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La economía ha soportado por ahora el caos en el orden global desatado por Donald Trump, pero la resiliencia tiene un límite y el presidente de Estados Unidos parece empeñado en someterla a nuevas pruebas de estrés. En los últimos días, el conflicto de Oriente Próximo ha entrado en una nueva escalada que ha llevado el barril de petróleo brent a tocar los 100 dólares. Esta subida ha reavivado el riesgo de un shock energético, con sus derivadas lógicas de más inflación y alzas de los tipos de interés. Por si el escenario no fuera suficientemente complejo, el magnate republicano ha reabierto la guerra comercial contra la mayor parte de sus aliados, lo que añade obstáculos a las cadenas de suministro de las empresas. Si algo aprecian las compañías, y en particular las multinacionales, es la seguridad jurídica, un concepto que la Casa Blanca hace saltar por los aires con una frecuencia inusitada.

No hay que pensar, una pareja de cormoranes se aleja volando sobre el mar, por la bocana del puerto se ven los barcos zarpar, no te preguntes adónde irán, no hay que pensar, un pez dorado se ha enganchado en el curricán, viene hacia el velero dando saltos a flor de agua tirado por el sedal, unas pardelas vuelan el círculo sobre un banco de caballas, el pez dorado se ha librado del anzuelo y ha regresado feliz al fondo del mar, cruza el cielo una avioneta que tal vez presagia un incendio, pero por fortuna solo anuncia una crema solar, llega desde un cercano jardín el olor a carne asada de una barbacoa entre las voces de una alegría familiar, no hay que pensar, baja por el esófago el sorbo del granizado de limón con hierbabuena, el hibisco ha dado su flor roja del día, la de ayer ha muerto ya, tras las cortinas entornadas cae un sol de fuego sobre una charca donde abrevan rabiosas las avispas, se oyen truenos lejanos de una tormenta que se avecina, no hay que pensar, canta el jilguero en la rama del granado, una salamanquesa se arrastra por la pared y se engulle otro mosquito, uno más, los pies desnudos apoyados en la barandilla de la terraza se perfilan sobre el horizonte del mar y ahora una hormiga exploradora escala hasta el dedo gordo, se detiene en lo alto y desde allí parece avistar el panorama, la hormiga duda y por fin se decide a bajar por el empeine y desaparece para dar cuenta a la reina del hormiguero de lo que ha visto, son cosas que se traen las hormigas entre ellas, la arena de la playa está toda cubierta de carne humana ensayando el fin del mundo, no hay que pensar, qué puede depararte el futuro, qué va a pasar, nada que no haya pasado un millón de veces, todo irá bien, una ensalada con hinojo marino para la cenar, la almohada es como una tierna y fresca mejilla de niño para soñar, de noche por la ventana abierta a las estrellas se ven las constelaciones del Cisne, la Lira y Sagitario y aquí abajo cantan los grillos, llega agosto, no hay que pensar.

Las celebridades nos persiguen, nos asedian, nos acosan con ubicuidad, alevosía y cháchara motivadora. Se diría que viven obsesionadas por nuestra mirada. Su presencia es insistente, acechante, indiscutible, sin réplica. Te asaltan en la sala de espera del dentista, en la peluquería, en los informativos, en la parada de autobús, en una inofensiva charla de ascensor. Sin querer, sin importarte, sin pretenderlo, averiguas sus peripecias, sus cumbres y sus derrumbes. Recuerdo que, siendo aún niña, mientras atravesaba la ría de Vigo en un barco de línea regular con mi pelo corto alborotado por un viento ensordecedor, la televisión retransmitía una boda principesca. Me parece estar viendo aquella pequeña pantalla parpadeante y muda. Con tres años, contemplaba boquiabierta los metros de cola de un vestido interminable —más larga que la estela de espuma del ferry que me llevaba a bordo—. Fue la primera aparición, palpitante y tersa, de lo irreal.

