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Lo que está pasando con la deuda pública de los países y los mercados financieros donde se compra y se vende puede explicarse, en buena medida, a golpe de Tomahawk. Cada uno de estos misiles está valorado en unos dos millones de dólares en inventario, pero reponerlo cuesta ahora entre tres y 3,5 millones. Los Patriot, de cuatro a cinco millones. Cada día de guerra ha tenido un coste -solo directo- de 2.000 millones de dólares, según cálculos de la experta Linda Bilmes, de la Harvard Kennedy School, que estima el desembolso final en al menos un billón de dólares.

Por estas fechas, hace una década, la generación de quienes ahora tienen 27 años se estaba enfrentando a las Pruebas de Acceso a la Universidad (PAU). Jaime Redondo Yuste estudiaba en Leganés y aspiraba a entrar en Física y Matemáticas, la carrera de más difícil acceso en España desde hace 14 años. Ahora es investigador en la Universidad de Princeton. Mientras a su alrededor todos repasaban sus apuntes, Patricia Torres esperaba para hacer su examen en Tarragona leyendo novelas sentada en el suelo, convencida de que iba a ser química forense. Sin embargo, ahora está doctorándose en Neurociencias. Kamal Hammu Mohamed está haciendo el MIR en La Fe de Valencia, gracias a las clases particulares que tomó antes de Selectividad para poder entrar en Medicina. Y lo que Carlota García Barcala recuerda especialmente de aquel año es que hacía muchísimo calor en Las Palmas de Gran Canaria y que sus padres la acompañaban en su preparación para la PAU, como si de un proyecto familiar se tratase. La historia se ha repetido ahora, que ha opositado para conseguir un puesto como funcionaria pública.




Badr El Merroun nació en Tetuán, Marruecos, hace 19 años. No tiene casa, ni móvil, ni pasaporte, ni oportunidades. Duerme en un parque del barrio de Las Rosas, en Madrid, y convive con una paradoja: “Me dicen que no puedo vivir en la calle, pero llevo un año esperando para entrar en un albergue y todavía tengo que esperar otro más porque está todo lleno”, cuenta. En el último mes, ha sido víctima tres veces de los nuevos protocolos de limpieza del Ayuntamiento de Madrid, en los que ya no avisan a las personas sin hogar cuando van a limpiar la zona en la que viven. Le han tirado su ropa, su saco de dormir, su tienda de campaña, los documentos de un curso de comercio que estaba siguiendo y un collar que le regaló su madre como recuerdo. “Ya no se trata de las cosas que me han quitado. Estoy perdiendo la vida”, dice.

