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En los 40 años transcurridos desde que España entrara en la Unión Europea, por primera vez el país tiene la posibilidad de aspirar a uno de los dos cargos con más poder en la UE, el Banco Central Europeo. El candidato no es un huracán político, sino un experto financiero cuya combinación de bagaje técnico, equilibrio y empatía personal despierta un insólito consenso en los círculos financieros, empresariales y también políticos.

Una enorme extensión de campo va camino de convertirse en un macrocentro de datos puntero para la gestión de la inteligencia artificial. Todo ello ocurre en Monfarracinos (1.000 habitantes, a poco más de 10 kilómetros de la capital, Zamora) y sus alrededores, integrados en una provincia en decadencia socioeconómica y demográfica. Los terrenos se usan con fines agrarios y ganaderos. Históricamente se ha labrado en esa tierra —especialmente trigo— y se cría ganadería intensiva, con abundantes vacas en el entorno del río Valderaduey, cerca del Duero. Esos terrenos han sido elegidos para ubicar allí unas instalaciones que requerirán un elevado consumo energético y que se prevé que generarán calor y ruido en sus proximidades. También empleos, aunque los críticos con el proyecto, avalado por la Junta de Castilla y León, afean que los beneficios distan mucho del impacto sobre el lugar. Una plataforma vecinal condena esta iniciativa y acusa al alcalde de Monfarracinos (PP) de “ocultismo”, con ganaderos “asustados” por si pierden terrenos y se contaminan o sobrecalientan los entornos.


Que las líneas rojas de China superan sus fronteras es algo que venimos contando desde hace tiempo diplomáticos, analistas y periodistas. El muy jugoso mercado chino, de 1.400 millones de habitantes y cuyas ventas minoristas rondaron los 6,2 billones de euros en 2025, tiene sus propias reglas del juego. Por muy capitalista que sea el terreno, el silbato está en manos del Partido Comunista, cuyos límites infranqueables encuentran eco en una sociedad muy sensible a las ofensas políticas y culturales. Equivocarse con ellas, como le ha pasado recientemente al delantero del Real Madrid Kylian Mbappé, puede salir muy caro.
El 3 de junio de 1998 quedó marcado en negro en la historia de Alemania. Un tren de alta velocidad descarriló a 200 kilómetros por hora en el término municipal de Eschede, en el Estado de Baja Sajonia. El convoy impactó contra un puente de carretera y la infraestructura se derrumbó sobre varios vagones. Fallecieron 101 personas y 108 resultaron heridas. Es el peor accidente de la alta velocidad en el mundo. La seguridad es desde entonces la prioridad en la red ferroviaria alemana, también a costa de reducir velocidad y la comodidad de los usuarios.
El choque de dos trenes en Urda (Toledo) el pasado miércoles, con 69 muertos hasta el momento, ha elevado a nueve los accidentes de trenes de alta velocidad con víctimas mortales en el mundo desde que el primero empezó a circular en Japón en 1964, según los datos recopilados por EL PAÍS. En total han muerto al menos 359 personas. España cuenta con la segunda mayor red del mundo, después de China, y los tres accidentes que han ocurrido —Urda; Adamuz (Córdoba), en enero de este año; y Angrois (Santiago), en 2013— suman 195 muertos, el 54% de las víctimas mortales en los principales siniestros de la historia de la alta velocidad. El siniestro de Angrois sucedió con un tren Alvia, que corre hasta 250 kilómetros por hora y está catalogado como de alta velocidad por Renfe. Sucedió en una línea de altas prestaciones, según lo califica la Agencia Ferroviaria Europea, pero en un tramo limitado a 80 kilómetros por hora. También el Atlas de alta velocidad de la Unión Internacional de Ferrocarriles cataloga el tren y el trayecto como alta velocidad
El beso que Rafael Hernández siempre daba a su mujer antes de salir de viaje era uno de esos gestos que se repiten tantas veces, tan cotidianos, que uno nunca imagina que se pueda llegar a echar de menos. Ella se lo recordaba cada vez, por temprano que fuese: “Aunque esté dormida, me das un beso”. Pero el miércoles por la mañana se saltó esa promesa. Un par de horas después, la familia recibió una llamada del jefe de Rafa para decirle que el AVE en el que viajaba había colisionado con un Iryo. Poco después, en medio del caos del accidente, una policía que también viajaba en otro convoy les llamó. Se llamaba Noelia y estaba junto a Rafa, al que le había practicado un torniquete y lo mantuvo consciente hasta que una ambulancia se lo llevó.
El semáforo sigue en rojo. A dos metros por debajo de un puente quedó detenido un AVE lleno de pasajeros que aún no sabían que, a dos kilómetros, acababa de ocurrir una tragedia que ha dejado por ahora 69 muertos. Este sábado, cuatro días después del accidente, una vecina señala desde arriba dónde estaba la cabecera, por dónde bajaron los viajeros y el camino que tomaron quienes salieron a ayudar. Al fondo siguen los vagones destrozados del Renfe y el Iryo y las grúas. Ramón Rubio de Castro viajaba en aquel tercer tren. “Cuando uno está a pocos metros de una tragedia así, entiende de verdad lo cerca que puede estar todo de haber sido completamente diferente”, dice por teléfono. Este sábado por la mañana, desde la carretera, este periódico pudo ver un tren de Renfe que era trasladado hacia Madrid por la línea que permanece cerrada al tráfico ferroviario desde el accidente.

