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El 5 de mayo de 1789, el rey Luis XVI de Francia inauguró los Estados Generales. La institución se reunía ese año con el objetivo de abordar el problema de una inflación galopante y una bancarrota en las cuentas de la monarquía, endeudada hasta las cejas por la falta de ingresos. Y es que ni la nobleza ni el clero pagaban impuestos. No porque les faltara el dinero. Si no pagaban era por algo más sencillo y absurdo: ese era su privilegio.
A Gustavo Petro se le acaba el tiempo. El próximo 7 de agosto dejará de ser presidente de Colombia. En cuatro años, muchas de sus promesas se han quedado por el camino. A veces por errores suyos, otras por la resistencia y los miedos de un país en el que no había gobernado la izquierda en décadas. Ahora, el desgaste del poder ha caído a plomo sobre él. A veces se le ve irritado y de mal humor, pero esta mañana un Petro sonriente y en impecable traje azul entra acompañado de su comitiva presidencial por la puerta del Pabellón 8 de la Fira de Barcelona. Petro participa en la IV Reunión en Defensa de la Democracia junto a los presidentes de España, Brasil y México, un combo progresista con el que se siente a gusto. En la entrevista con EL PAÍS, el presidente colombiano, que el domingo cumplirá 66 años, defiende el multilateralismo y la lucha contra el cambio climático, al tiempo que no puede dejar de lanzar dardos sobre el sistema electoral, abriendo incluso la duda sobre si reconocerá los resultados de las elecciones si considera que hay irregularidades. Sus esperanzas se centran en que su candidato, Iván Cepeda, por ahora el favorito en las encuestas, sea el siguiente en ocupar su despacho. Reconoce que no conseguirlo sería un fracaso personal.


“Me tenía que subir a un tanque y me había hecho unas pruebas médicas. Después de la pausa para cenar, mientras me estaban poniendo la peluca, tenía a un médico al teléfono que me dijo: ‘Parece que tienes un aneurisma cerebral”, explica la actriz que ha protagonizado algunas de las escenas más memorables del cine de las últimas décadas, dentro y fuera de España. Pero Penélope Cruz (Alcobendas, 51 años) otorga un doble matiz al adjetivo inolvidable cuando relata lo que le ocurrió en su primer día de rodaje de La bola negra, la esperadísima próxima película de Javier Ambrossi y Javier Calvo (que competirá por la Palma de Oro en el Festival de Cannes), mientras se forjaba una de esas escenas que prometen grabarse en las retinas de los espectadores: su personaje tiene que unirse a un grupo de unos 300 figurantes e interactuar con ellos mientras canta y baila. “Yo nunca me olvidaré de esa escena. Primero por la libertad que dan ellos. La energía de ese momento no se puede construir de otra manera, no se puede ensayar de más, tenía que tener algo muy salvaje. Y después por esa llamada del médico. Yo empecé a llorar, intentando que no se me estropeara demasiado el maquillaje, mientras al otro lado había 300 personas esperando para seguir con el número musical. ‘¿Cómo que parece?’, le contesté. Y me dijo que no era seguro, que había que repetir las pruebas. Yo solo le pregunté: ‘¿Puedo hacer ejercicio ahora mismo? Porque tengo que bailar y cantar toda la noche’. Y me dijo: ‘Sí, tranquila, lo puedes hacer’. Entonces me subí al tanque, y siempre recordaré la sensación de estar escuchando el inicio del número musical, pensando que tenía que darlo todo, y a la vez con un miedo… Mi cabeza iba a mil por hora, combinada con la adrenalina del número musical, que es impresionante”.
Juan Cebrián
Pablo Iglesias (NS Management) para Chanel.
Virginia Sancho.
Cristina Serrano.
Marcos Jiménez y Mario Val.
Orlando Gutiérrez.
Paula Alcalde y Carmen Cruz.
Marina Marco.
Laura Hurtado
El pasado domingo, cuando aún no había amanecido, Arelis Jiménez se descolgaba por la ventana de un tercer piso en Pamplona con una sábana. Intentaba huir de su expareja, un hombre al que había denunciado y que tenía una orden de alejamiento en vigor. Pero cayó al vació, y murió. El lunes, en Córdoba, iba a producirse un juicio rápido contra un hombre que tres días antes había entrado con un martillo en casa de Tulia Ester, su exmujer: le destrozó el equipo de música, la agarró del pecho y la amenazó con destrozarle toda la casa. La policía lo detuvo y un juez decidió imponerle una orden de alejamiento. Sin embargo, lo dejó en libertad hasta que tuviera lugar un juicio que nunca se produjo: la mató esa mañana en el portal de su casa.
La violencia machista es uno de los problemas estructurales más complejos de sociedades de todo el mundo, entre otras razones, por la bolsa oculta de denuncias. Vicente Magro, magistrado del Tribunal Supremo, señala que las cifras son “de unas 200.000 denuncias al año” pero que desde la justicia se calcula “que hay alrededor de 600.000 hechos anuales, es decir, que puede haber un 60% que aún no se denuncia, y eso tras los enormes avances de los últimos años”. Según las cifras oficiales, desde que hay registro, se ha pasado de las 135.539 que se interpusieron en 2009, a las 204.342 del pasado año. En 27.030 de esos casos se activaron órdenes de protección y en 4.420 casos se decidió la activación de una de las llamadas pulseras antimaltradores.
Esos dispositivos, aún presentando múltiples fallos, han sido hasta ahora la única medida 100% eficaz para impedir los feminicidios. Ninguna de las más de 22.000 mujeres que la han llevado desde que se implantaron en España en 2009 ha sido asesinada mientras lo llevaba. ¿Sería viable que todas las mujeres con medidas de protección la llevaran? No de momento. Ni el sistema técnico está preparado, ni sería posible por el factor humano gestionar y responder ante las incidencias de un volumen casi siete veces mayor. No habría suficiente personal técnico ni agentes de las fuerzas y cuerpos de seguridad. Magro recuerda que eso solo podría hacerse si se pudiese garantizar que no habrá errores. Además, “hay mujeres que no quieren llevarlas por diversas razones, y aunque es importantísima la concienciación de las víctimas en la necesidad de que el Estado las proteja, ellas tienen derecho a decidir”.

Aspira alto y trabaja duro. Es la premisa que apuntala el sistema educativo de Estonia y que, según su ministra de Educación, Kristina Kallas (Kiviõli, 50 años), es uno de los motivos que lo ha llevado a triunfar en los exámenes de calidad educativa de PISA. Es el primer país europeo y cuarto del mundo (tras Singapur, Japón y Corea del Sur), pese a un ligero retroceso. La poca diversidad de alumnos en las aulas, la gran autonomía de los centros y profesores ―que implica un Gobierno poco intervencionista―, una gran plantilla y unos profesores bien preparados y respetados completan el caleidoscópico de su éxito. También presentan una realidad opuesta a la de España. Kallas, que lleva tres años en el cargo, recibe a EL PAÍS en Barcelona, antes de participar el 10 de abril en el European Pulse Forum 2026, donde presentó el plan para desplegar con seguridad la Inteligencia Artificial en las escuelas.
