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En el último juego de su partido contra Taylor Fritz, Stan Wawrinka, de 40 años, devolvió a duras penas un servicio del poderoso estadounidense, de 28. Fritz le arreó a la derecha de Wawrinka, y luego se empecinó con el revés del suizo. Son cinco reveses a una mano de Wawrinka, uno detrás de otro. Hay que buscar y ver ese vídeo porque es un trozo del pasado que se derrumba ante nuestros ojos, y además un pasado mejor: el que recuerda la lejana y elegante hegemonía del revés a una mano.
Corría el 70 cuando saltó al campo. Había disputado unos minutos antes, pocos, apenas una docena, en un partido con el primer equipo. Pero aquellos fueron lejos de casa, así que, aunque no era su debut con el club, sí la primera vez que jugaba ante los suyos, en su estadio. El partido era el más importante de lo que llevábamos de curso, de modo que no se trataba de uno de esos ratos puramente testimoniales que a veces los entrenadores regalan a los jóvenes para que se vayan fogueando y pierdan el miedo escénico. Todo lo contrario: el momento era clave y el mensaje del míster de confianza clara. La grada reaccionó en consecuencia. Cuando aquel delantero centro de apenas 20 años puso el pie sobre el césped, el estadio, desbordado con más de 50.000 almas, estalló al unísono, jaleándolo.
Aunque a veces no lo parezca, la vida es insólita. Especialmente en sus detalles cotidianos. Basta pararse un minuto en cualquier esquina de cualquier ciudad del mundo y observarla con detenimiento. Al aplicar una cierta distancia en la mirada se descubrirán gestos y acciones que pasaban desapercibidos. Al asombro inicial de encontrarse con lo extraordinario le seguirá la aceptación de lo rara que es la realidad.
La noticia llegaba como una bomba el pasado día 21: Ubisoft cancelaba varios videojuegos en desarrollo y se precipitaba en Bolsa. ¿La razón? Una reestructuración profunda de la compañía por los recurrentes problemas de gestión, retrasos continuos y a la necesidad de reducir costes tras varios años de resultados financieros negativos. La noticia ha generado un fuerte malestar en la comunidad de jugadores y ha evidenciado la crisis interna que atraviesa la empresa, pero viene de un problema difícil de ignorar: al gigante francés no le salen las cuentas, y de una valoración bursátil de 11.000 millones de euros en 2018 ha pasado a apenas 606 millones hoy. Además, proyecta pérdidas de 1.000 millones de euros para 2026. ¿Qué hacer entonces?
El celular se quedaba constantemente sin internet. Los mensajes de WhatsApp leídos volvían a aparecer como nuevos. El iPhone 15 del ministro de Justicia de Colombia, Andrés Idárraga, empezó a hacer tantas cosas raras que decidió investigar. Ya otras señales le hacían sospechar que le estaban espiando: movimientos extraños, hombres observando sus rutinas y las de sus hijas, el mismo Chevrolet una y otra vez. A Idárraga, que antes de ser ministro investigaba los vínculos de militares con grupos armados ilegales, lo estaban siguiendo. En la calle, denuncia, pero también en el teléfono. Y no con cualquier herramienta, sino con Pegasus, el carísimo software israelí que ha protagonizado escándalos de espionaje en países como España, Francia o México. Dos vías distintas, dos vigilancias paralelas. No necesariamente de los mismos actores.
Muchos se llevaron las manos a la cabeza cuando Donald Trump anunció que Estados Unidos cerraría sus puertas a personas migrantes con obesidad. Tras la lectura de Grasa (editado en noviembre en España por Plasson e Bartleboom), del historiador estadounidense Christopher E. Forth, quizás no sorprenda tanto. Ya en el siglo XVI, “el filósofo Nicolò Vito di Gozze propuso que las ciudades deberían cerrar sus puertas a las personas gordas y monitorizar con detalle los cuerpos de las personas jóvenes, argumentando que no había que escatimar esfuerzos para promover hábitos saludables”. Para ello, incluso proponía un tiempo para dejar de amamantar a los bebés, no fueran a ser demasiado rollizos (18 meses para las niñas, dos años para los niños) y declaraba, inspirándose en la mítica Esparta, que si para los 14 años esos jóvenes no estaban delgados, había que deportarlos.
