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EL PAÍS puso en marcha en 2018 una investigación de la pederastia en la Iglesia española y tiene una base de datos actualizada con todos los casos conocidos. Si conoce algún caso que no haya visto la luz, nos puede escribir a: abusos@elpais.es Si es un caso en América Latina, la dirección es: abusosamerica@elpais.es



Diego Manrique, leyenda del periodismo musical, es una figura un tanto excéntrica para arrancar una crónica económica, pero ahí va: hacia finales del siglo pasado, Manrique solía describir un grupo de innegable éxito en aquella época, Dire Straits, como la banda “más aburrida y sosa” que ha triunfado en la historia del rock. Dire Straits significa, literalmente, “situación desesperada”. Y esa es la imagen perfecta para retratar el estado del sector energético mundial: no hay nada aburrido o soso en un mercado que, tras siete semanas de ataques de Estados Unidos e Israel a Irán, protagoniza uno de los shocks más acusados que se recuerdan y ha puesto patas arriba la economía mundial.
En el centro de detención Kenton County, en el Estado sureño de Kentucky, hay un migrante que pasa como un fantasma entre las decenas de detenidos, como si el mundo se hubiese olvidado de su presencia. “Estoy literalmente abandonado, como que no existo”, dijo a EL PAÍS en una llamada telefónica esta semana. Se trata del ciudadano español Miguel Barreno López, de 39 años, que lleva seis meses en manos del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos (ICE, por sus siglas en inglés) a pesar de que un juez aprobó su salida voluntaria del país el 17 de noviembre de 2025 ante su deseo de regresar a España. Pero ninguna autoridad le informa o le dice nada desde entonces. “Es como si hubieran dicho: ¿Eres el único español aquí? Pues vas a estar hasta que nosotros lo decidamos”.
Vive en Madrid desde hace muchos años, pero Úbeda, su pueblo, su gente, son la parte esencial del recuerdo de Antonio Muñoz Molina, que ahora tiene 70 años y es académico de la Lengua, premiado muchas veces por su literatura. Escribe en este periódico desde muy temprano, cuando era un muchacho que envío a Juan Luis Cebrián, el primer director, un artículo que no se publicó hasta que el autor protestó por la tardanza. Desde entonces, con altibajos, ha sido colaborador habitual de este diario en el que ahora, como su mujer, Elvira Lindo, es columnista habitual. Sus colaboraciones de los sábados en las páginas de Opinión inciden en el momento actual de la vida, de España, del mundo. Esta conversación, cuando el periódico en el que escribe cumple 50 años, es un reflejo del modo de pensar del autor, de su sosiego, de su compromiso y de su rabia. Desde el principio de la entrevista, Muñoz Molina advierte la naturaleza de lo que ahora ocurre con nuestro oficio, contra el que conspiran las fuerzas más poderosas.

En 1853 el francés Joseph Arthur de Gobineau publicó Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas, el pilar intelectual del racismo moderno. En la primera frase de su libro dijo que “la caída de la civilización es el más destacado y, al mismo tiempo, el objeto más oscuro de todos los fenómenos históricos”. Él iba a explicarlo. Gobineau afirmó que la mezcla de razas había dado lugar a la degeneración inexorable de Occidente, uno de cuyos ejemplos más evidentes era la raza mediterránea; los germanos, por el contrario, se habían mantenido puros. Al ligar razas y civilizaciones, este autor dio un nuevo y terrible impulso a un tema con una trayectoria muy larga.
Cada día me llegan al correo ofertas para trabajar gratis en programas ajenos, festivales de pago y cursos de verano en universidades privadas. Casi siempre son de gente que no conozco pero intuyo que cobran por organizar los eventos a los que me invitan. Sin embargo, encuentran apropiado que yo no lo haga. Consideran quizá que viajar a una ciudad de provincias para dormir en un hotel de tres estrellas y comer dos días seguidos un menú del día con otros compañeros es compensación suficiente y apropiada por mi esfuerzo. Sin embargo, nunca dicen expresamente: te ofrezco trabajo a cambio de comida y posta en un hotel con dispensadores de jabón taladrados en el azulejo. Lo que hacen es obviar el tema como si fuera un dato irrelevante, y hasta esquivarlo activamente, negándose a proporcionar la cifra en cuestión junto con el resto de datos específicos como la fecha, el lugar del evento y el tema a tratar. O diciendo que “ese asunto del que usted me habla” puede ser consultado en el epígrafe correspondiente de la normativa que adjuntamos junto con otros aspectos de carácter general. Como si, a la hora de decidir si quieres hacer un trabajo, preguntar por los honorarios implica una preocupación mezquina, típica de almas mercenarias, frente a la generosidad luminosa del que ofrece la alternativa más pura de compartir lo que tienes sin esperar nada a cambio. Esta ambigüedad me resulta mucho más problemática que la propia propuesta. A veces hasta parece deliberada, pero no quiero pensar mal.

La querella que ha presentado en el juzgado la exedil popular de Móstoles contra el alcalde, Manuel Bautista, y el PP por acoso sexual y laboral, lesiones, coacciones, un delito contra la integridad moral y revelación de secretos, que desveló EL PAÍS el pasado viernes, tiene una segunda parte en la que ella refiere, en primera persona, lo que ocurrió después, cuando decidió recurrir al PP madrileño para pedir amparo ante lo que estaba sucediendo.
El PSOE regresa al vía crucis de la política doméstica después del “subidón de adrenalina” con el que uno de sus principales barones resume los dos días de la Cumbre para la Movilización Global Progresista en Barcelona. La tercera semana del juicio contra el exministro y exsecretario de Organización José Luis Ábalos volverá a enfrentar a los socialistas con los fantasmas de un pasado muy reciente que no terminan de espantar y con el horizonte sombrío de las elecciones andaluzas, donde el objetivo no es ganar, sino que Juan Manuel Moreno pierda la mayoría absoluta. Con ese panorama, la afluencia de referentes progresistas de los cuatro puntos cardinales, con el presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva a la cabeza, sirvió de bálsamo colectivo y para que Pedro Sánchez animase a “recuperar el orgullo” perdido. “Ya está bien de clavarnos cuchillos a nosotros mismos. Tenemos que ser optimistas, de lo contrario esto no va a tirar para arriba y así no remontaremos nunca”, porfiaba en la Fira de la ciudad condal una ministra.

La estrategia del PP de tratar de marcar distancias con el juicio del caso Kitchen se complica todavía más a partir de esta semana. El tribunal de la Audiencia Nacional que acoge la vista oral sobre la operación de espionaje activada en 2013 contra Luis Bárcenas, que comenzó a principios de abril, se prepara para interrogar el próximo jueves a Mariano Rajoy, presidente del Gobierno (2011-2018) y del partido conservador (2003-2018) durante los años en que el Ministerio del Interior desplegó una presunta trama para arrebatar al extesorero popular los documentos comprometedores que aún podía guardar sobre altos cargos de la formación. Entre ellos, del propio jefe del Ejecutivo. Es la tercera vez que Rajoy testifica en un proceso de esta dimensión: ya lo hizo en 2017 en la pieza principal del caso Gürtel, y en 2021 en la de los papeles de Bárcenas. En ambas ocasiones negó la caja b del PP, que los tribunales dan por probada.