La ley dice: mermelada ayer y mermelada mañana, pero nunca mermelada hoy”. Esa frase redonda de Alicia a través del espejo le sienta como anillo al dedo a la dieta electoral a la que se está sometiendo la socialdemocracia, una familia política con más de 150 años de historia que dominó la segunda mitad del siglo XX europeo (mermelada ayer) y cuyos líderes prometen una y otra vez que contraatacará con fuerza (mermelada mañana), pero que hace tiempo que no cata la dichosa mermelada, metida en una cura de adelgazamiento larga, más larga que esa gira de Bob Dylan llamada Never Ending Tour. En medio de la marea derechista y ultraderechista, y con una fragmentación política formidable en su espacio, el centroizquierda europeo sobrevive hoy como una fuerza de tamaño medio, a veces tirando a welter. Boxea muy por debajo de su peso histórico. A menudo se queda en tierra de nadie. Y está en franco declive; le falta punch, últimamente acaba en la lona elección tras elección. Esa suave decadencia, que dura ya décadas, se ha transformado en hundimiento en algunos países: Francia y Alemania —el SPD está ligeramente por encima del 10% en intención de voto —, nada menos; subsiste en otros (Italia, Portugal) y logra sacar la cabeza y conservar el poder en unos pocos (Dinamarca, con políticas migratorias durísimas, y Reino Unido y España, con enormes dificultades).
Jessica Meir y Jack Hathaway recibieron el pasado viernes 5 de junio una inquietante llamada. Eran las 09.04 de la mañana de la costa este y las autoridades del centro de control espacial de Houston les transmitieron órdenes precisas. La llamada no era rutinaria. Las instrucciones de la NASA eran claras: los cinco astronautas que dependen de la agencia y habitan en la Estación Espacial Internacional (ISS) debían ponerse los trajes presurizados, desplazarse al interior de la cápsula Crew Dragon Freedom de SpaceX y prepararse para una posible evacuación.
Nirvana solo grabó tres discos oficiales en estudio y dejó de existir el día que se suicidó Kurt Cobain, el 5 de abril de 1994. Por eso en 2021 fue una novedad casi chistosa escuchar Drowned In The Sun, una nueva —y malísima— canción de Nirvana creada por IA. Ahora las sonrisas se han congelado, porque sobre el paisaje musical se percibe una atmósfera fantasmagórica, donde lo no humano empieza a ser común. En Navidades, A sina de Ofélia, la versión IA en brasileño de la canción The Fate of Ophelia, de Taylor Swift, tenía más descargas que su original (Swift ha solicitado el registro de su voz y su imagen como marca para protegerse de la IA); a mediados de abril, Celebrate Me, una canción generada por IA, alcanzó el puesto número uno global en iTunes; a finales del mismo mes, al buscar en YouTube, I Never Loved a Man (The Way I Love You), una canción de Aretha Franklin, se tropieza con una grabación titulada 60’s soul (Unreleased album), pero al pincharla lo que se escucha es tan falso y falto de alma que dan ganas de quemar el móvil.
El 27 de septiembre de 1995 se estrenó en el teatro Rialto de Valencia Tres forasters de Madrid, de Eduard Escalante, un autor de sainetes del siglo XIX. La primera representación fue incluso grabada y emitida por la cadena autonómica Canal 9. ¿Por qué tanto interés? Porque esa fue la única incursión como director de teatro de Luis García Berlanga. Y se lanzó a ella porque Escalante gozaba de gran popularidad durante la juventud del cineasta, porque la obra era parte en valenciano y porque hablaba del papanatismo social, uno de sus grandes temas.
Ennio Flaiano es un escritor con el que suelo dar la tabarra, porque es poco conocido en España y a mí me gusta mucho. Fue guionista de Fellini, solo publicó una novela y lo demás eran artículos, diarios, aforismos. Era un observador agudo e irónico de la realidad y suyas son frases que han quedado en Italia como verdades asumidas. Como que el italiano siempre acude en auxilio del vencedor o que en Italia la situación es grave, pero no seria. Otra es: “Ánimo, lo mejor ha pasado”. Escribió algún cuento, y uno de los más célebres es Un marciano en Roma, recomendable para entender esta ciudad incomprensible. Me disculparán si se lo resumo. Un día aterriza un marciano en Villa Borghese y se paraliza la ciudad, causa una gran conmoción. Acuden todos a su encuentro, muchedumbre y autoridades. Siguen días de locura, lo invitan a todas partes, se le rinde pleitesía, todos quieren verlo y hacerse ver con él, llena páginas de los diarios, se cuentan anécdotas suyas. Pasan los días y la atención va bajando, ya no es una novedad. Es interesante, claro, es un marciano, pero ya no impresiona como la primera vez, uno se va acostumbrando. Al final la gente ya lo evita, empieza a parecer pesado y se convierte en uno más de la farándula de Roma. No les revelo el final, pero digamos que vaga solo por Via Veneto y nadie le hace ni caso.
Al número 35 de ronda Universitat, entre un McDonald’s i un Barça Store, hi ha la franquícia Italian Trattoria, un self-service decorat amb estil mediterrani on dinen estudiants i turistes. Al pis de sota, normalment buit, treu el cap entre les taules una gran barra de bar, il·luminada museísticament. Amb massa llum, fins i tot, com si ens descobrís un secret. Aquesta barra, uns anys enrere, havia estat la barra del Milano, cocteleria i emblemàtic club de jazz des del 2007, per on havien passat tant artistes internacionals com les noves generacions de músics catalans. L’any 2023, només quinze dies abans del tancament, el seu programador feia un crit de socors a les xarxes mentre declarava: “Al Milano el mata el franquicidi”.
Son las ocho de la mañana y la hora punta está en pleno apogeo en Pipeline, un barrio densamente poblado situado en el extremo sur de Nairobi, Kenia. Cientos de viajeros se dirigen a las paradas de autobús y se abren paso entre vendedores ambulantes, montones de basura sin recoger y un lodo espeso, agravado por las lluvias de la noche anterior. Este barrio es conocido “por el barro y las multitudes”, afirma Ondere Job, un artista de 28 años y residente local. Levanta la vista hacia una obra cercana y observa cómo los obreros cargan sacos de cemento y trepan por andamios de madera. Las calles no están asfaltadas, los cortes de luz son habituales y el agua solo llega dos veces por semana, cuenta. A pesar de esta falta de servicios, el auge de la construcción aquí no da señales de detenerse.