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En la librería A. Jullien, que presume de ser la más antigua de Ginebra (data de 1839), no tienen libros de Jorge Luis Borges. El hombre que atiende tras el mostrador así me lo confirma, y se encoge de hombros cuando le digo que me resulta extraño que no tengan a la venta un solo título de quien fue, al fin y al cabo, uno de sus clientes más ilustres. Sonríe dándome a entender que es lo que hay, y salgo de nuevo a la calle en busca de unas huellas diluidas en el tiempo. Es como si Ginebra, la ciudad en la que el escritor aseguraba ser “extrañamente feliz” y donde falleció el 14 de junio de 1986, quisiera concederle a título póstumo esa invisibilidad que tanto anheló en el último tramo de su vida. Aquí están su tumba y una placa que señala el lugar de su agonía, y también una calle secundaria y poco estimulante que lleva su nombre en el barrio de Saint-Jean, casi pegada al Ródano. No son pocos recordatorios, si se piensa, pero uno siente que cabría alguno más, teniendo en cuenta la relación que vinculó al autor argentino con estas calles y que acaso influyó en su obra más de lo que pueda parecer a simple vista.
En este ensayo breve y contundente, la periodista e historiadora tunecina Sophie Bessis (1947), especializada en las relaciones norte-sur y en la condición de la mujer en África y el mundo árabe, traza la historia de una falsificación: la de la popularización del término “civilización judeocristiana”.

Será por el k-pop, por el cine o simplemente porque está buenísima, pero la cocina de Corea ha pasado de ser casi desconocida en España a tener una importante presencia en muchas ciudades. Mientras la oferta de restaurantes coreanos crece, no está de más aprender a preparar en casa algunas recetas fáciles de ese país que no requieran demasiados ingredientes exóticos (o que si requieren alguno, sea fácil de encontrar en tiendas de productos asiáticos).
Algunos compositores de finales artísticos no disfrutan del ajedrez competitivo porque la tensión, el dolor por las derrotas, el tiempo y la premura de preparar una partida por la mañana, jugarla por la tarde y analizarla por la noche pesan mucho más que los placeres producidos por la participación en torneos. La antítesis son los jugadores de nivel medio, alto o altísimo (como Jan Timman, varias veces glosado aquí) que además crean obras de arte en forma de estudios.

Uno de los fenómenos más inquietantes de la temporada de baño en las costas es la irrupción de las medusas cerca del litoral, sobre todo en el Mediterráneo. El dolor y las reacciones alérgicas por su picadura, o por el simple roce con sus tentáculos, provoca el cierre de playas en cuanto se divisa un banco de esta especie marina. Para evitarlos, dos grupos de investigación pertenecientes a la universidad de Alicante (UA) y la Politècnica de València (UPV) acaban de patentar un sistema de sensores formados por un generador de frecuencia y una bobina que, instalado en una boya, puede frenar el avance de las medusas hacia el litoral. El dispositivo también puede aplicarse a “instalaciones industriales que absorben agua de mar” para sus desarrollar funciones, como “desaladoras, centrales térmicas o centrales nucleares”, señala César Bordehore, profesor del departamento de Ecología de la UA y uno de los investigadores de este proyecto.

Que una barra de labios te cueste más de sesenta euros es, como poco, impactante. De hecho, más de una se ha llevado las manos a la cabeza al enterarse del precio de uno de mis labiales favoritos: el Rouge G de Guerlain. Siempre que lo saco de mi bolso para algún retoque casual cautiva miradas y acelera corazones. Por desgracia, no siempre en el buen sentido. Y es que no falla. Su cuidada estética impacta: “Qué pasada de pintalabios”, me dicen. “¿De dónde es?“, prosiguen. ”¿Cuánto cuesta?“, preguntan. Ahí ya se torció todo porque en cuanto respondo, automáticamente piensan que es un despilfarro. Y lo entiendo, pero para mí merece hasta el último euro.