Vivimos en el mundo real, gobernado por la fuerza y el poder según leyes de hierro que rigen desde el principio de los tiempos. La frase, enunciada por el asesor de Seguridad Nacional de Donald Trump, Stephen Miller, pretende sonar a diagnóstico y se parece a aquella de Tucídides (“Los fuertes hacen lo que pueden, los débiles sufren lo que deben”), citada hoy como fórmula para explicar que el orden internacional cambia por debajo de nuestros pies. El supuesto realismo se presenta como lo contrario de la fantasía porque dice ver el mundo como es, sin ilusiones ni ideología. Pero la fantasía, nos dice Iris Murdoch, no es soñar con lo que no hay, sino construir un relato que nos exime de mirar, quizás porque no queremos ver que detrás de esa ley de hierro hay alguien decidiéndola. En el mundo real, por ejemplo, hay once altos cargos del Tribunal Penal Internacional con las cuentas bloqueadas por una orden ejecutiva de Donald Trump, una ofensiva declarada del secretario de Estado, Marco Rubio, que ni se molesta en disimular su propósito, y una declaración presidencial diciendo que Benjamin Netanyahu no será detenido en suelo estadounidense.

De hacer la retransmisión oficial del eclipse solar total de 2024 para todo Estados Unidos a poder vivir el siguiente en su país, que será el único del mundo en el que pueda verse con garantías. El astrofísico español Jorge Pérez Gallego cree que, a apenas dos semanas, es crucial incidir en los sentimientos, en las emociones que provoca “este evento natural, de una magnitud inimaginable si no lo has visto antes”. De cara al 12 de agosto, se siente en la obligación de compartir información clave y también su experiencia personal con los eclipses de máxima categoría.

A veces una anécdota tecnológica ilumina un problema de mayor calado. OpenAI sometió a varios de sus modelos más avanzados a pruebas para medir sus capacidades. La IA consideró que Hugging Face, una de las mayores plataformas mundiales de inteligencia artificial, alojaba recursos útiles para su tarea y decidió acceder ilícitamente a su infraestructura usando una vulnerabilidad desconocida.
Miércoles 24 de junio, última sesión de control al Gobierno antes del cierre veraniego del Congreso. La corrupción, protagonista. Con desatada velocidad verbal, el portavoz de ERC, Gabriel Rufián, recita un totum revolutum de casos del PP, “la Gürtel, la Lezo, la Púnica, la Kitchen”, para luego jalonar su intervención de nombres bien conocidos: los de dos exministros populares condenados, Eduardo Zaplana y Rodrigo Rato, el de otro que está siendo juzgado, Jorge Fernández Díaz, el de otro que está siendo investigado, Cristóbal Montoro, más el de un expresidente madrileño que previsiblemente se sentará el año que viene en el banquillo, Ignacio González. No para de nombrar casos y políticos. “Me falta el aire”, resopla para ilustrar el desafío de repasar los casos de corrupción que afectan al PP.
Estaciones llenas de bicicletas con las baterías sin cargar. Estaciones que en la aplicación figura que están vacías, pero en realidad tienen vehículos disponibles. Bicicletas sin pedales. Con la cadena rota, las ruedas gastadas. Frenos que no frenan. Turistas con tarjetas de abonado que dicen que les han dado “en el piso turístico” o de “Airbnb”. Problemas de uso derivados del cambio diseño de la aplicación. Desde hace unos meses y sobre todo unas semanas, el servicio de bicicleta pública de Barcelona, el Bicing, pionero en España, recibe un aluvión de quejas, sobre todo en las redes sociales.

Lei, una mujer menuda de 37 años, mira el móvil sentada en un poyete. Parece llevar consigo todo lo que tiene; a sus pies se acumulan una maleta, bolsas y otros bultos. Es martes 7 de julio, a última hora de la tarde, en Zhengzhou, la capital de Henan, en el centro de China. Lei viste el uniforme rojo del restaurante de hot pot en el que, hasta hace un rato, trabajaba. Lo ha dejado antes de finalizar el periodo de prueba, porque no aguantaba las “pésimas condiciones” ni el horario infinito, “de 9.00 a 23.00, con solamente hora y media de descanso”, describe. “Trabajé dos días y terminé agotada. No me van a pagar nada, he trabajado gratis. Nunca coman allí”, se queja.





