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Como científica, y viendo lo que ocurre en el mundo, a veces no puedo evitar pensar para qué sirve lo que hago. Soy microbióloga, y mi trabajo consiste en intentar responder preguntas casi filosóficas: ¿cómo nació la vida? ¿Cómo surgimos de una bacteria los humanos? Pero mientras vivo en mi microcosmos (nunca mejor dicho), en el macrocosmos hay hambruna, guerras, muerte. ¿No sería mejor dedicarme a otra profesión con la que construir un mundo mejor? Entonces pienso en cómo la vida lleva existiendo en la Tierra miles de millones de años y seguirá mucho después de que los humanos nos extingamos. Apenas tenemos un instante de tiempo para deslumbrarnos e intentar entender todo lo posible del Universo. Y luego, desapareceremos. La vida continuará y quizá, dentro de miles de millones de años, otra especie pensante surgirá. ¿Se hará las mismas preguntas que nosotros? ¿Llegará a las mismas respuestas? ¿O descubrirá algo nuevo antes de extinguirse? La ciencia es una lección de humildad. Y creo, quizá ingenuamente, que el mundo sería un lugar mejor si todos fuéramos un poco científicos.
Los Kennedy están de nuevo en boca de todos, y esta vez no es porque Robert F. Kennedy Jr. haya recordado que esnifó cocaína de la tapa de un inodoro o que mató a un oso y abandonó su cuerpo en Central Park. Love Story, la comentada serie de Ryan Murphy que reconstruye la relación entre John Kennedy Jr. y Carolyn Bessette, fallecidos en un accidente de avioneta junto a la hermana de ella en 1999, tiene a la generación Z encandilada. Hace pocos días cundía la noticia de que uno de los abrigos de Carolyn se había vendido en subasta por 192.000 dólares. También que las fans reprochan a Calvin Klein que ya no produzca ropa como la de la época que la serie retrata. Y en el mes transcurrido desde su estreno han proliferado los artículos en revistas masculinas explicando cómo emular el estilo de John-John, así como los vídeos de influencers disfrazados de él y hasta concursos de imitadores.

El Ñoro, de 30 años, y su novia K., de 25, caminaban por una calle de Madrid un día de agosto de 2024, cuando se encontraron con un grupo de viejos conocidos y estalló un enfrentamiento. Entre ellos estaba un antiguo ligue de ella, que a la vez era enemigo de él. A este hombre lo llamaban Pollo. La hostilidad entre los hombres no solo estaba motivada por los celos sentimentales, sino también porque ambos pertenecían a dos bandas violentas que se han jurado odio eterno. El Ñoro formaba parte de los Ñetas, Pollo era de los Latin Kings. Entre los dos varones estalló un enfrentamiento que acabó con sangre. Ella no empuñó ningún arma, pero se ha convertido en la primera mujer en ser condenada por participar en una agresión de bandas.
La pequeña ciudad nigeriana de Igbo-Ora presume de un título singular: el de “capital mundial de los gemelos”. Basta un paseo por sus calles, en este territorio de cerca de 200.000 habitantes, para advertir una presencia inusual de parejas idénticas que caminan, compran o juegan en las plazas. Si a escala global se registran en torno a 12 nacimientos gemelares por cada 1.000 partos, según un estudio publicado en 2021 en la revista Human Reproduction, la proporción en esta urbe del suroeste de Nigeria es muy superior.
Poco antes de morir José Guirao —Pepe para los amigos— reunió a su círculo más cercano y le contó dónde guardaba todo aquello que había escrito durante su vida y que nunca había publicado. Las letras dormían en diferentes pendrives y ordenadores, también en todos los cuadernos que le gustaba comprar, en la casa de Madrid, en su pueblo Pulpí, Almería, en La Vera, Cáceres, un refugio donde cuidaba su jardín japonés, paseaba con los perros y escribía para que nadie le leyera. Por ahí se encontraba desperdigada una obra dispersa e inconclusa consistente en poemas de juventud, apuntes, notas, alguna obra teatral, algún intento de novela. “Haced con ello lo que creáis conveniente”, les dijo.
Hace casi 40 años, en 1988, Aitana Sánchez-Gijón (Roma, Italia, 57 años) se subió al escenario del Teatro Español de Madrid para interpretar a Acacia, una mujer de la que se enamora su padrastro en La malquerida, la obra cumbre de Jacinto Benavente. Tenía apenas 19 años, casi nulo recorrido en la interpretación y no auguraba la dilatada y exitosa carrera que le esperaba. “Era una actriz jovencita, era mi segundo montaje teatral. Me sentía un poco apabullada por todo: el elenco, el lugar, el texto…”, recuerda. Este viernes volverá a la misma obra y al mismo teatro, pero con el papel de Raimunda, la madre de aquella a la que interpretó tantos años antes, en una nueva producción dirigida por Natalia Menéndez.
Las cuentas con seudónimos en redes serán más complicadas de mantener en la era de la inteligencia artificial (IA). Un grupo de investigadores reunió miles de publicaciones de foros anónimos como Hacker News y Reddit y pidió a varias IA que identificaran a sus autores. Para sorpresa de nadie, modelos de lenguaje como Gemini o ChatGPT hicieron en minutos lo que a un humano le llevaría muchísimas horas y quizá no lograría nunca: los modelos identificaron al 68% de usuarios anónimos con un 90% de precisión, “frente a casi un 0% del mejor método que no utiliza modelos de lenguaje”, dice el artículo científico. “Los resultados muestran que el anonimato de los usuarios con seudónimo en internet ya no se sostiene”, añade.
El Ministerio del Interior tardó casi dos meses en suspender de empleo y sueldo al comisario Emilio de la Calle, denunciado por acoso sexual y laboral e imputado actualmente en la Audiencia Nacional, desde el momento en el que una subordinada informó a sus superiores de lo que estaba viviendo en la Embajada española en la India donde ambos estaban destinados. La subalterna manifestó entre el 6 y el 7 de febrero de 2025 el terror al que estaba sometida y dijo que estaba recibiendo ayuda psicológica. Además, envió un audio a la Policía en el que De la Calle la insultaba y la agredía supuestamente con una colleja.
Hay apellidos que imponen, sobre todo a sus portadores. El compositor Gabriel Prokófiev (Londres, 41 años) no llegó a conocer a Serguéi, el enfant terrible de la modernidad soviética, pero desde pequeño sintió una gran admiración y respeto por su abuelo. “Cuando mi padre [Oleg, pintor y escultor abstracto] emigró a Gran Bretaña tuvo mucho cuidado de no imponernos esa herencia”, cuenta en conversación telefónica. Su infancia no transcurrió, como cabría imaginar, entre estrictas clases de solfeo. “En casa sonaba siempre su música, pero la asimilábamos con cierta naturalidad”, recuerda. “Me encantaba su ballet Romeo y Julieta y el segundo de sus conciertos para piano”.

