Home Investigacion en Intelligencia Artificial y Desarrollo de Algoritmos Desarrollo de Energia Nuclear y Avances en Fisica Nuclear Innovacion en Tecnología de Vanguardia
En pie tras un mostrador con un teléfono de madera, una radio, la bitácora en bronce del “último bacaladero de Terranova” y figuritas pastoriles de Lladró, el anticuario y librero Carlos Rodríguez pide 360 euros por el lepanto de un tripulante del Azor. El marino que había servido en el yate de Franco llegó un día con el gorro blanco, un poco sobado, a su tienda en Lugo y se lo vendió. Es, posiblemente, uno de los escasos objetos relacionados con el solaz marítimo del dictador que sobreviven.
El 27 de agosto de 2025 fue un día importante para Daniel. A las 11.41 de la mañana, este presunto narco encargado de logística, que es como se denomina coordinar a los camioneros que extraen la coca de los contenedores del puerto de Valencia, contactó con su colega Coscu. Sobre la mesa, un suculento negocio. Colar un cargamento a través de esta laberíntica miniciudad donde las grúas se solapan con el estruendo metálico de la carga y descarga. La millonaria empresa debía salir a la perfección. Era la primera vez que iban a medias con un capo rumano bien relacionado con los bajos fondos del puerto de Róterdam. Y, por ello, Daniel y Coscu debían cerrar los flecos para que la mercancía llegara a su destino. Sin sobresaltos.
“Mehdi, no estás solo”. Pancartas. Carteles con tipografía de cómic. Bocas amordazadas… Sin apenas despliegue policial, una inusual protesta de más de un centenar de jóvenes cobró forma al mediodía del miércoles ante el Tribunal de Primera Instancia de Ain Sebaa, en Casablanca. El rapero marroquí Mehdi Lyoubi, de 34 años, encarcelado tras impedirle la policía viajar a Francia, donde vive, iba a ser juzgado por “ultraje a una institución constitucional” bajo la acusación, no confirmada legalmente, de haber injuriado a la figura del rey en sus canciones. Mehdi Black Wind, como es más conocido por su nombre artístico, es un cantante de rap, música urbana que resuena como banda sonora permanente en la vida cotidiana de millones de jóvenes del Magreb.
Farah Abu Qneis no se atrevía a mirar su pierna izquierda. Entre una nube de polvo y escombros y en medio de un profundo dolor, solo escuchaba a su amiga gritar: “¡Tu pierna, tu pierna!”. Era la noche del 28 de junio de 2024, ambas estaban en casa de su abuela, en Deir al Balah, cuando una violenta explosión sacudió la zona. Poco después, esta joven de 23 años perdió el conocimiento. Fue trasladada en coche, en una camilla improvisada, al Hospital de los Mártires de Al-Aqsa, desbordado por la llegada masiva de heridos. Aunque necesitaba una intervención urgente, los médicos no pudieron operarla hasta dos días después debido al colapso del centro sanitario. Cuando le comunicaron que tendrían que amputarle la pierna, sintió que su mundo se derrumbaba.
No teman, no están ante una arenga gremialista (de hecho, esta profesión tiende hacia el individualismo y huye de cualquier forma de planteamiento sindical). Esta profesión es la de periodista musical. Eso abarca la crítica de discos, la crónica de conciertos y las entrevistas o perfiles. En otras latitudes, tales labores se reparten entre especialistas de cada rúbrica; aquí, para bien y para mal, se tiende a juntar todo en una única persona.
Durante el viaje de tres semanas de Tadej Pogacar hacia su quinto Tour ha habido tantos momentos extraordinarios —récords de ascensión del Tourmalet y a Alpe d’Huez, ascensiones en solitario de kilómetros aniquilando a los mejores ciclistas del mundo, los sueños del futuro— que científicos y entrenadores se han pasado un rato cada día haciendo operaciones con la calculadora del móvil. Tantos metros de desnivel, tantos minutos de ascensión, tanto peso, tanta altitud, uno por otro, partido por el siguiente y un resultado en vatios, 430 en 40 minutos, 450 en 20 minutos, y así, números que los dejaban admirados, con la boca abierta, y creerían equivocados si no fuera porque pertenecen al único e inimitable esloveno que domina el ciclismo mundial en todas sus conjugaciones desde hace seis años.
Una vez terminada la final del Mundial con la victoria de la selección española, tres jugadores de la Roja se fotografiaron juntos: Mikel Merino, Martin Zubimendi y Mikel Oyarzábal. Dos de ellos -Oyarzabal y Merino- aportaron siete de los 14 goles de la selección española. Pero ese no era el motivo de la foto. Consistía en que Merino y Zubimendi habían militado en la Real Sociedad de San Sebastián con Oyarzabal, hoy su capitán. La foto tuvo un lugar privilegiado en la prensa guipuzcoana. Lo mismo que las palabras de Oyarzabal, principal goleador de la Roja, calificando de “histórico” el triunfo de la selección.
Muchos hombres homosexuales dejaron el balón en la infancia o la adolescencia al sentir que estaban en territorio hostil. Sin embargo, los valores que ha defendido ahora la selección española con jugadores como Borja Iglesias o Lamine Yamal han llamado su atención.
Hay expertos que dan el cine de superhéroes por amortizado. Se apoyan, por ejemplo, en las cifras catastróficas de la reciente Supergirl o de algunos de los estrenos de Marvel. El exceso de series que han llegado estos años a las plataformas tampoco ha ayudado. Los superhéroes seguirán muertos en la mente de esos analistas al menos hasta que este miércoles llegue la inminente Spider-Man: Brand New Day, dispuesta a arrasar y marcar nuevos récords en taquilla. Pero, mientras tanto, hay una serie que está haciendo semana a semana un alegato de por qué el género todavía tiene cosas que decir: se llama X-men ‘97 y su éxito creativo ha sido una de las mayores sorpresas que ha dado la televisión de los últimos años.