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Fue en “un periodo de lesiones”, de noches con insomnio y días sin pisar el campo, cuando Ansu Fati comenzó a escribir. La música se convirtió en “una vía de escape” para que el joven futbolista, que actualmente milita en el AS Mónaco tras ser traspasado desde el FC Barcelona, “pudiera expresar, de alguna manera, la frustración que sentía en ese momento”. Pero guardó la letra en un cajón porque “primero va el fútbol, después todo lo demás”. No podía ser de otra manera para quien irrumpió como adolescente en el Barcelona batiendo récords y que luego, tras la salida de Messi en 2019, recibió el dorsal 10 en un club que por entonces buscaba un nuevo ídolo. Casi un año después de escribirla, Fati (Guinea-Bisáu, 23 años), este pasado junio ha lanzado aquella canción: Sea como sea, un tema que ha acumulado más de un millón de reproducciones en su primer mes en plataformas digitales.
Este año no he visto La Velada del Año, ese espectáculo parecido al boxeo que organiza Ibai Llanos. No la he visto porque no tiene ningún sentido verla si no has seguido las pullas previas entre ellos. ¿Para qué? En Pressing Catch -y en combates de boxeo de verdad- hay y había momentos previos en los que los contrincantes prometían machacar al otro. Es una forma de avivar el espectáculo, de generar un interés cafre por una pequeña batalla. En el caso de lo que organiza Ibai, todo el espectáculo está en las rencillas entre los principales contrincantes. También hay peleas de relleno, como hay concursantes de relleno en Masterchef Celebrity, gente que llegará y se irá sin pena ni gloria, pero con la paga de la abuela en el bolsillo.


Cuentan que, en el corazón de Iberia, había un próspero reino, uno de los muchos que formaban un gran imperio. Corrían días de alegría: los habitantes de todos los reinos acababan de celebrar juntos una gran victoria deportiva que, por un momento, les había hecho olvidar sus diferencias. Pero también se sentían orgullosos de sus bomberos y soldados, de sus magníficos camiones y espectaculares máquinas voladoras. Cuando apagaban un incendio, los habitantes aplaudían, los periódicos publicaban fotografías heroicas y los gobernantes pronunciaban grandilocuentes discursos. Todo parecía funcionar. Hasta que el fuego empezó a ganar.
Vuelven los aranceles, vuelve a calentarse la guerra de Irán, aumenta el riesgo de inflación y persiste una intensa incertidumbre. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha subido a la economía global a una montaña rusa de giros violentos y, en poco más de tres semanas, el mundo ha pasado de pensar en una normalización del mercado del crudo a temer los cuellos de botella. El ataque por parte de los hutíes (aliados de Teherán) a los petroleros saudíes en el Mar Rojo significa poner en jaque la vía de exportación alternativa a Ormuz y el precio por barril de brent superó los 100 dólares, lo que implica un encarecimiento acumulado del 40%. La guerra comercial, contenida en buena parte por los tribunales estadounidenses, estrena capítulo con otro decreto de Washington y el Banco Central Europeo ya ha advertido de que el escenario optimista planteado en junio, con descensos del coste de la energía, se antoja “bastante improbable”.
El presidente de los rectores, Julián Garde, ha alertado recientemente de que las universidades españolas se enfrentan a una “mezcla explosiva”. Un mercado del alquiler enloquecido, becas de estudio que no llegan a todos los que las necesitan, un número creciente de alumnos nacionales y extranjeros... Una combinación de factores que impide a muchas familias costear los estudios de sus hijos o las obliga a endeudarse. El Gobierno presentará en el Consejo de Ministros, previsiblemente este martes, una medida para abordar el problema y que va a impulsar que entre seis y 10 universidades públicas construyan, con la cofinanciación del Estado, alojamientos para estudiantes e investigadores de paso. No son residencias, sino habitaciones con zonas comunes y con precios asequibles. El proyecto, fraguado entre tres ministerios desde 2024, se articula a través de un decreto de ayudas directas dotado con 45 millones de euros.
“Mira, esos dos edificios eran de negreros”, indica a vuelapluma el historiador Martín Rodrigo Alharilla (57 años, Sabadell) mientras pasea por la zona del puerto de Barcelona. Prosigue la ruta por la Rambla y señala un bajorrelieve en el que se aprecian cadenas, sogas, cañas de azúcar y una chimenea. El edificio que lo luce en el frontispicio es la sede del Departamento de Cultura de la Generalitat. “Se construyó a finales del siglo XVIII y después lo compró Tomás Ribalta i Serra, un indiano (español emigrado a América) con negocios en Cuba y que probablemente tenía una factoría negrera en la actual Nigeria. Un hombre tremendamente rico que aquí se dedicó a vivir de rentas”, ilustra el profesor, que documentó la exposición La infamia, la participación catalana en la esclavitud colonial, que se pudo visitar en el Museo Marítimo de la ciudad y que ahora está alojada en internet para su consulta.
El respaldo en el Parlamento a la ley que concede la nacionalidad a los saharauis nacidos bajo la bandera de España viene a corregir una de las consecuencias de la precipitada descolonización del territorio hace medio siglo y supone un buen paso en la reparación de una deuda histórica. La proposición de ley presentada por Sumar solo ha recibido tres votos en contra, los de Vox, en la Comisión de Justicia del Congreso. A la vez, ha contado con el apoyo de la mayoría de la investidura, salvo Junts, que se abstuvo. Lo mismo hizo el PP, que había votado a favor de su toma en consideración el año pasado y en contra del dictamen de la ponencia hace apenas un mes. Es una buena noticia, porque una norma como esta merece el máximo consenso.
No hay monstruo más antiguo que el fuego. Por más que Heráclito quisiera convertirlo en el padre de todas las cosas, fuera de control sus efectos son terribles y devastadores. Signo de destrucción y de purificación, ingrediente inevitable del infierno —que en su corazón mismo Dante cubriría de hielo—, la historia de la humanidad está marcada por su dominio y su amenaza. Hefesto lo custodiaba bajo tierra, en los volcanes, trabajando su fragua con ayuda de los cíclopes, pero Prometeo se lo arrebató para convertirlo en un instrumento útil. Siempre, claro, que se mantenga sometido al límite y a la cordura.
Mi Ítaca es una casa azul en lo alto de una pequeña colina donde mi abuela da de comer a sus gallinas, atiende un huerto y vigila una empanada de xoubas en su horno de leña, frotándose las manos y limpiándoselas con el mandil. Está cercada por muros de piedra tapizados de musgo de los que salen las lagartijas y racimos de dedaleras púrpuras llenas de pecas. Detrás de los muros hay fincas de berza, maíz y patata. Más abajo está la iglesia donde están enterrados mis muertos, con un cruceiro y una fuente por la que baja agua limpia y fría de manantial.
Sin duda, el dato más remarcable del Barómetro de Opinión Política del CEO publicado el 9 de julio es el sorpasso en votos y escaños que Aliança Catalana inflige a Junts. Un detalle que no se ha ponderado lo suficiente es el peso de los partidos xenófobos en Cataluña. En las elecciones autonómicas celebradas en Extremadura, Aragón, Castilla y León y Andalucía, Vox ha obtenido entre un 14 y un 19% de los votos; a la suma de Aliança y Vox, el CEO le atribuye nadas más y nada menos que el 25% de los sufragios, un pronóstico que, si se cumpliera, situaría a Cataluña a la cabeza de las comunidades autónomas en términos de apoyo popular a la xenofobia.