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Manuela Hernández trabaja limpiando edificios, una tarea que desarrolla cada día “con mucho dolor”. Entre otras dolencias, sufre tendinitis y rizartrosis, el desgaste de un cartílago de la mano. “Me duele mucho con casi todos los movimientos de mi trabajo, hasta para coger la fregona. También tengo problemas en el hombro. He llegado a ir con el brazo en cabestrillo y quitármelo para trabajar”, cuenta esta vallisoletana, que atiende a EL PAÍS junto a su marido, trabajador de la construcción. “Tiene 63 años, vértigos, problemas de cadera y le están pidiendo que suba al andamio”. Cuando se pregunta a Manuela por qué no está de baja para recuperarse, contesta: “Tengo 60 años. Imagínate que me echan a la calle, ¿qué hago? Me enfada y me frustra trabajar con dolor, pero me da miedo el despido“.



El verano de 2026 en Europa tiene muchas papeletas para recordarse como uno de los más mortíferos debido a un clima cada vez más extremo por el calentamiento global. Las durísimas olas de calor encadenadas convirtieron al mes pasado en el junio más cálido en Europa occidental desde que hay registros. Las temperaturas disparatadas han dejado un reguero de muertes, muchas de ellas personas con dolencias previas que se vieron agravadas. 6.000 en Alemania, un millar en España, 2.000 en Francia, 1.200 en Bélgica... Son los recuentos provisionales, basados en aumentos estadísticos de la mortandad, de bajas causadas por ese asesino silencioso que es el calor.

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Una pareja imposible comenzó a convivir en enero de 2023 en un bajo de Carabanchel. María Sesma, 50 años, había conocido a través de las redes sociales a Jesús López, un hombre de 49 años, conductor de autobús, separado y padre de una niña de nueve años. Empezaron a quedar para pasear a sus perros. En esas caminatas, María le contó que era abogada, hermana de juez y que podía ayudarle a cambiar el acuerdo de separación para tener más horas con su hija. Él le pagó 1.600 euros. Pasado un tiempo, ella le recomendó que se trasladara a su casa, que era mayor que el piso en el que vivía él, y que eso le ayudaría a ganar puntos a la hora de conseguir más tiempo con su pequeña. Solo le cobraría 400 euros de alquiler y ella en breve se mudaría a otra vivienda en Sanchinarro. Aquel experimento acabó con María con la cabeza deformada y Jesús en prisión acusado de querer matarla.

Fue el sueño de una noche de verano. Del verano de Malí, si se puede llamar así al pico de su estación seca, a finales de abril; de una velada en la que el calor apretó hasta arañar los 42 grados. Aquella noche fue la segunda del Festival Internacional Hola Bamako, una fiesta musical convertida en símbolo de resistencia que ahora llegaba a su clímax. Todo un gesto político y cultural: una reivindicación de la paz y de la unidad en un país fracturado desde hace décadas por la violencia. Pero el sueño terminó con las primeras luces de la mañana en forma de una atroz cadena de atentados que cercenó ese deseo colectivo.
Yasmina (38, Barcelona), recuerda el momento exacto en que Off Campus dejó de ser una serie para convertirse en otra cosa. En el primer episodio, Garrett Graham, el jugador de hockey más popular del campus, se dirige a Hannah, una estudiante aplicada que pasa desapercibida. “En algún momento muchas nos hemos sentido la chica que saca buenas notas, que no destaca y de la que nadie, especialmente el chico más guapo y popular, se acuerda del nombre”, explica. “Ese momento me hizo clic importante”. La historia de Off Campus empieza once años antes de su estreno. En 2015, la autora canadiense Elle Kennedy publicó The Deal, primera entrega de la saga, en el underground del romance digital; Amazon adquirió los derechos en el año 2024, cuando el libro llevaba algunos años en circulación, pero todavía no había explotado en nuestro scroll en redes sociales.
El 10 de noviembre de 2019, la presidenta electa de la Comisión, Ursula von der Leyen, viajó de Bruselas a Berlín para entregarme el Premio Axel Springer por La era del capitalismo de la vigilancia. Parecía consciente de la importancia histórica de aquel momento en el que Europa era la única fuerza geopolítica capaz de frenar la caída precipitada hacia la distopía digital.
Ormuz no llevaba ni tres semanas cerrado cuando, a mediados de marzo, la Agencia Internacional de la Energía (AIE) encendía todas las alarmas con un informe demoledor: la guerra, decía, ya había provocado “la mayor disrupción de oferta de la historia del mercado petrolero”. Unos 15 millones de barriles de crudo y otros cinco de productos refinados se habían volatilizado, un escenario de terror. La crisis energética estaba servida. En abril, con el estrecho aún clausurado, la alerta tomaba un cariz aún más dramático: Europa, advertía el brazo sectorial de la OCDE, solo tenía queroseno para seis semanas.

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Elegir un protector solar facial parece una tarea sencilla hasta que empiezas a buscar el tuyo. Texturas ultraligeras, acabados mate, fórmulas invisibles... La oferta es tan amplia que no siempre resulta fácil saber cuál puede adaptarse mejor a tus necesidades. Y es que, aunque todos compartan un mismo objetivo -proteger la piel frente a la radiación-, no todos ofrecen la misma experiencia de uso. Una piel grasa suele agradecer texturas ligeras y acabados sin brillos, mientras que otra con tendencia a la sequedad puede necesitar un extra de hidratación. Además, una fórmula que convence por su acabado no siempre lo hace por su textura o por la sensación que deja al cabo de unas horas.









