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La lluvia y el viento arrecian en las inmediaciones del canal Spree, en el centro histórico de Berlín, y Kristine (65 años), en bañador y apoyada sobre una tabla de paddle surf, maldice su suerte. Esperaba poder hacer un poco de ejercicio como acto político junto a la centena de bañistas que se han reunido hoy en el Spreekanal bajo el lema “¡101 años de prohibición!” para derogar una antigua ley que prohíbe el baño en el río.
En Nigeria, un diagnóstico de cáncer suele ser una sentencia de muerte. Cada año, casi 130.000 nigerianos reciben este diagnóstico y cerca de 80.000 fallecen a causa de la enfermedad. En Nigeria, en promedio, 33 mujeres por día son diagnosticadas con cáncer de cuello uterino y 22 mueren a causa de esta enfermedad cada día. El problema no es que no existan tratamientos, sino que los nigerianos ―y, en general, los pacientes de las economías en desarrollo― no tienen acceso a ellos.
La escritora argentina Laura Ramos no quería escribir este libro. En realidad, no quería escribir ninguno relacionado con su infancia como hija del trotskista Jorge Abelardo Ramos, intelectual influyente que sería candidato a la presidencia de Argentina, y de Faby Carvallo, trotskista también, bohemia, feminista, impulsora del sindicato de Amas de casa, aunque lo suyo no eran las faenas caseras, sino la militancia y la aventura. Ramos no tenía ningún interés en volver mediante la escritura a aquel desbarajuste de viajes, amantes, clandestinidad, engaños, silencios, conflictos de los padres. Su hogar había sido, como definió en una entrevista, “Woodstock montado en un kibutz”. Pero los niños, en general, no aprecian la vida caótica y arriesgada, sino los afectos seguros, la atención, la estabilidad. Y ella, de adulta, se alejó de aquel mundo todo lo que pudo. También como escritora.

Aún quedan unas cuantas semanas de verano, y es probable que en algún momento empieces a estar harta –con muchas erres– de hacer todos los sándwiches que te llevas a la playa o a la piscina con mayonesa; o puede, también, que seas perfectamente consciente de los peligros que conlleva la combinación de esta salsa con las altas temperaturas (si no, aquí te lo explica muy bien nuestra compañera Beatriz Robles).

El escritor Javier Reverte afirmaba en su libro El sueño de África (Debolsillo, 2004) que “el viajero nunca puede decir que ha estado en África hasta que no ha alcanzado a verlo”. Se refería al Kilimanjaro, un volcán dormido enclavado en Tanzania que, con sus 5.895 metros de altitud, es el techo del continente. Su cumbre nevada, vigilante de la infinita sabana que lo rodea, representa para muchos un mito geográfico y literario.
En el caso de Sebastian Stan (Constanza, Rumania, 43 años), el adjetivo “camaleónico” va un paso más allá. No es solo que el actor sea capaz de meterse en la piel de personajes muy diferentes en las películas más taquilleras y reconocidas del momento, sino que es capaz de hacerlo sin llamar demasiado la atención. En 2025 estuvo nominado al Oscar a mejor actor por The Apprentice, y en la gala de los Globos de Oro de ese mismo año optó a dos premios por dos papeles distintos, el de Donald Trump en la mencionada película de Ali Abbasi y el de un actor con neurofibromatosis en A Different Man, que fue el que le dio el galardón. Sus dos últimas apariciones en pantalla han sido en proyectos completamente opuestos, pero exitosos a su manera: uno es Thunderbolts*, la superproducción de antihéroes de Marvel que recaudó 382,4 millones de dólares; el otro, Fjord, un drama independiente del cineasta rumano Cristian Mungiu que obtuvo la Palma de Oro en el último Festival de Cannes. Aun así, Stan tiene la extraña capacidad de seguir manteniéndose siempre en un perfil muy bajo.

Cada vez queda menos para ese vuelo que reservaste hace meses. Desde EL PAÍS Escaparate ya hemos recopilado algunos de los productos imprescindibles para cuando viajas solo o aquellos que necesitas para ir únicamente con equipaje de cabina. En esta ocasión, hemos seleccionado 10 accesorios que pueden resultar muy útiles cuando viajas en avión. Y es que, tanto si el trayecto dura tres horas como 12, hay artículos que merece la pena tener a mano. Además de ser compactos y ligeros, cuentan con miles de valoraciones positivas en el comercio electrónico por su buena relación calidad-precio.










Repita conmigo, una caña es un vaso de pequeño formato —entre los 200 y 250 ml— donde disfrutar de una cerveza servida de barril. Así se ha conocido en Madrid desde tiempo inmemorial. Aunque hoy, muchos lugares llaman cañas a dobles, copas o hasta tubos. Parece que la terminología ha virado, y con ella ha llegado su casi desaparición, por aquello de servir un poquito más y cobrar bastante más. Las cañas, como las medias raciones, los canapés o las tapas “gratis”, no gustan a una amplia mayoría de la hostelería madrileña. Lo siento, es así. Hoy resulta complicado encontrar cañas en según qué barrios, y ya no hablemos de las terrazas, donde parecen extinguidas por completo. Como en muchas de sus barras, en las que ya es imposible detenerse, de pie, al vuelo, sin reserva, sin sentarse, y pedir una.
Queridos lateros, hoy vamos a hablar de la sardina, ese pescado tan humilde y popular desprovisto de cualquier síntoma de esnobismo que durante generaciones fue tan socorrido en los hogares de nuestro país.