Óscar Puente no ha pasado el fin de semana como un político al borde de la dimisión. Más bien al contrario. Apuntalado por su líder, Pedro Sánchez, que le ha pedido que siga y que le ofrezca soluciones, Puente lleva desde el viernes en una especie de reunión permanente con sus colaboradores y técnicos de todo tipo para plantear este martes, en el Consejo de Ministros, un plan de acción completo para reforzar la seguridad en la alta velocidad y recuperar esa “confianza quebrada” de la que hablaba el propio Sánchez el viernes.

En octubre de 2006, los espectadores conocieron a Dexter Morgan, un forense de la policía de Miami experto en el análisis de rastros de sangre que en su tiempo libre gustaba de dar caza a asesinos en serie que habían escapado de la justicia y calmar así a su oscuro pasajero interior. Era un tipo simpático, con un (cuestionable) código moral inquebrantable y los espectadores se enamoraron de él. Veinte años después, y tras un polémico final en la historia original (2006-2013) y una muerte que no lo fue en Dexter: New Blood (2021-2022), sigue matando y haciendo justicia, ahora en Nueva York. Michael C. Hall (55 años, Raleigh, Carolina del Norte, EE UU) sabe que su nombre irá siempre ligado al del personaje, que en la segunda temporada de Dexter: Resurrección (SkyShowtime) atraviesa su particular crisis de la mediana edad. “Quiere reconocimiento, y es algo que a alguien como él le podría traer un montón de problemas”, cuenta el actor en una entrevista por videollamada. Como guiño para sus espectadores más fieles y para celebrar el 20º aniversario, la serie ha recreado los icónicos títulos de crédito iniciales. “Fue como entrar en el fantasma de mi yo pasado y tratar de moverme como él”, dice Michael C. Hall, más sonriente y relajado de lo que suele estar su personaje.


Este martes, las luces de los teatros del West End de Londres se oscurecerán 10 minutos en señal de luto por Sir Patrick Stewart. Se ha muerto para ellos uno de los suyos, uno de los mejores, un actor shakespeariano que hacía resonar el verso yámbico en los esternones del público sentado en la última fila del gallinero. Para otros se ha muerto el Xavier de los X-Men, lo cual es hasta cierto punto respetable y no del todo incorrecto. Pero esas dos muertes palidecen ante la única que de verdad importa. Al menos, la que de verdad me importa a mí. Hemos perdido a Jean-Luc Picard, el héroe más culto, improbable, pacífico, moderadito, irónico y sedentario de la historia de la ciencia ficción y aun de la cultura popular.