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La inusual sucesión de borrascas y lluvias torrenciales que golpearon España en marzo de 2025 provocó, entre muchos otros efectos, una gran crecida del río Guadalete que inundó parte de su cuenca en la provincia de Cádiz y obligó a desalojar a cientos de personas. Poco después, el Hospital de Jerez atendió un goteo de habitantes de la zona afectados por una infección grave y poco frecuente, la leptospirosis, que históricamente ha provocado epidemias en países tropicales asociadas a catástrofes e inundaciones.
¿Qué dicen los chatbots cuando se les pregunta por España? Dicen, claro, muchas cosas. Pero algunas las dicen más veces. La IA no da una imagen equilibrada de España, sino que ofrece un mapa lleno de jerarquías. Hay cuatro comunidades autónomas que son España por encima de todo, por este orden: Cataluña, Madrid, Andalucía y País Vasco. En otras preguntas también tienen cierto peso la Comunidad Valenciana y Galicia. A partir de ahí, otras regiones aparecen menos o lo hacen por una puerta estrecha, con tópicos que sirven casi como su único motivo: turismo, vino, huerta, agua, despoblación, el Camino de Santiago, minería, paisaje verde, dehesa o España vaciada.
El protagonista de The Boroughs (Netflix), curiosísima pirueta narrativa que recupera el universo cerrado para el género que reinó en los ochenta —el terror soft de aventuras—, es un hombre de edad avanzada, Sam Cooper (un insustituible Alfred Molina), que acaba de mudarse a un utópico complejo para jubilados. Lilly (Jane Kaczmarek), su mujer, ha muerto de repente. Se desplomó una noche mientras canturreaban abrazados Thunder Road de Bruce Springsteen. El puzzle que había estado haciendo saltó por los aires y de repente hubo piezas por todas partes. Piezas que no casualmente reaparecen en ese otro universo en el que Cooper se resiste a encajar al principio —el propio The Boroughs— pero del que no tarda en convertirse en pieza fundamental. ¿Le estaba el complejo esperando para atacar? Un momento, ¿ese sitio ataca?


El 10 de diciembre de 2024, una mujer llegó a un centro de salud de Pariak, una localidad del Estado de Jonglei, en Sudán del Sur, con diarrea, vómitos y síntomas de deshidratación. Había regresado recientemente de una zona afectada por el cólera. En uno de los países más vulnerables del mundo, donde millones de personas carecen de acceso regular a agua potable y servicios sanitarios, aquello podía haber sido el comienzo de una nueva emergencia.
Hay una frase de Joan-Carles Mèlich, incluida en el prólogo de esta edición de Ética de la compasión, que podría resumir buena parte de su trayectoria filosófica: “Para un ser finito no hay posibilidad de existir en una calma total sin desprenderse de un pasado que nunca está definitivamente cancelado, de un presente que no se reduce a la actualidad ni de un futuro que se vislumbra borroso en el horizonte. Ninguna existencia puede evitar la extraña sensación de la disonancia”. Este ensayo, publicado originalmente hace más de una década en la editorial Herder, regresa hoy en una edición revisada para afirmarse como una de las obras filosóficas más singulares del pensamiento español contemporáneo. Desde La lección de Auschwitz, donde la barbarie del siglo XX se convertía en punto de partida para pensar los límites de toda pedagogía moral, pasando por Filosofía de la finitud, La sabiduría de lo incierto, Lógica de la crueldad o La fragilidad del mundo (premio nacional de ensayo 2022), Mèlich lleva décadas construyendo una filosofía de la vulnerabilidad, de la contingencia y de la sospecha frente a cualquier sistema moral demasiado seguro de sí mismo. Lo humano no comienza en la autonomía, sino en la dependencia, y Ética de la compasión condensa esa intuición. Ya en el prólogo, Mèlich afirma que toda ética que sitúe la finitud en su centro requiere necesariamente de compasión. “Una ética de la compasión se toma en serio el drama de la existencia: el espacio, el tiempo, las historias, las situaciones y las relaciones”.


Dentro de una dieta balanceada hay dos grupos de alimentos que no pueden faltar: las frutas y las verduras. Las primeras se suelen comer directamente o usar como postre y las segundas como guarnición, para sopas o ensaladas. Aunque en el mundo de la cocina, la clave está en no ponerse límites y experimentar en cada receta.



“Anestesia genital, ausencia total de deseo, libido aniquilada, anorgasmia, en lo físico, y en el plano emocional-social, la erradicación de cualquier atisbo de atracción, fantasía erótica o romanticismo”. Así describe Carmen Hernández, de 45 años, los síntomas que padece desde que dejó de tomar antidepresivos hace ahora 11 años. Y lo define como una “condena neurológica permanente”: “Nos recetaron la medicación porque buscábamos alivio y nos dejaron incapaces de sentir, de amar, de disfrutar, de desear”. Hernández es una afectada de PSSD, siglas en inglés de síndrome de disfunción sexual persistente postinhibidores selectivos de la recaptación de la serotonina.
Quieres comer legumbres, pero a) te has olvidado de ponerlas a remojo la noche anterior, b) no tienes tiempo para cocerlas c) no tienes ganas de hacerlo. Si alguna o todas estas respuestas son correctas en tu caso, este artículo te interesa. A quienes lleven ya un tiempo visitando esta sección, no les resultará nuevo leernos recomendando el consumo de legumbres. No solo porque son buenas para nuestra salud, para el bolsillo o para el planeta, sino porque con ellas se pueden preparar muchísimos platos, desde los más clásicos de cuchara hasta las ensaladas más ligeras.










