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En el último juego de su partido contra Taylor Fritz, Stan Wawrinka, de 40 años, devolvió a duras penas un servicio del poderoso estadounidense, de 28. Fritz le arreó a la derecha de Wawrinka, y luego se empecinó con el revés del suizo. Son cinco reveses a una mano de Wawrinka, uno detrás de otro. Hay que buscar y ver ese vídeo porque es un trozo del pasado que se derrumba ante nuestros ojos, y además un pasado mejor: el que recuerda la lejana y elegante hegemonía del revés a una mano.
El primer Barbazul de la historia no tenía la barba azul, sino la sangre. El mariscal Gilles de Rais luchó junto a Juana de Arco en la liberación de Orleans, pero murió sin honores en la horca acusado de violar, torturar y asesinar a decenas de niños en su castillo de Champtocé. Dos siglos y medio después, Charles Perrault adaptó las atrocidades del aristócrata francés en sus Cuentos de antaño, de los que se sirvió más tarde Maurice Maeterlinck para escribir el drama que daría origen a la ópera Ariadna y Barbazul, de Paul Dukas.
La noticia llegaba como una bomba el pasado día 21: Ubisoft cancelaba varios videojuegos en desarrollo y se precipitaba en Bolsa. ¿La razón? Una reestructuración profunda de la compañía por los recurrentes problemas de gestión, retrasos continuos y a la necesidad de reducir costes tras varios años de resultados financieros negativos. La noticia ha generado un fuerte malestar en la comunidad de jugadores y ha evidenciado la crisis interna que atraviesa la empresa, pero viene de un problema difícil de ignorar: al gigante francés no le salen las cuentas, y de una valoración bursátil de 11.000 millones de euros en 2018 ha pasado a apenas 606 millones hoy. Además, proyecta pérdidas de 1.000 millones de euros para 2026. ¿Qué hacer entonces?
Muchos se llevaron las manos a la cabeza cuando Donald Trump anunció que Estados Unidos cerraría sus puertas a personas migrantes con obesidad. Tras la lectura de Grasa (editado en noviembre en España por Plasson e Bartleboom), del historiador estadounidense Christopher E. Forth, quizás no sorprenda tanto. Ya en el siglo XVI, “el filósofo Nicolò Vito di Gozze propuso que las ciudades deberían cerrar sus puertas a las personas gordas y monitorizar con detalle los cuerpos de las personas jóvenes, argumentando que no había que escatimar esfuerzos para promover hábitos saludables”. Para ello, incluso proponía un tiempo para dejar de amamantar a los bebés, no fueran a ser demasiado rollizos (18 meses para las niñas, dos años para los niños) y declaraba, inspirándose en la mítica Esparta, que si para los 14 años esos jóvenes no estaban delgados, había que deportarlos.
En el restaurante de la Hospedería Real (Carretera Factoría, Las Mestas) es un día de semana tranquilo. Es temporada baja y apenas hay turistas. Anastasio Marcos, El Tío Picho para los vecinos, es uno de los grandes productores de miel de la zona y todo un personaje local. Ataviado con un jersey de lana de pico y su mítico sombrero de ala, comenta con otros dos oriundos un atropello en Sevilla; sin saber cómo, la conversación deriva hacia la eutanasia y, a partir de ahí, enlazan un sinfín de temas rocambolescos.
Etiopía conserva una identidad cultural, religiosa y étnica única en el continente africano. Pero no es un país, sino varios dentro de unas fronteras históricas que han sufrido modificaciones a lo largo de los siglos, la última de ellas no hace mucho con la escisión de Eritrea (1993) tras una larga guerra civil. De entre esos países que habitan en uno mismo, el más singular de Etiopía es el gran sur, una de las zonas más fascinante del planeta desde el punto de vista antropológico. El extremo meridional es completamente distinto al norte. Para empezar, se asienta sobre la gran falla del Rift, que parte África en dos, con un paisaje de grandes llanuras semiáridas y sábanas arbustivas. Luego está el clima, que aquí es muy cálido y seco, con temperaturas extremas que superan los 40°. Y para terminar, la casi ausencia de infraestructuras ha impedido que la globalización y la modernización lleguen a este extremo del país. El caldo de cultivo perfecto para que hayan sobrevivido en esta remota zona de África medio centenar de tribus y etnias que conservan con fiereza sus tradiciones, su vestuario y estilo de vida, su cultura, su lengua y sus ritos.
Un enano deslenguado, un joven en silla de ruedas y una mujer en ropa interior esperan a que un cómico, caramelo mentolado en boca, se disponga a lamer genitales. ¿La premisa de un chiste? No, esta es una de las múltiples y grotescas situaciones que se dan en el espectáculo de Juan Dávila (Madrid, 47 años). Antes y después habrá más: el cayetano que resulta ser expareja de Victoria Federica de Marichalar y Borbón, llamando a la sobrina del rey Felipe VI en altavoz para decirle —de forma impostada— que la echa de menos; o el manco que busca a un cojo para alcanzar “el combo perfecto”. Todo esto ocurría el pasado 14 de enero en el Movistar Arena de la capital ante unos 15.000 espectadores que animaban, interrumpían y berreaban con cada nueva extravagancia. Un hito en la historia de la comedia nacional. Lo ha conseguido alguien que dejó un puesto fijo de funcionario para dedicarse plenamente a la interpretación, y que cumple dos décadas en ese camino poblado de incertidumbre donde unos se caen, otros mantienen el paso y unos pocos lo dinamitan. Su caso es el tercero: de curtirse en teatros de barrio con obras deficitarias o captar clientes a pelo en plena Gran Vía a llenar estadios y protagonizar una película.
Sarah Nyirongo estaba sola de guardia a las dos de la madrugada en una clínica de Lusaka cuando una mujer llegó con contracciones, a punto de dar a luz. El bebé venía atravesado en el útero. “Llamé a una ambulancia porque necesitaba ir a un hospital para que le practicaran una cesárea, pero no aparecía por ninguna parte, así que tuve que hacer una versión cefálica externa para intentar girarlo… y lo saqué”, relata Nyirongo, presidenta de la Asociación de Matronas de Zambia, en una entrevista por videollamada con este diario.

En enero de 2026 todo el que cree ser alguien en Madrid está en una lista de espera para ser admitido en un club privado. El proceso de ser examinado para superar (o no) una criba más o menos clasista ha ganado atractivo en una ciudad que se ha llenado de expatriados y exiliados de alta gama a quienes les sobra el dinero pero les faltan contactos locales.
El autorretrato constituye, en la historia de la pintura, una práctica fascinante: el pintor se utiliza a sí mismo como modelo y se observa atentamente. ¿Con qué objeto? Imposible dar una respuesta sencilla a este recurso que puede cumplir funciones de lo más variadas. Desde el deseo de fijar un hic et nunc, un aquí y ahora del artista en plena potencia de sus facultades (un bellísimo Durero en torno a los 28 años) hasta la obsesión de Rembrandt por reparar en su rostro las sacudidas del tiempo a lo largo de su vida. O bien pensemos en Frida Kahlo presentando las heridas del cuerpo como baluarte de un sufrimiento escondido que se desea hacer público. O bien mostrar el propio rostro como un muñón del ser irreconocible, como hizo Francis Bacon. Sin olvidarnos del autorretrato como entrenamiento, como ejercicio de taller que permite el libre aprendizaje del cuerpo humano
