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Vox es hoy un partido debilitado, lo que no quiere decir que sea un partido amortizado. La derrota de Viktor Orbán y los excesos de Donald Trump han situado a los de Santiago Abascal en un encaje internacional cada vez más incómodo. Mientras en Italia Giorgia Meloni ha sabido reaccionar ante los insultos de Trump al papa León XIV, en Vox la brújula se desimanta. A ello se suma un malestar interno cada vez menos disimulado y voces de algunos ex de prestigio como Iván Espinosa de los Monteros empiezan a impugnar, abiertamente, el rumbo del partido.
Héctor Gómez, 17 años, alto, delgado, 1,80 metros, viste una camiseta del equipo de fútbol del Paris Saint-Germain (más por imagen que por convicción). Tiene el pelo negro, con un corte que semeja al que llevaba hace tiempo el delantero del Barcelona Lamine Yamal; a su lado, descansa una mochila oscura de una marca que fue una diosa en la mitología. Es un gran estudiante, llegará a la EBAU —del 1 al 4 de junio— con una media de nueve sobre 10. Quiere ser ingeniero industrial P.A.R.S —grado de corte en la Universidad Politécnica de Madrid 2025/2026: 13,525, está vinculado con el máster—. Se ha formado en el colegio privado madrileño Ramón y Cajal. Desde luego, maneja la física básica. El tiempo es la relación entre la distancia y la velocidad. Quizá esa variable es la más importante para miles de chicos que se examinan en pocas semanas de la Selectividad (oficialmente, Prueba de Acceso a la Universidad, PAU) que quieren obtener el mayor partido al tic-tac del reloj. ¿Cómo hacerlo? Alumnos, profesores, neurocientíficos, psicólogos, expertos relatan la forma de apurar con éxito esas horas cada vez más finitas.
La Audiencia Provincial de A Coruña juzga estos días el caso de quien podría ser el afortunado con menos suerte del mundo. Se trata de un vecino del barrio coruñés de Monte Alto que selló en 2012 una Primitiva bendecida con 4,5 millones y nunca lo supo. Murió apenas dos años después de que aquel boleto se quedase en la administración de loterías del centro de la ciudad a la que acudió para comprobar si le había tocado algo. El tribunal deberá decidir si condena al lotero de ese establecimiento, Manuel Reija, por estafar a su cliente y apropiarse del resguardo para luego cobrar el premio. Con él se sienta en el banquillo su hermano Miguel, acusado de ayudarlo en el engaño aprovechando su cargo de delegado de Loterías del Estado en A Coruña y las brechas de un sistema que él conocía bien.
Isabel Díaz Ayuso lo gritó a los cuatro vientos y José Luis Martínez-Almeida lo hizo en silencio. El pasado octubre, el Gobierno central declaró como lugares de memoria democrática tres sitios en Madrid: la Real Casa de Correos, escenario de torturas en la dictadura; la tapia de los fusilamientos del cementerio de La Almudena, donde fueron ejecutadas por el régimen franquista miles de personas, entre ellas, las Trece Rosas; y la cárcel de Carabanchel. La presidenta de la Comunidad se opuso desde el primer momento y con severidad a que se señale con una placa el pasado del edificio de la sede de la Presidencia Autonómica ―recurrió a la Audiencia Nacional el reconocimiento―, lo que ha provocado numerosos choques con el Ejecutivo. Mientras, el Consistorio siguió la estela de Ayuso con el camposanto madrileño, pero sin que nadie se enterase y sin revuelo político.


Laia Bonet (Valls, 54 años) es la primera teniente de alcalde del Ayuntamiento de Barcelona. La mano derecha del alcalde Jaume Collboni es la responsable de las políticas de ecología, urbanismo y movilidad.

El 6 de octubre de 1970, el buque de perforación en aguas profundas Glomar Challenger regresó al puerto de Lisboa, Portugal, con un cargamento que cambiaría la historia. Durante su viaje de 54 días, el Challenger había perforado 28 agujeros en el fondo del mar Mediterráneo. Las muestras recuperadas apuntaban a una conclusión sorprendente: hace unos 6 millones de años, el mar se había convertido en un desierto: una vasta cuenca árida y salina de más de dos kilómetros de profundidad. Medio millón de años después, el océano Atlántico irrumpió por lo que hoy es el estrecho de Gibraltar y desató la mayor inundación de la historia.



Fatih Akin es lo más parecido que tiene Alemania a Pepito Grillo. El cineasta, nacido en Hamburgo hace 52 años, de familia turca, lleva décadas susurrando al oído de su país las cosas que están mal, los traumas que no han logrado superar y las huellas del pasado que atenazan sus decisiones en el presente. Desde que lograra la fama con su cuarto largometraje, Contra la pared (2004), Akin no ha levantado el pie del acelerador. Ha cambiado de géneros (thriller, infantil, drama histórico) y de formato (documental, ficción); sin embargo, no ha perdido la rabia, su pulcra forma de rodar, ni su potencia. Y todavía, cuando se apagan las luces de las salas, el público oirá su cuchicheo: “Así hemos llegado hasta aquí; así somos”.


Un sol sonriente que dice: “¿Nuclear? No, gracias”; los pañuelos blancos de las madres y abuelas de la Plaza de Mayo, y los verdes, símbolo de la lucha por el derecho al aborto en Argentina; una bandera con seis franjas: roja, naranja, amarilla, verde, azul y morada; una bata blanca con una pintada: “Sanidad pública”; una pancarta que exclama: “¡Manolo, la cena te la haces solo!”... Todos, símbolos reconocibles de movimientos sociales, algunos con muchas décadas de trayectoria. Estas reclamaciones forman parte de la historia, la que construyen los ciudadanos, no la que se escribe en los centros de poder, desde la oficialidad. Una memoria que merece ser guardada, cuidada, difundida y reconocida. Con estos objetivos, surge en 2021 en España el Archivo Histórico de los Movimientos Sociales (AHMS), aunque no es hasta 2025 cuando echa a andar con el nombramiento de su directora.


“Necesitamos ganar un título”, venía proclamando en público y en privado Diego Pablo Simeone durante los últimos meses. El sábado, en la sala de prensa del estadio de La Cartuja, con el dolor de la derrota en plena digestión, volvió a reiterarse cuando le demandaron que ejerciera, con uno de sus mensajes totémicos, de sanador y revitalizador del club, del vestuario y de los 25.000 hinchas rojiblancos desolados que asistieron a otra de esas tragedias que ya marcaron a fuego la historia del Atlético en otras finales pérdidas. “La gente no necesita mensajes, la gente necesita ganar”, zanjó con sequedad el preparador argentino.
De pronto un relámpago tremendo y feliz de la memoria en Sevilla: aparece en la televisión un hombre ya mayor en el palco del estadio de La Cartuja, parece que grabando con el móvil las celebraciones de los jugadores de la Real Sociedad. Conserva buen pelo y una mandíbula clásica, hollywoodiensemente dibujada, que no deja espacio a la duda: ese hombre alto y bien parecido es el responsable de que el portero de la Real, Unai Marrero, lleve la camiseta retro elegida para la final, responsable directo también de que la Real ganase la final de 1987 al Atlético y en los penaltis, responsable de que España llegase a la final de la Eurocopa en 1984 tras un torneo memorable empañado por una tragada en un disparo de Platini en la final; es, por encima de todo, un mito cuya fama en los 80 llegaba todas partes, y quien se ponía en la portería de cualquier colegio de España se exigía, también, el deber de ser él, el deber de ser Arconada.