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Un hombre de 40 años, sin antecedentes judiciales y padre de dos hijos, ha sido acusado formalmente por haber violado y abusado sexualmente de 34 menores de entre tres y nueve años entre 2020 y 2024 en Lucenay, un pueblo de poco más de 2.000 habitantes cerca de la ciudad de Lyon (Francia). Filmaba y fotografiaba a las víctimas, compañeros de colegio de sus hijos, y cometía los actos cuando los menores iban a jugar con estos últimos a su casa en las llamadas “fiestas de pijamas”.

Macrohistoria y microhistoria: fueron años que cambiaron el mundo, donde se plantó la semilla de la policrisis contemporánea, también años muy particulares en la vida de Elvira Lindo, en los que habitó, a medio año por costa, las dos orillas del Atlántico: Nueva York y Madrid.

Pobrecitos míos, esos chavales reaccionarios. Hay que entenderlos. Claro, ¿cómo no se van a sentir mal si están todas las chicas adelantándoles a derecha e izquierda, formándose más, sacando mejores notas, organizando mejor sus vidas? ¿Cómo no nos van a dar pena si resulta que ellas saben bien lo que quieren y ya no están para aguantar a niñatos posesivos, ni dispuestas a sufrir ni por amor ni por sexo ni por príncipes de ningún color? Ni un segundo hemos tardado en justificar su pataleta contra el cambio cultural de la igualdad y lo que les pide: que renuncien a los privilegios de género que vienen heredando desde hace siglos por simple razón biológica mediante esa sólida estructura llamada patriarcado. No, hay que entenderlos a ellos, tan frágiles, tan heridos por esa charla sobre violencia que les dieron un día en el instituto. No es el machismo lo que los hace machistas sino el feminismo, mira tú por dónde. ¿Cómo se explica que un niño que ha crecido en las mismas aulas que sus homólogas femeninas de repente llegue a la adolescencia y se declare partidario de un orden antiguo hegeliano en el que el esclavo siempre se flexiona en femenino? ¿Cómo unas criaturas con madres trabajadoras, fruto de parejas que se escogen y se vinculan libremente (para eso está el divorcio) puedan transformarse en aspirantes a machos dominantes? ¿Cómo, pero cómo puede ser que habiendo crecido en una sociedad en la que hay maestras, médicas, funcionarias, mujeres policía o soldado, cómo se puede tener por normal esa rebelión contra lo que no es más que una cuestión de equidad y justicia? Pobrecitos, repiten, no mojan porque ellas se han vuelto exigentes, desean y aman siendo fieles a sí mismas, sin someterse y claro, los que no las quieren así, emancipadas e independientes, no tienen opciones. Y por ellos debemos llorar, nos dicen. Como las madres de antes, que sentían pena por el niño al que todo le costaba mientras que a la niña le mandaba hacerle la cama, fregar los platos, recoger la ropa sucia del hombrecito de la casa. Y esa compasión por los machitos destronados los perjudica a ellos aunque no lo vean. En vez de acompañarlos en el lloriqueo alguien (a ser posible un hombre adulto) debería decirles que se pongan de una vez las pilas, que si quieren llegar a sus compañeras no les queda otra que cambiar de cultura y sumarse a la del feminismo. Y que esos que les susurran a través de las pantallas que volverán tiempos pasados de dominación masculina no son más que timadores embusteros que los están llevando a engaño. Y en masa.
Los salarios y la crisis de la vivienda centrarán este Primero de Mayo de la mano de los sindicatos, que buscan que el centenar de movilizaciones convocadas por Comisiones Obreras y UGT en defensa de los derechos de los trabajadores se conviertan, al mismo tiempo, en un grito contra la guerra en Irán y en defensa de la paz. El lema de las marchas —“Derechos, no trincheras. Salario, vivienda y democracia”— alude al problema de la asequibilidad que golpea a las principales economías desarrolladas, y que se traduce en que las mejoras salariales van por detrás de los precios disparados de la vivienda y la cesta de la compra. La singular y preocupante, en España, es que, aunque su economía lidera el crecimiento en Europa, los sueldos están estancados.
No es nada nuevo: cuando se toca el dinero, el bolsillo de los propietarios, las pulsiones patrióticas se diluyen. Y a la hora de alinearse para el voto, en los partidos se impone el criterio de clase. El Gobierno propone un decreto de congelación de los alquileres por dos años, y las derechas se unen para tumbarlo, dejando de lado sus diferencias ideológicas y sus lealtades patrióticas. Dicho de otro modo, fascistas, conservadores, liberales, nacionalistas (hispánicos o periféricos) votan a coro la defensa de los intereses de los propietarios, por más que el coste de la vivienda sea en estos momentos uno de los principales problemas de este país, que desborda a gran parte de la ciudadanía y condena a muchas familias a la precariedad. Y el PNV, que sabe que su voto no altera la suma, pretende guardar las formas absteniéndose.
No parece discutible la mirada sospechosa del constitucionalista ante la propuesta de la “prioridad nacional” que algunos están haciendo o consintiendo, si esta conlleva, como parece ser el caso, una desconsideración o reducción de la protección de los derechos sociales de los emigrantes. Por el contrario, las exigencias del constitucionalismo de hoy deberían orientarse en otra dirección: la equiparación jurídica de los extranjeros, en la medida de lo posible, con la situación de los nacionales. La razón no es otra que considerar que la dignidad de la persona, eje del nuevo constitucionalismo, requiere la igualdad entre todas. Sin duda, dicha dignidad exige asegurar un determinado umbral de bienestar y seguridad —unas condiciones de vida, en suma— que alcancen a todas las personas.
Quizá hayan oído hablar de una tal Taylor Swift. La cantante ha saltado a la primera plana de las noticias estos días por un movimiento legal que ha tomado para proteger su autonomía digital. Como ya hizo en su día el actor Matthew McConaughey, Swift ha empezado a proteger su imagen frente a la inteligencia artificial (IA) registrando como marca elementos de su identidad: dos frases con su voz (“Hey, it’s Taylor” y “Hey, it’s Taylor Swift” —desconocemos si son dos grabaciones o una duplicada sin la parte final—), y una imagen icónica suya con una guitarra en un concierto. McConaughey ya registró, también como marca, su impenitente “Alright, alright, alright”.

El laboratorio de la astroquímica Ewine van Dishoeck es el universo, donde ocurren reacciones químicas imposibles en la Tierra. Se declara fan del polvo (interestelar) y cree que como mujer lo tuvo más fácil en la universidad, “porque los profesores se fijaban en ti”. Entre otros galardones, van Dishoek ganó el Premio Kavli en astrofísica en 2018 “por sus contribuciones combinadas a la astroquímica observacional, teórica y de laboratorio, dilucidando el ciclo de vida de las nubes interestelares y la formación de estrellas y planetas”.

