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La cazadora de cuero de Santiago Abascal está descascarillada a la altura de las cervicales, donde le palmean miles de seguidores por los pueblos de Castilla y León en la campaña electoral autonómica. Acabado el mitin, el presidente de Vox salta del pequeño escenario y centenares de personas en las plazas se arremolinan para saludarlo, hacerse fotos y pedirle autógrafos. Uno a uno, con paciencia tenaz, el líder de la ultraderecha española complace a todos con su mejor sonrisa, abrazos, besos y carantoñas a los bebés. Entre el gentío, alcanza finalmente su furgoneta, se alza sobre el estribo del vehículo y se despide: un último gesto que enloquece a la multitud como ya quisieran muchos cantantes. “¡Lo he visto, lo he visto! ¡Me ha tocado!”, se obnubilan chicos y grandes. La emoción que se respira en algunos pueblos tiene su reflejo en las encuestas, que auguran para ellos el mejor resultado de las convocatorias recientes, con una estimación de voto del 20,8%, 3,2 puntos más que en 2022, según la empresa de sondeos 40dB. Abascal ha acompañado por más de 60 pueblos al candidato regional, Carlos Pollán, ganándose las simpatías de los chavales de secundaria, los agricultores y ganaderos, pequeños comerciantes, camioneros o autónomos, a quienes cita constantemente. A unas pocas horas de que se abran las urnas, ya tiene la voz afectada. Y la cazadora de cuero, para tirarla.





Jueves, 11.30 de la mañana. A la sombra hace frío, pero en el banco del parque en el que se sienta Karla Sofía Gascón (Alcobendas, Madrid, 53 años) en su ciudad natal da el sol. Hoy viernes viajará a Málaga, donde, como el año pasado, entregará un premio en la gala de clausura del sábado. Donde no estará será en la ceremonia de los Oscar del domingo. Ha pasado un año desde que la alcobedense fuera candidata al galardón por su labor en Emilia Pérez, de Jacques Audiard, una nominación que no logró disfrutar porque fue arrasada por un huracán mediático propulsado por unos viejos tuits volcánicos. “No la veré”, cuenta la actriz. “Duermo mucho. Yo a las diez de la noche ya estoy dormida, y tengo muchísimo trabajo”. Anuncia que se va a Italia a promocionar Scuola di seduzione, de Carlo Verdone, comedia que huele a taquillazo, y luego unos meses al extranjero, “a rodar con un ganador del Oscar”. ¿No será Las malas, la novela de Camila Sosa que adaptará Armando Bo y en cuyo reparto su nombre ya se había anunciado? “No te puedo decir cuál”.
“Te seguiría como un perro hasta el fin del mundo” es una de las frases que ha puesto el nombre de Heathcliff en boca de adolescentes y jóvenes de todo el mundo cuando, realmente, la primera vez que se mencionó a este personaje fue en 1847. De hecho, en la novela en la que concibe originariamente a este personaje, esta frase no tiene lugar, del mismo modo que Drácula nunca dijo en la obra de Bram Stoker “he cruzado océanos de tiempo para encontrarte”. Quizás, parte de las personas que acuden ansiosas al cine para ver a dos de los actores del momento —Jacob Elordi y Margot Robbie—, viviendo “la mayor historia de amor jamás contada”, no habían leído el libro de Emily Brönte. Sin embargo, a juzgar por las múltiples teorías y análisis sobre el tráiler de la película que inundaron las redes sociales antes de que se estrenase, parece que muchos jóvenes no solamente son perfectamente conscientes de la existencia de la obra original, sino que además la han leído e incluso la admiran profundamente.
La huida de sus hogares de cientos de miles de civiles libaneses lejos de ser un mero daño colateral del enfrentamiento militar de Estados Unidos e Israel con Irán supone un nuevo y trágico fracaso en el respeto al derecho internacional. También un peligroso factor de desestabilización para un país de cinco millones de habitantes, muy fragmentado política y religiosamente, que no acaba de sacudirse el estigma de la guerra.
