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Cualquier persona que tuviera edad de ver telediarios en 2014 recuerda uno de esos formidables descalabros políticos a los que España entera pudo asistir en directo: el de Ana Mato con el ébola. Aquella rueda de prensa de la ministra de Sanidad del Gobierno de Rajoy se considera ya un ejemplo de manual, para todos los expertos en comunicación de emergencias, de cómo cagarla absolutamente en todo. Para manejar con acierto una crisis, solo tienes que mirar aquella comparecencia y hacer todo lo contrario.
De humor inteligente, progresista y militante feminista, la poeta y ensayista Aurora Luque, de 63 años, es considerada una de las voces más singulares de la poesía española contemporánea. Su obra mezcla la tradición clásica grecolatina con una mirada moderna, sensual e irónica sobre el deseo, el paso del tiempo, los viajes y la vida cotidiana. Defiende una poesía luminosa, mediterránea y culta alejada del tono solemne. Su voz, alejada del ruido mediático pero influyente, cuenta con un prestigio sólido tanto en la poesía como en el pensamiento cultural contemporáneo.

En estos primeros días de mayo, Granada ve ponerse el sol pasadas las nueve de la tarde. Ese es el punto mágico en el mirador de San Nicolás, cuando decenas de turistas se agolpan en los 40 metros del poyete con vistas a La Alhambra, buscando un hueco en el que inmortalizar una de las vistas más bellas de España. Al expresidente estadounidense Bill Clinton le atribuyen los granadinos palabras aún mayores, durante una visita a la ciudad en 1997: el atardecer “más bello del mundo”. El turismo se desató.



Lo mejor que se puede decir de la operación de desembarco en Tenerife de los pasajeros del MV Hondius, el barco que ha sufrido un brote de hantavirus, es que está procediendo con normalidad. La clave ha sido, y sigue siendo, la cooperación de las autoridades españolas con la Organización Mundial de la Salud (OMS) y los mecanismos europeos de protección civil, dos instituciones internacionales que utilizan la mejor ciencia disponible como guía para resolver las amenazas que plantean los virus emergentes en nuestra sociedad globalizada. Resulta lamentable que el procedimiento se haya visto empañado, y casi entorpecido, por una oposición política miope o malintencionada, con mención especial al presidente canario, Fernando Clavijo.
Thomas Hobbes creía que la verdadera fuente del poder no era la fuerza de los ejércitos sino la capacidad de controlar el lenguaje, de decir qué significa qué. Miramos el mundo con las palabras tanto o más que con los ojos. Una buena campaña puede convencer a la población de que una cosa ha ocurrido o una persona es de fiar, pero quien controla el significado de las palabras y la importancia de los hechos controla el razonamiento mismo. Esto ocurre porque el lenguaje no es un objeto real que existe en la naturaleza. Es un convenio, una herramienta imperfecta que nos sirve para comunicar intenciones y coordinar movimientos, pero no para describir el mundo exactamente tal y como es. “Tira las luces, las definiciones y di de lo que ves en la oscuridad —decía el hombre de la guitarra azul en el famoso poema de Wallace Stevens—, que es esto o que es aquello, pero no uses los nombres podridos”. Lo que importa es un álgebra social que depende del significado de las palabras y del valor de las cosas. Qué y quién merecen nuestra atención. Es el tema fetiche de nuestra santa Simone Weil, y de C. Thi Nguyen, uno de los pensadores más originales de mi generación.
No hace falta leer a Bourdieu para saber que, desde antiguo, la cultura ha funcionado como un marcador de clase. Con dinero puedes comprar un reloj Richard Mille como el que llevan los futbolistas o una mansión en Marbella. Sin embargo, pocas cosas exhiben más estatus que tener una librería alicatada hasta el techo con libros de La Pléiade. La propia noción de alta cultura funcionó durante cerca de tres siglos como una frontera invisible y el acceso a los tesoros de la literatura o de la música se administró, no pocas veces, con mano desleal.

La dramática aventura del crucero MV Hondius tiene una vertiente sanitaria respecto de la cual los ciudadanos apenas podemos hacer otra cosa que informarnos y confiar en nuestras instituciones. Pero tiene otra antropológica y política que vale la pena analizar. Todo lo que en los últimos días hemos aprendido sobre esta nueva amenaza —la existencia de los hantavirus, el carácter excepcional de la variante Andes, su baja morbilidad y su alta mortalidad— ha activado en nosotros la memoria reciente de la pandemia del coronavirus y reeditado temores muy radicales de los que aún no nos hemos curado, pues están demasiado cerca y forman parte además, me atrevería a decir, de la condición humana.
El 7 de mayo fui al desahucio de Mariano. 67 años. Su casa de siempre. La Iglesia lo echaba. Con ayuda policial. Fue la primera vez que vi un desahucio. Fui porque soy del barrio (La Latina), porque era el quinto intento, y porque Mariano podía ser nuestro padre, nuestro vecino, cualquiera de nosotros. Fui por empatía. Éramos mayoría mujeres jóvenes en aquel cordón. Frente a mí, un agente de la Policía Nacional llevaba atada una pequeña bandera de España en la porra. Le dije que me daba vergüenza ver la patria en una porra. Me miró. Y sonrió. Hay símbolos que no nos cubren a todos. Instituciones que no nos protegen a todos. Un pacto social que, al parecer, no nos incluye a todos. Al final, ni la Iglesia tuvo misericordia, ni el Estado tuvo vergüenza. Mariano sigue siendo de aquí. La pregunta es si este país todavía es de Mariano.

Durante su etapa (2018-2021) como jefe de gabinete de Pedro Sánchez, Iván Redondo (San Sebastián, 45 años) creó a su alrededor una ola de misterio y una “imagen rasputiniana”, como él mismo admite, que llevó a algunos dirigentes del PP —partido con el que ya había trabajado— a reclamar, en privado, una réplica en su cuartel general. Un lustro después de abandonar La Moncloa publica El manual (Contraluz) donde, a ratos, sigue siendo algo críptico —“Unos consultores son como el agua, otros como el calor. Algunos son una melodía y otros, el ritmo...”—, y en el que habla siempre de sí mismo en tercera persona. En el libro expone una versión de su recorrido que muchas veces no coincide con la de algunos de sus antiguos compañeros de palacio.