En el restaurante de la Hospedería Real (Carretera Factoría, Las Mestas) es un día de semana tranquilo. Es temporada baja y apenas hay turistas. Anastasio Marcos, El Tío Picho para los vecinos, es uno de los grandes productores de miel de la zona y todo un personaje local. Ataviado con un jersey de lana de pico y su mítico sombrero de ala, comenta con otros dos oriundos un atropello en Sevilla; sin saber cómo, la conversación deriva hacia la eutanasia y, a partir de ahí, enlazan un sinfín de temas rocambolescos.
Etiopía conserva una identidad cultural, religiosa y étnica única en el continente africano. Pero no es un país, sino varios dentro de unas fronteras históricas que han sufrido modificaciones a lo largo de los siglos, la última de ellas no hace mucho con la escisión de Eritrea (1993) tras una larga guerra civil. De entre esos países que habitan en uno mismo, el más singular de Etiopía es el gran sur, una de las zonas más fascinante del planeta desde el punto de vista antropológico. El extremo meridional es completamente distinto al norte. Para empezar, se asienta sobre la gran falla del Rift, que parte África en dos, con un paisaje de grandes llanuras semiáridas y sábanas arbustivas. Luego está el clima, que aquí es muy cálido y seco, con temperaturas extremas que superan los 40°. Y para terminar, la casi ausencia de infraestructuras ha impedido que la globalización y la modernización lleguen a este extremo del país. El caldo de cultivo perfecto para que hayan sobrevivido en esta remota zona de África medio centenar de tribus y etnias que conservan con fiereza sus tradiciones, su vestuario y estilo de vida, su cultura, su lengua y sus ritos.
Un enano deslenguado, un joven en silla de ruedas y una mujer en ropa interior esperan a que un cómico, caramelo mentolado en boca, se disponga a lamer genitales. ¿La premisa de un chiste? No, esta es una de las múltiples y grotescas situaciones que se dan en el espectáculo de Juan Dávila (Madrid, 47 años). Antes y después habrá más: el cayetano que resulta ser expareja de Victoria Federica de Marichalar y Borbón, llamando a la sobrina del rey Felipe VI en altavoz para decirle —de forma impostada— que la echa de menos; o el manco que busca a un cojo para alcanzar “el combo perfecto”. Todo esto ocurría el pasado 14 de enero en el Movistar Arena de la capital ante unos 15.000 espectadores que animaban, interrumpían y berreaban con cada nueva extravagancia. Un hito en la historia de la comedia nacional. Lo ha conseguido alguien que dejó un puesto fijo de funcionario para dedicarse plenamente a la interpretación, y que cumple dos décadas en ese camino poblado de incertidumbre donde unos se caen, otros mantienen el paso y unos pocos lo dinamitan. Su caso es el tercero: de curtirse en teatros de barrio con obras deficitarias o captar clientes a pelo en plena Gran Vía a llenar estadios y protagonizar una película.

La periodista, sexóloga y activista feminista Mara Mariño (Madrid, 32 años) se ha convertido en una referente en el ámbito digital por su labor en promover en redes la importancia de la igualdad en las relaciones contemporáneas. Con casi 200.000 seguidores entre sus cuentas de Instagram y TikTok, ha sido galardonada por el Ministerio de Igualdad con el Premio Menina 2025 por su contribución en la lucha contra la violencia machista como creadora de contenido. En sus vídeos aborda a menudo muchos de los temas que ahora recopila en #S3XPIDEMIA (Loto Azul Editorial, 2025), su primer ensayo sobre cómo la tecnología y las redes sociales están multiplicando, agudizando y perpetuando las violencias machistas.