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Justin Pearson está jugando una partida en la que marcaron las cartas a favor de su rival cuando ya habían empezado a jugar.

La librería más antigua de Madrid protagoniza estos días un thriller inmobiliario en el que no todo es lo que parece. Para contar la historia que hay detrás, hay que presentar a sus tres protagonistas: la dueña del local y de la librería, Ana Serrano, una mujer que heredó el negocio de su familia y que lo regentó junto a su hermana toda la vida; Juan José Janeiro, un inversor extranjero que aprovechó el momento en que se anunció el cierre hace algo más de cuatro años y quiso rescatarla; y Pablo Cerezo, un joven entusiasta comprometido con la cultura. El conflicto amenaza con hacer desaparecer Pérgamo, una librería con estanterías de otro siglo y por la que han pasado los autores más reconocidos del mundo.

En Villaverde Alto hay 800 personas que viven en chabolas verticales. Es la Colonia Experimental, una isla abandonada construida en los años cincuenta para alojar provisionalmente a familias procedentes de otras provincias, principalmente de Andalucía y Extremadura. Son 408 pisos del tamaño de una caja de zapatos. Miden de media 34 metros cuadrados, las humedades pintan de negro las zonas comunes, en las paredes las grietas parten a la mitad los edificios, los techos son de dos metros de alto, las calles son barrizales sin asfaltar y las fachadas de los edificios se caen literalmente a pedazos. El Ayuntamiento de Madrid las ha catalogado como infraviviendas porque no reúnen las condiciones mínimas de habitabilidad y los vecinos, aunque ya esperan la primera fase para el derribo y reconstrucción, siguen viviendo un infierno todos los días.



La primera vez que se documentó de forma oficial que el siluro ―especie exótica invasora― nadaba por el pantano de Iznájar (Córdoba), el mayor de Andalucía, fue en 2011. Pero los pescadores ya habían detectado años antes, en 2003, la presencia de ejemplares pequeños de medio kilo. No se trata de un pez cualquiera: puede superar los dos metros y pesar 100 kilos, como algunos de los ejemplares que se pescan ahora allí. Y tiene un apetito voraz, ya que se estima que consumen diariamente entre un 2% y un 4% de su peso; en los ejemplares de mayor tamaño, equivale a entre dos y cuatro kilos.
Cuando escucho al Apretao de Amurrio decir con el pecho p’afuera que él se llevaría los desfiles del Orgullo a un polígono industrial y al Lupitas asturiano, con esas ínfulas de dandy negrero, atreverse a cuestionar las sacrosantas pensiones, no sé ni lo que siento: una cosa que pasa mucho con este neofascismo de horteras hiperbólicos que nos ha tocado vivir es que se quedan cortas no ya las palabras sino también las emociones; tanto que deberían hacer una tercera parte de Inside Out, esa película que explicaba a los niños la alegría, la tristeza, la ira, el miedo y el asco. Necesitamos pistas sobre qué es esta mezcla de estupor y despersonalización que sobreviene cuando se escuchan esas burradas que insultan primero a muchos de nuestros amigos y luego a nuestros padres. Pero no hay tregua. Aparece el destructor de Os Peares, cada día más sinsonio, opinando sobre el aborto de las niñas de 16 años y queda claro que la cosa es grave, muy grave, no solo porque de nuevo hay retrógrados queriendo adueñarse de nuestros coños sino porque me siento incapaz de darle importancia a qué llevan puesto: echo de menos cuando los vestidos de Melania eran herramienta de comunicación y Pablo Iglesias, quien presumía de sus camisas de Alcampo, se hacía un esmoquin a medida en las páginas de Vanity Fair. Ahora me doy cuenta de que aquel margen para el soft power era síntoma de salud democrática. Pero estamos a las puertas de los años treinta, y conforme a una tradición capitalista instaurada hace cien años, en esta década el sistema peta porque los billonarios se lo quedan todo, el consumo se gripa y muere el optimismo. Los vaqueros que Pedro Sánchez llevaba otro día eran espantosos y baratos, eso sí lo percibí, lo que me dio paz porque le conferían pinta de hombre normal. Iba con ellos puestos cuando una mujer maravillosa con modos de cupletista le llamó “Pedra”. Fue muy gracioso pero yo no pude reírme porque últimamente no sé ni qué siento.
Los disturbios y los pillajes en el centro de Barcelona el pasado sábado han disparado las alarmas sobre el poder de convocatoria y manipulación desde las redes sociales. Los hechos se saldaron con decenas de tiendas vandalizadas, enfrentamientos, robos y cerca de 130 detenidos, unos 70 de ellos menores de edad. Al problema de orden público se añade la evidente vulnerabilidad ante convocatorias anónimas, en apariencia sin líderes, y dedicadas a sembrar el caos por el caos en un momento de gran estrés social y político previo a las elecciones del 29-N.
Durante más de dos décadas hemos sostenido una ficción que consistía en negarnos a nosotros mismos que las leyes y regulaciones que limitaban la vida real pudieran aplicarse en la vida digital. Algunos llamaron a eso un nuevo Salvaje Oeste, con sus pistoleros, sus pillajes, sus linchamientos y sus saloons. Tarde, y a regañadientes, algunos padres comprendieron que sus hijas no podían ser desnudadas por inteligencia artificial en las redes para burla de sus compañeros de instituto y quizá algún día los partidos políticos entenderán que cuando fabrican sus vídeos falsos para desacreditar a los rivales electorales tan sólo contribuyen a la degradación de una sociedad que ha visto cómo la utopía digital se transformaba en una pesadilla. Ese quemar la calle virtual se ha trasladado a una oleada de disturbios y destrucción callejera. Amparada bajo las protestas generales en muchas capitales europeas por la carestía de la vivienda y los bajos salarios, por redes sociales se convocó a los jóvenes a ponerse ropa negra y arramplar con el mobiliario urbano y asaltar las tiendas de producto informático, ropa y zapatillas de marca. Los intereses tan específicos de ese pillaje delatan que los altercados consisten en reivindicar el derecho a una posesión de unos bienes tan deseados como sobrevalorados. El experimento social llevado a cabo en estos años ha fracasado, por eso cuanto antes lo reconozcamos más tiempo tendremos para comenzar a enderezarlo.
El acuerdo alcanzado por Partido Popular y Vox para las listas del Senado surge en respuesta a los pactos alcanzados por las fuerzas progresistas para la Cámara alta. Vox renuncia a concurrir en 14 circunscripciones y en otras 14 presenta un solo candidato. El PP, por su parte, hará lo mismo en tres, Gipuzkoa, Girona y Tarragona, un alto precio para un partido de Estado que ha gobernado España más de 13 años y aspira a volver a hacerlo.