Ha muerto António Lobo Antunes. La noticia me devuelve a un tiempo pasado que parece de otro siglo. Trabajaba en el ayuntamiento de Granollers en lo que hasta la fecha había sido mi mejor empleo y un sueldo que me permitía mantenerme a mí y a mi hijo. Cubría todos los gastos de techo, alimento y educación y de vez en cuando algún capricho, pero siendo una microfamilia monoparental sin pensión de alimentos, no podía comprar el periódico. Aspiraba entonces a cosas así: a poder llegar a ser una de esas personas que los sábados y domingos por la mañana se hacían con EL PAÍS (está mal que lo diga aquí pero era mi diario de referencia entonces) y disfrutaban de la lectura sosegada. El dueño de la cafetería a la que íbamos a desayunar, que había estudiado historia y era de familia trabajadora y gran lector, me guardaba ejemplares del diario, cuando siempre había uno en cada bar y cada café. De todo lo que leía entonces me quedaron grabados unos relatos largos que publicaba Lobo Antunes. No sabía quién era, si importante o no. Yo lo conocía por sus textos, por el ritmo que tenían, una prosodia particular. No recuerdo nada en concreto. Al cerrar los ojos toco el papel, huelo el aroma del café, veo las letras impresas y todo mi cuerpo revive ese instante. Casi todo lo que he leído y me ha calado de algún modo ha dejado en mí una huella física.

Hace unos días murió António Lobo Antunes. Fue un escritor, lo es, que trataba con las palabras con tanta familiaridad y cercanía y complicidad que las hacía recorrer caminos muy extraños, asomarse al precipicio, tirar por senderos estrechos que discurren al lado del abismo; daba a ratos miedo mirar desde tan arriba a las sombras. Sus personajes eran muy próximos, hechos de la misma pasta de la que estamos hechos cada uno de nosotros, por eso imponía respeto darse cuenta de que puede pasar cualquier cosa, que por ahí dentro conviven entrelazados lo peor y lo mejor, y que luego están las circunstancias y la suerte. No hizo ninguna concesión para expresar y dar forma a lo que quería contar, así que su literatura está llena de invenciones, de desafíos. Y fue también una literatura que salió en los periódicos, como crónicas, como iluminaciones. Sorprende darse cuenta de que en los papeles donde se publican las noticias —en las pantallas, habría que decir ahora— también se cuele lo que tiene más duración, lo que sobrevive a la actualidad, las heridas incurables, la derrota. De eso trataba con frecuencia Lobo Antunes. De las cosas que se tuercen.
Las negociaciones sobre armas autónomas en la sede de Naciones Unidas en Ginebra han entrado en un punto crítico este mes de marzo. Tras años de debates bajo el paraguas de la Convención sobre Ciertas Armas Convencionales (CCW), los Estados siguen sin consenso para fijar límites a la inteligencia artificial aplicada al armamento. Y el tiempo, como ha alertado la campaña Stop Killer Robots, juega en contra. La tecnología avanza a un ritmo que amenaza con dejar obsoleta la capacidad regulatoria de los gobiernos antes de que exista un marco común.
Parece que en 2026 hemos aceptado, sin debate previo, que para ser ciudadano de pleno derecho es obligatorio el uso del teléfono inteligente. Desde consultar la carta de un restaurante mediante un código QR hasta realizar gestiones bancarias o administrativas básicas, la digitalización ha pasado de ser una herramienta de ayuda a convertirse en una barrera infranqueable. No cuestiono el progreso, pero sí la falta de alternativas. Estamos condenando a la invisibilidad a una generación que no creció con pantallas y a todos aquellos que, por elección o necesidad, reivindican el trato humano. La eficiencia no debería estar reñida con la cortesía ni con la inclusión. Una sociedad que olvida lo analógico corre el riesgo de volverse tan fría como un algoritmo.
El Desafío Semanal es un reto con diez preguntas sobre informaciones publicadas durante los últimos siete días en los distintos canales de EL PAÍS. Anímate a resolverlo cada viernes y déjanos tus observaciones en los comentarios o escribiendo a juegos@elpais.es. También puedes sugerirnos alguna pregunta (con sus opciones) y valoraremos publicarla.