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Es curioso. Pese a que han sido vistas cientos, miles de veces juntas, en fotografías, eventos y alfombras rojas, Dakota Fanning y Elle Fanning jamás han compartido pantalla. Son actrices. Son hermanas. Son estrellas que han recibido nominaciones a los mejores premios y trabajado con los mayores actores y directores del panorama global. Comparten apellido, empresa y hasta armario. Pero no, nunca han mantenido un diálogo, o sostenido una mirada mutua, ante las cámaras que las han hecho famosas. Ahora, eso se va a solucionar. Para entonces, y con tan solo veintitantos-treintapocos años, llevarán un cuarto de siglo en la industria, y casi un centenar de títulos. Y quién sabe si tendrán una foto con un Oscar propio.
Se abre la galería de fotos del móvil y hay una carpeta titulada “Hijo” o “Hija” cuando eran bebés: su primer cumpleaños, imágenes con gente fallecida, su primera vez en la playa con dos años y un sinfín de recuerdos que quedan inmortalizados también en vídeos y audios. Adultos y niños estaban en todos esos momentos. Sin embargo, los primeros los recuerdan más allá de lo multimedia, pero los segundos no. ¿Por qué las personas no tienen recuerdos de cuando eran muy pequeños?
Antes de convertirse en símbolo de la barbarie, este niño era solo un cuerpo pensante, un ser sintiente. Tenía una estatura concreta, un peso, una temperatura, unas fantasías. La foto, a estas alturas, es ya un discurso sobre la maldad, pero lo que ocurrió primero fue brutalmente físico, cruelmente real, lo mismo que un golpe de frío o fiebre. Lo más inquietante no es solo la violencia de la escena, sino la manera en que el pequeño parece saber qué hacer dentro de ella. No llora, no se resiste, no mira a la cámara. Está concentrado en su papel, como un detenido profesional, un detenido de película. Ha entendido que, en ciertas circunstancias de la vida, si conviene hacerse el muerto, uno se hace el muerto. No es sumisión, es una técnica de supervivencia. El cuerpo infantil, enfrentado a una maquinaria gigantesca, cuya manaza se posa sobre su mochila, improvisa una conducta aprendida para no romperse. Cruzar las manos, permanecer quieto, mirar al frente. Un modo de decir sin palabras:
Una de las peores cosas del mundo de hoy es el aumento del ruido. Y no me refiero a los decibelios, que también, porque vivimos en unos entornos urbanos ensordecedores, sino al ruido social, emocional y psíquico. Andy Warhol fue profético cuando dijo eso de que, en el futuro, todas las personas tendrían sus quince minutos de fama. El futuro ya está aquí, en eso y en todo, hasta el punto de que las novelas de ciencia ficción parecen relatos costumbristas; en cuanto a los quince minutos warholianos, me temo que todo quisque ha pasado ya o puede pasar por una de esas momentáneas tormentas en las redes que te catapultan a una fama inmediata. Para peor, creo que la mayoría de las veces lo que te cae encima es una mala fama. De modo que son quince minutos de infamia que nos rondan a casi todos, porque es uno de los platos que se degustan con mayor deleite en la sociedad actual. Y es que, dentro de esa exacerbación del ruido que vivimos, nos chifla mitificar, y poner por las nubes a alguien, y lanzarlo al estrellato de la noche a la mañana con estruendosas fanfarrias, pero aún nos gusta mucho más, nos enloquece, vaya, machacar al que antes hemos elevado, aporrearlo a conciencia, bajarle la cresta a martillazos. Algo de esto le está pasando por ejemplo a David Uclés, el autor de La península de las casas vacías, que, desde mi punto de vista, fue loado en exceso en su momento, y al que ahora están atizando con irracional furia africana (dicho que viene del odio de los cartagineses hacia los romanos, no se me pongan políticamente correctos). Yo creo, como Sergio del Molino, que la democracia consiste en conversar con quienes no opinan como nosotros, pero ¿de verdad que este chico lo hacía antes todo tan bien y ahora lo hace tan mal? Espero de Uclés, a quien apenas conozco, y de la formidable ambición y voluntad que le llevaron a escribir las 700 páginas de su primera novela, la suficiente serenidad como para blindarse ante este estruendo y ante los espejismos del éxito y del fracaso, para poder seguir avanzando paso a paso por el camino de la obra, que es indistinguible del de la propia vida.

