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A las ocho de la mañana, la veintena de marines que se aloja en el JW Marriott de Caracas empieza a bajar a desayunar. Es un espectáculo singular. Tienen entre 30 y 40 años y casi todos lucen, como Freddie Mercury, un bigote chevron. Los tatuajes trepan hasta el codo, a veces hasta las rodillas. Gorras, pantalones cortos y camisetas con leyenda. Alguna imprevista en la era bélica de Donald Trump. No war team, se leía en una de ellas la semana pasada. Los marines, un cuerpo de élite de acción rápida, no faltan un día al gimnasio, cumplen horarios y nunca se separan de su walkie-talkie. Son los más visibles, pero en el resto de mesas hay agentes de la CIA, del Departamento de Estado, de la Embajada… Todos ellos son parte de este nuevo momento político que se vive en Venezuela desde el pasado 3 de enero. Uno en el que Estados Unidos tiene más poder que nunca en el país, ha medio sometido al chavismo y opera desde un hotel de cinco estrellas en un barrio financiero de Caracas.

Aspira alto y trabaja duro. Es la premisa que apuntala el sistema educativo de Estonia y que, según su ministra de Educación, Kristina Kallas (Kiviõli, 50 años), es uno de los motivos que lo ha llevado a triunfar en los exámenes de calidad educativa de PISA. Es el primer país europeo y cuarto del mundo (tras Singapur, Japón y Corea del Sur), pese a un ligero retroceso. La poca diversidad de alumnos en las aulas, la gran autonomía de los centros y profesores ―que implica un Gobierno poco intervencionista―, una gran plantilla y unos profesores bien preparados y respetados completan el caleidoscópico de su éxito. También presentan una realidad opuesta a la de España. Kallas, que lleva tres años en el cargo, recibe a EL PAÍS en Barcelona, antes de participar el 10 de abril en el European Pulse Forum 2026, donde presentó el plan para desplegar con seguridad la Inteligencia Artificial en las escuelas.

“España está remando a contracorriente”. La frase se repite varias veces en la entrevista con Nacho Esteve, portavoz de la Coordinadora de ONG de España. El termómetro de la solidaridad publicado esta semana por esta entidad que aglutina a todas las organizaciones de desarrollo del país corrobora sus palabras: el volumen de financiación al desarrollo aumenta y el número de personas a las que llega esa ayuda creció en un 20% en dos años. “Nuestro país defiende la cooperación internacional en un entorno mundial claramente adverso”, zanja Esteve.
La política y los petroleros avanzan a ritmos distintos. El golfo Pérsico se ha reabierto por primera vez en más de mes y medio y los precios han reaccionado de inmediato: el crudo brent cayó este viernes más de un 12%, situándose por debajo de los 88 dólares por barril en los contratos a dos meses, un nivel no visto desde principios de marzo. Con todo, la reapertura anunciada por Donald Trump y por el ministro de Asuntos Exteriores iraní solo está garantizada durante 10 días. Tiempo suficiente para impactar en los mercados, pero no para llegar a los surtidores de gasolina, con unos precios en máximos en EE UU y Europa desde 2022: para cuando estas rebajas lleguen al consumidor, el Estrecho podría volver a estar cerrado.

A Montserrat Torrent (Barcelona, 100 años) se la conoce como la dama del órgano, pero su inigualable magisterio bien merece otra distinción. Nació el 17 de abril de 1926, cuatro días antes que Isabel II de Inglaterra, lo que significa que lleva reinando en la pedalera de los templos más de siete décadas. El equivalente a 1.700 conciertos, con sus momentos de éxtasis y sus tormentos. “Un día mi vida se transformó”, le cuenta la organista a una grabadora, pues su sordera le impide atender llamadas. “Escuché un coral de Bach y me quedé como caída del caballo ante una música tan sobrecogedora”. Tenía entonces 12 años y vivía “entre cabritos y conejos” en Santa Coloma de Farners. “Mi familia se quedó en Barcelona hasta que cayó una bomba tan cerca que sentí la ráfaga en la cara”, recuerda.
¿Hasta dónde se extiende la huella del pasado colonialista en la Europa de hoy? ¿Sigue afectando al día a día? ¿Cómo deben los museos afrontar el colonialismo impregnado en tantas obras que exponen, muchas de ellas fruto del expolio? ¿Deben siquiera abordarlo? ¿Y la sociedad? ¿Hay que pedir perdón por el pasado? ¿Basta con buscar una reconciliación? En pleno corazón de la UE, en la Casa de la Historia Europea en Bruselas, la exposición ¿Poscolonial? —con interrogación— busca abrir un espacio de “reflexión europea imprescindible” sobre un amplio capítulo de la historia del continente en el que, en muchos aspectos y dependiendo de qué países, aún no se ha podido o querido pasar página.

Un grupo de editoras se reúne cada martes —ordenador en mano— para corregir una zona ciega del conocimiento digital: la ausencia y el sesgo con el que se cuenta la historia de las mujeres en Wikipedia, la plataforma cofundada hace 25 años por los estadounidenses Jimmy Wales y Larry Sanger, en una era de internet que hoy parece remota.

Orina o semen; sangre, sudor y lágrimas; flujo menstrual. Mocos, si acaso. Carla Nyman propuso a los participantes guardar alguna secreción corporal, la que fuera, en un bote medicinal, y pasar un día con ella, haciendo vida normal (si es que la vida puede ser normal). Luego, enterrar el bote en el bosque de la Casa de Campo, Madrid. Los participantes sufrieron una suerte de duelo al ver como una parte de sí era enterrada para siempre. Como un funeral parcial. La performance se llamaba Líquida, sucedió en 2022 y fue un preludio del poemario Líquida tuya y vertebrada (Letraversal, 2023). “Nada de lo que contenemos nos pertenece, somos una especie de desecho periódico”, piensa la autora.

Por encima de atesorar sobresalientes objetos decorativos del mundo, la nueva sucursal del Victoria & Albert Museum en el este de Londres, V&A East, está dedicada a la creatividad como motor de cambio. Tal vez por eso tiene dos sedes en Stratford, el antiguo barrio olímpico de la capital británica. Su director, Tim Reeve, habla de una familia de museos. Él mismo despliega un trato familiar con quienes se sientan en los escalones del V&A Storehouse, el almacén del museo de 16.000 metros cuadrados convertido en galería por la agencia Diller Scofidio + Renfro. Inaugurado el año pasado con más de 250.000 objetos expuestos, de una cocina de Fráncfort de Margarete Shütte-Lihotzky a escala real a la silla Calvet de Gaudí, tal vez sea lo más revolucionario en términos de arquitectura museística que se ha levantado este siglo. ¿Por qué? Porque mete al visitante en el almacén. A pocos metros, se inaugura ahora la otra pata de la familia, un edificio cívico que, lejos de imponer un credo cultural, parece construido para escuchar.