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Vaya por delante que no voy a hablar ni de Bea Talegón ni de Bea Fanjul. Esta es una Bea a la que es probable que no conozcan. Esta Bea es el personaje que da título a un modesto cortometraje llamado Bea lo ve todo, dirigido en 2006 por un director y guionista entonces desconocido. Bea lo ve todo era uno de esos cortos rodados en vídeo que llegaban a los festivales en la época en la que los jurados recibían las propuestas en VHS (imaginen el volumen físico de la preselección). Llegué a él porque un director de cine —jurado, claro— me dijo que me quería poner un corto “malísimo”. “Una puta mierda”, me dijo. O algo así (era muy malhablado).
En Andalucía, pedir cita en la sanidad pública se ha convertido para muchos en un problema diario. Al escándalo de los cribados de cáncer de mama se suman la falta de pediatras, las operaciones que se retrasan y los médicos que se van. Aumenta la inversión pero ni las infraestructuras ni los pacientes lo notan. Y en plena precampaña electoral, la sanidad es ya el gran talón de Aquiles del Ejecutivo de Juan Manuel Moreno Bonilla.

Paz Padilla (Cádiz, 56 años) se muestra feliz, divertida ante la cámara, atenta con los periodistas y cercana con aquel que le dedica un segundo de su tiempo. Pero ese estado —en el que prima la emoción por la publicación de su nuevo libro, Alzar el duelo (HarperCollins Ibérica)— cambia en el instante en el que comienza la entrevista. El duelo, el recuerdo y los sentimientos florecen. También aparece Mari Paz, la persona que se esconde detrás del personaje y que en los últimos cinco años ha tenido que hacer frente a la pérdida de tres de las personas más importantes de su vida: su marido Antonio, su madre y su hermano Luis. “Sin darme cuenta, la gente me ha puesto como referente y me dice que el verme a mí superar mi duelo les ha ayudado a ellos”, asegura la presentadora de televisión.
Hay temporadas de series se distancian tanto temporalmente entre sí que desde el final de una y el comienzo de la siguiente, actores que eran prácticamente desconocidos pueden convertirse en estrellas. Es lo que ha sucedido con Euphoria, cuya tercera temporada acaba de llegar a HBO. Ni Sydney Sweeney ni Jacob Elordi tienen mucho que ver con los que se despidieron de sus personajes en 2022. Elordi es quizás el que más ha visto aumentar su fama, ya que, al contrario de lo que sucede con Sweeney, protagonista de un buen número de asuntos extracinematográficos, ha sido noticia por sus trabajos. El actor ha vuelto a su personaje de Nate Jacobs con una nominación al Oscar por Frankenstein, un trabajo que le llegó de carambola, ya que nunca estuvo en la mente de Guillermo del Toro para encarnar al monstruo creado por Mary Shelley. El director mexicano había apostado por Andrew Garfield. Buscaba desmarcarse de la representación habitual de la criatura y presentarla de una manera más humana y vulnerable. Una figura trágica en la que encajaba el actor de Spider-Man y Hasta el último hombre. El problema llegó cuando a Garfield se le solaparon proyectos a causa de la huelga de guionistas de 2023 y tuvo que abandonar el proyecto dos meses antes de comenzar a grabar.
Loles León (Barcelona, 75 años) es uno de los hilos invisibles que mantienen unidas las costuras de España. Vertebra a todas las generaciones y clases y se mueve con la misma soltura recitando textos de Bertolt Brecht y pegando gritos en La que se avecina. Para los más jovencitos es Menchu en la popular serie de Telecinco y la modernísima abuela de Padre no hay más que uno, la exitosa franquicia de Santiago Segura. Para los mayores es la eterna chica Almodóvar y Paloma en Aquí no hay quien viva. Lo ha hecho todo —teatro y cabaré, cine y televisión— y lo sigue haciendo. Ahora presenta el programa de variedades Zero dramas en La 2 y está grabando la temporada 17 de La que se avecina. El 9 de mayo estrena junto a Fran del Pino y Yeyo Bayeyo el espectáculo musical Qué ganas tengo en el Orgullo de Maspalomas. “Es un show de canciones para maricones que nos va a llevar por todos los Orgullos de España y de parte de Europa”, anuncia.
“Las aplicaciones de citas pueden ser solitarias y desmoralizantes; creo que es justo decir que a la mayoría de la gente no le gusta usarlas. Pero así es como se liga ahora. Quedarse completamente fuera de ellas puede suponer una sentencia de muerte para las citas”, asegura la periodista Annie Joy Williams en un artículo en el que habla de mujeres que han sido expulsadas de diferentes aplicaciones sin motivo aparente, sintiendo que tal cancelación implica una condena al ostracismo amoroso. Porque aunque se habla incesantemente de la fatiga del dating, y pese a que apps como Tinder o Bumble perdieron 17 millones de suscriptores en el segundo trimestre de 2024 (descendiendo además las descargas un 20% según The Economist), el primer estudio sobre percepción social del amor indica que un 25% de los españoles se ha abierto un perfil en una aplicación de citas. Zohran Mamdani conoció a su mujer en Hinge y desde Ben Affleck hasta millones de personas desconocidas han recurrido en alguna ocasión a esta manera de buscar el amor. El problema es que mucha gente cree que se ha habituado tanto a ligar ante la pantalla que ha perdido la capacidad de hacerlo cara a cara. Como hay quienes están acostumbrados a mostrar solo lo mejor de sí mismos en el mundo online, se genera una desconexión cuando intentan establecer relaciones auténticas fuera de internet.