Estamos ante un tecnofeudalismo que ha acelerado las políticas neoliberales de los últimos 50 años: nuestros empleos corren el riesgo de precarizarse aún más por culpa de la economía de plataformas, y eso si sobreviven al asalto de la inteligencia artificial. Las redes sociales, antes vistas como herramientas al servicio de la libertad, ahora se perciben como una amenaza para la democracia. Y los dueños de las grandes empresas tecnológicas, como Elon Musk y Peter Thiel, apoyan el autoritarismo populista de Donald Trump y de la ultraderecha europea.

Tariq Ahmad se escapa cada tarde de la tienda de campaña en la que vive su familia antes de que sus seis hijos comiencen a preguntarle qué comerán para el iftar, la comida con la que los musulmanes rompen el ayuno del día al ponerse el sol durante el mes de Ramadán. Este padre solo regresa cuando sabe que las ollas comunitarias, organizadas por organizaciones humanitarias, han llegado a Al Mawasi, zona del sur de Gaza, donde se tuvo que desplazar hace meses para salvar la vida.
En medio del caos político en el Perú, una reunión envió una señal de calma a parte de la población y a los mercados. Apenas dos horas después de asumir la presidencia, José María Balcázar, del partido de izquierda Perú Libre, se reunió con Julio Velarde, presidente del Banco Central de Reserva (BCR), figura a la que se atribuye buena parte de la estabilidad económica del país pese a una década marcada por la inestabilidad política y ocho presidentes. El encuentro, de apenas media hora, terminó con fotografías de ambos estrechando manos y sonriendo. Desde el Ejecutivo señalaron que se realizó “en el marco del compromiso del Gobierno de preservar la estabilidad y las reglas macroeconómicas”.

“Tacones altos, mucho poder y nunca en casa”: así resumía hace unos años Irene Mora Garijo, hija de Belén Garijo, cómo era la mejor versión de su madre. A paso firme –y con tacones– la almanseña de 65 años, considerada durante un tiempo la mujer más poderosa del ya de por sí poderoso mundo empresarial alemán, afronta el que quizá sea su último baile: será la nueva consejera delegada de Sanofi, la farmacéutica francesa, tras abandonar la alemana Merck, que ha dirigido durante los últimos cinco años. Una nueva mudanza para la ejecutiva, que tendrá que seguir cargando con la coletilla que la acompaña desde hace décadas: la española más internacional.
Bailarina. La hija mayor de Belén Garijo cuenta en otra de sus anécdotas cómo, en uno de sus destinos, sus padres la apuntaron a ballet. El primer día que llegó a clase, se encontró a todas las demás niñas en los típicos leotardos claros, mientras que ella en su mochila se topó con un bañador azul. Cuando llegó a casa y le contó a su madre su pequeño drama, Garijo le respondió: “Ya verás cómo, cuando vuelvas el próximo día, el profesor solo se sabrá tu nombre”. Así fue.
Asturias es una de las regiones españolas que ofrece más miradas turísticas. Puedes recorrerla con muchísimas excusas: sus montañas, sus playas, su patrimonio industrial, sus ciudades, la gastronomía… Vamos, que razones no faltan. A mí una de las que más me ha cautivado desde siempre es recorrer Asturias siguiendo las huellas del prerrománico, ese arte tan asturiano como la sidra, que por su valor fue declarado patrimonio mundial de la Unesco en 1985. Me fascina la elegante sencillez de esas pequeñas iglesias diseminadas por prados y montañas, verdaderas filigranas arquitectónicas levantadas nada menos que en el siglo IX.

La temporada de conciertos aromáticos se inicia en breve, aunque ya hay plantas que llevan unas cuantas semanas dejando flotar su esencia en el aire. Hace tiempo que el macasar (Chimonanthus praecox) tiró al suelo sus campanas de cera, con ese espíritu fresco a azahar y a jazmín, un olor que se hace aún más dulce por florecer en el frío intenso. Pero ya ha cogido el relevo el llamado arbusto de papel (Edgeworthia chrysantha), una especie poco frecuente —por desgracia— cuyas inflorescencias doradas dibujan sonrisas en el rostro de quienes las huelen. Para inhalar esta mezcla dulce, con un punto ligero de vainilla, hay que agacharse y hacer una reverencia, ya que sus florecitas cuelgan pertinentemente para evitar que la lluvia las inunde.


