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Una pareja imposible comenzó a convivir en enero de 2023 en un bajo de Carabanchel. María Sesma, 50 años, había conocido a través de las redes sociales a Jesús López, un hombre de 49 años, conductor de autobús, separado y padre de una niña de nueve años. Empezaron a quedar para pasear a sus perros. En esas caminatas, María le contó que era abogada, hermana de juez y que podía ayudarle a cambiar el acuerdo de separación para tener más horas con su hija. Él le pagó 1.600 euros. Pasado un tiempo, ella le recomendó que se trasladara a su casa, que era mayor que el piso en el que vivía él, y que eso le ayudaría a ganar puntos a la hora de conseguir más tiempo con su pequeña. Solo le cobraría 400 euros de alquiler y ella en breve se mudaría a otra vivienda en Sanchinarro. Aquel experimento acabó con María con la cabeza deformada y Jesús en prisión acusado de querer matarla.

Fue el sueño de una noche de verano. Del verano de Malí, si se puede llamar así al pico de su estación seca, a finales de abril; de una velada en la que el calor apretó hasta arañar los 42 grados. Aquella noche fue la segunda del Festival Internacional Hola Bamako, una fiesta musical convertida en símbolo de resistencia que ahora llegaba a su clímax. Todo un gesto político y cultural: una reivindicación de la paz y de la unidad en un país fracturado desde hace décadas por la violencia. Pero el sueño terminó con las primeras luces de la mañana en forma de una atroz cadena de atentados que cercenó ese deseo colectivo.
“Si te toca plaza en Mallorca te echas a temblar”. Pablo Rodríguez, portavoz de la Central Sindical Independiente y de Funcionarios (CSIF) del sector justicia, asegura que los tribunales de Baleares viven una crisis de personal porque encontrar vivienda en el archipiélago es como buscar una aguja en un pajar. La presión inmobiliaria está ahuyentando a los auxiliares, gestores y tramitadores procesales. Son la columna vertebral de la justicia. Pero con sueldos de entre 1.600 y 2.000 euros vivir en las islas se hace difícil; planear comprar una casa es construir un castillo en el aire.
Las palabras nunca están quietas, se mueven. Aunque hay quien intente mantenerlas inmóviles. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, firmó una orden ejecutiva en marzo de 2025 en la que designó el “americano” como el idioma oficial del país. El argumento resultaba sencillo: “Un idioma nacional es básico para una sociedad unificada y cohesionada”. Su retórica fue menos intensa que la de otro mandatario Theodore Roosevelt cuando, en una carta fechada en 1919, escribió: “Aquí solo hay espacio para un idioma, y ese es el inglés, pues pretendemos que esta prueba de fuego forme a nuestra gente como estadounidenses, de nacionalidad estadounidense, y no como residentes de una pensión políglota”. Trump no tardaría en rebautizar el Golfo de México como el Golfo de América.

Fue en una noche del verano de 2023 cuando a Pablo Jiménez, biomédico atraído por la revolución de la IA, se le ocurrió una idea que activaría su carrera como emprendedor. Trabajaba en una empresa de software y sabía lo difícil que resultaba localizar potenciales clientes, sobre todo en el sector industrial, reacio a dejar huella digital. Su solución consistía en entrenar un modelo de IA capaz de encontrar esas empresas.
Dos velocidades distintas marcan el paso del tiempo en el Waldorf Astoria. Una es la del histórico reloj comisionado por la reina Victoria para la Exposición Universal de Chicago de 1893, que despliega su imperial encanto en el callejón Peacock, conexión entre las avenidas de Lexington y Park. Con escenas deportivas talladas en sus costados y una estatua de la libertad en miniatura como pináculo, marca la hora para las llegadas y salidas de los huéspedes, da turno cada tarde al sonido del piano donde Cole Porter compuso Night and Day y delimita las reuniones de negocios que dominan las mañanas. Son las Waldorf en punto: turismo, arte y poder.
Los museos españoles nacen a finales del siglo XIX y surgen, por una parte, del coleccionismo real y aristocrático y, por otra, de los ideales de un grupo de intelectuales pertenecientes a la Institución Libre de Enseñanza, en un intento de democratizar y difundir la educación entre todas las clases sociales. Además, el patrimonio nacional sufrió una ruptura entre la cultura material —funcional, industrial, popular y anónima— y el arte, entendido en su dimensión simbólica, intelectual, elitista y autoral. Así, los tejidos y el textil, vinculados al trabajo de las mujeres, fueron relegados al primero de ellos, quedando desactivados en términos sociopolíticos.

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No hace falta ser melómano empedernido para saber lo que se cuece cada verano en la ciudad alemana de Bayreuth. Y no tiene que ver con el calor: desde 1876, se celebra un festival de ópera que se sacó de la manga Richard Wagner, construyendo un teatro a su gusto en una verde colina (Grüne Hütte) a las afueras del casco urbano de entonces. Un teatro singular, carísimo —pero pagaba el rey de Baviera, Luis II, admirador enfermizo de Wagner—, en el cual la orquesta queda oculta bajo el escenario para que brillen más las voces. Aquel año, Wagner estrenó allí su tetralogía El anillo del Nibelungo, ciclo que comprende cuatro óperas: El oro del Rin, Sigfrido, Las Walkirias y El ocaso de los dioses. Y este 2026, el Festival Wagner de Bayreuth cumple 150 años, por lo que la ciudad bávara se dispone a vivir un verano muy especial
Cualquiera que haya ido unas cuantas veces a un supermercado sabe cómo está organizado, un orden que facilita la compra diaria o semanal que suele hacerse en estas superficies. Es algo que se enseña en las escuelas a los niños, edades en las que todo llama la atención: desde los colores y formas de los alimentos hasta los envases de aquellos otros que se venden de esa manera. Pocas personas, sin embargo, se paran a pensar en la distribución que tiene el súper del barrio, aunque se da por sentado que los yogures estarán cerca de los flanes y las almendras, en la zona de las patatas fritas. Pero ¿y en un vivero? ¿Cómo se organizan los productos que allí se encuentran? Eso sí, a muchos de ellos cuesta llamarles productos, porque se trata de plantas vivas, unos seres complejos y sofisticados cuya mera presencia basta para hacer felices a quienes los cultivan.