más de la mitad de los hombres y casi cuatro de cada diez mujeres creen que el feminismo se utiliza como herramienta política de manipulación. La tendencia es global: según una encuesta de Ipsos realizada en más de 30 países, la mayoría de los centennials cree que la promoción de la igualdad entre hombres y mujeres ha ido demasiado lejos. Quizá sea la paradoja que afecta a las revoluciones eficaces: cuando sus demandas se institucionalizan, el conflicto que las impulsaba pierde fuelle. No se extinguen por fracaso, sino por victoria. Para muchos jóvenes, las batallas del feminismo pertenecen a un pasado difícil de concebir —que en España la violación dentro del matrimonio no empezara a perseguirse penalmente hasta 1989 les resulta algo tan moralmente remoto como el trabajo infantil— aunque apenas hayan pasado una o dos generaciones. Y lo mismo les pasa con sus textos clásicos. Leer a Betty Friedan defendiendo en The Feminine Mystique (1963) que el matrimonio debe ser una elección y no el destino inevitable de las mujeres, les produce una sensación de anacronismo similar a la que generan los textos abolicionistas del siglo XIX: necesarios en su momento, pero superados.
Las noticias que llegan de Cuba son catastróficas y trágicas. Los adjetivos negativos se encadenan en los artículos y reportajes de prensa. Sin embargo, palidecen ante los que llegan de amigos y conocidos. Se escucha un grito de angustia unido a un deseo incontenible de huir, de abandonar un país que parece haber tocado fondo tras haber sido desde hace décadas una especie de planeta que ha orbitado de forma alternativa y parásita: primero de la Unión Soviética, después de la Venezuela bolivariana y desde hace un año lo intenta con los BRICs que lideran Rusia y China.
El Parlamento Europeo acaba de aprobar el reglamento de retornos. Nombre corto de apariencia neutra, pese a jugar con una palabra llena de ecos cinematográficos y literarios. Retorno. ¿Cómo escuchar esta palabra y no dejarse llevar por la épica, la nostalgia, la evocación de personajes heroicos desafiando al destino para recuperar lo robado con pérfidas artimañas? Historias de venganzas justas o de amores más fuertes que las vueltas que da la vida para depositarte de nuevo, generosa, en un lugar del que en realidad jamás te has ido.
El ITCM (Instituto Transnacional de Conceptos Maniqueos) calcula que solo en España el último año se usó el término “sentido común” en prensa escrita 345.678 veces, lo que representa el 60% del total europeo y el 10% del mundo, donde curiosamente Estados Unidos ha estado a la cola, porque allí ya no necesitan darle vueltas a lo prudente en términos colectivos. Un tiro en la cara por parte de un señor vestido como un oficial de las SS o una invocación al rezo de un presidente que dice tener línea directa con Dios están reemplazando al debate público como método para determinar qué políticas son las mejores para el bien común. En otras regiones del mundo occidental, sin embargo, donde todavía personajes como Torrente Presidente son ficción y se mantienen vivos los rescoldos del fuego democrático con el fuelle de la redistribución de la riqueza y las nociones de educación y sanidad pública universales, algunos reaccionarios han logrado convertir precisamente el término “sentido común” en su caballo de Troya. Apelando a él desatan pánicos morales que acaban haciendo que los más mayores del lugar se líen y confundan lo que se ha hecho siempre con lo que es justo y ayuda a la gente que lo necesita. Por ejemplo, el otro día el director de cine Santiago Segura apeló al “sentido común” para decir que la actriz Bibiana Fernández es una mujer “porque se lo ha ganado”, pero no así las personas trans que han conseguido estar a gusto con su identidad de género gracias a la ley que se aprobó en 2023. A él le parece que su afirmación es no solo progresista sino de cajón y auguró que mientras la izquierda de este país no se pliegue a su definición de cordura, estaremos todos abocados a un loco panorama en el que los hombres piden ponerse nombre de mujer para entrar en los baños de señoras a delinquir. El ITCM ya ha advertido en varias ocasiones que solo hay una muletilla que obligue más a la precaución que el sentido común de marras: flaco favor.
En mayo de 1967 fui deportada de España por haber organizado un comité de estudiantes estadounidenses contra la guerra de Vietnam. Hace unos días encontré una carta que escribí a mi madre en abril de ese año para tranquilizarla ante los bulos publicados por la prensa en EE UU y las amenazas de ese Gobierno hacia ella y hacia mí. Le expliqué que “mis acciones políticas aquí son las que serían en California: protestar contra una guerra ridícula, inútil y trágica. Yo también estoy orgullosa y agradecida por los derechos y privilegios que tenemos, pero no veo la utilidad de ondear la bandera ciegamente, ignorando lo malo de nuestra política exterior, cuando, a través de nuestras instituciones democráticas, podemos hacer algo. Es el público estadounidense, apático y mal informado, el que permite que unos cuantos políticos, banqueros y líderes industriales y militares libren una guerra como esta, que no beneficia a nadie más que a ellos. Tú, como contribuyente, debes pagarla, y los pobres vietnamitas tampoco nos quieren. Ya me dirás a quién estamos ayudando”. Estas mismas palabras de una joven estadounidense de 20 años son tristemente válidas a día de hoy ante el ataque de Trump a Irán.
Su empresa es un llamado unicornio, una de las start-ups más exitosas de Europa. Mette Lykke (Ringkøbing, Dinamarca, 45 años) dirige Too Good To Go, la plataforma que conecta restaurantes y supermercados con consumidores dispuestos a rescatar sus excedentes a precio reducido. Es la de mayor alcance en su categoría: opera en 21 países, tiene 130 millones de usuarios y cuenta con más de 500 millones de comidas salvadas. Lykke considera el despilfarro la gran anomalía de nuestro tiempo: se desperdicia el 40% de los alimentos producidos y ese derroche genera el 10% de las emisiones globales. Lo explica en la sede de su empresa, en Copenhague, satisfecha con la nueva ley contra el desperdicio que entra en vigor este viernes en España.