Varias jóvenes se dan cita ante el portón cerrado de una escuela y posan, de espaldas o con los rostros cubiertos, enseñando sus libros de texto o las pantallas de sus teléfonos móviles durante una clase online. Segundos después, salen corriendo hasta perderse por las calles de Herat, en el oeste de Afganistán, temerosas de que lleguen los talibanes y terminen apaleadas y detenidas. “Es nuestra manera de protestar y de mostrar que seguimos intentando estudiar y aprender”, explica Soha, una de las jóvenes, pidiendo que su apellido no sea publicado.

En la franquicia John Wick, interpretada por Keanu Reeves, el actor encarna a un hombre oscuro, mercenario, justiciero, un asesino formidable que nunca deja vivo a su objetivo y al que, con terror, llaman Baba Yaga, que en la tradición rusa significa “aquel que reina sobre los bosques”. Devora niños y doncellas. A la vez, respeta a la naturaleza, de la que extrae sus dones mágicos. Es capaz de resucitar —como en la saga cinematográfica— de la muerte. “Los bosques rusos tienen tres veces más árboles que la galaxia que habitamos. Copan una quinta parte de los existentes en este orbe de agua y tierra”. Con estas frases arranca el ensayo The Oak and the Larch: A Forest History of Russia and Its Empires (el roble y el alerce: una historia del bosque ruso y sus imperios, 2026, editorial W. W. Norton & Company, sin traducción al español), en el que la profesora de Literatura Comparada de la Universidad de Cornell Sophie Pinkham ha examinado la relación entre Rusia y sus árboles.
Frente a libros trufados de autojustificaciones de elegantísima petulancia y sobreactuada equidistancia —pienso en La justicia amenazada, de Manuel Marchena—, el periodista Rafael Méndez practica la humildad descriptiva y conjetural de quien ha empezado a aprender algo y sabe que le faltan dos tercios del océano por explorar. Pero en lugar de esperar pacientemente a la era postantropocena para publicar sus hallazgos prefiere hacer camino al andar, como el otro santo varón, y hablar cuanto antes “de lo que no se habla”, como dice literalmente. Pese a la evidente exageración del título, que toma prestado de un artículo de Xavier Vidal-Folch, Los dueños del Estado ofrece múltiples argumentos para que el rótulo no sea solo un eslogan de márketing editorial sino un lujo genuinamente democrático.

Si hace unos días hablábamos de la broma que la compañía japones Capcom hacía a cuenta de la posible pertenencia de su nuevo juego, Pragmata, al universo Mega Man, una vez que el juego ha salido hay que reconocer que es de todo menos una broma: Pragmata es uno de los grandes juegos del año, una novedad excepcionalmente refrescante y una obra solidísima en lo narrativo que sabe innovar en lo mecánico. Un juego imprescindible, vaya.