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Uno de los aspectos más interesantes de las tertulias es que no se sabe cómo van a acabar. Aquella que se celebraba a mediados del siglo XX en una tienda de bicicletas de Bogotá terminó, por ejemplo, en la primera Vuelta a Colombia en Bicicleta. Casi nada. De repente uno de los tertulianos dice que se pueden unir los dos extremos del país recorriendo en bicicleta la distancia entre ambos puntos. Otro dice que, si le demuestran que es posible, se encarga de buscar la financiación y el apoyo necesario. Pero, ¿cómo se demuestra que es posible?. Pues como se demuestra el movimiento en el ciclismo: pedaleando. Así que para allá se fueron. Por caminos que ni tan siquiera el vehículo de apoyo pudo transitar, ascendiendo el Páramo de las letras, que alcanza 3.677 metros de altura y cuya cima se alcanza tras 80 kilómetros de subida por carretera. Lograron el apoyo del periódico El Tiempo y la historia de la prueba comenzó a andar. Hasta ahí, tal vez, un inicio como el de tantas y tantas grandes rondas. La principal diferencia es que todo esto sucedía en Colombia, un país en el que el ciclismo se convirtió en religión y fuente de orgullo nacional.
Si hasta hace no mucho los auriculares inalámbricos competían por conseguir la mejor calidad de audio, la mayor autonomía o el diseño más compacto, la última generación apuesta por incorporar capacidades complementarias a la reproducción de música. Hablamos de dispositivos que interpretan el entorno, procesan lenguaje en tiempo real y se adaptan activamente a lo que ocurre alrededor. Y hay especialmente dos tendencias que concentran esta evolución: la cancelación de ruido inteligente —cada vez más contextual— y la irrupción de la traducción simultánea integrada.
Han pasado 14 años desde que el PP congelara la carrera profesional sanitaria en Castilla-La Mancha. En 2012, el Gobierno de María Dolores de Cospedal adoptó esta decisión dentro de una oleada de recortes en los servicios públicos que la entonces presidenta regional justificó en la “ruinosa” herencia de su predecesor, José María Barreda. Recuperarla ha sido una reivindicación histórica de los sindicatos de la región y un objetivo del Ejecutivo del socialista Emiliano García-Page que, ha tardado, sin embargo, más de dos lustros en llegar. Este lunes, el Gobierno de Page y los sindicatos con representación en la Mesa Sectorial del Servicio de Salud de Castilla-La Mancha (SESCAM) rubricarán el preacuerdo alcanzado el pasado 14 de abril, apenas dos semanas después de que arrancaran las negociaciones y de varias protestas de los facultativos a las puertas de los hospitales.
Vaya por delante que no voy a hablar ni de Bea Talegón ni de Bea Fanjul. Esta es una Bea a la que es probable que no conozcan. Esta Bea es el personaje que da título a un modesto cortometraje llamado Bea lo ve todo, dirigido en 2006 por un director y guionista entonces desconocido. Bea lo ve todo era uno de esos cortos rodados en vídeo que llegaban a los festivales en la época en la que los jurados recibían las propuestas en VHS (imaginen el volumen físico de la preselección). Llegué a él porque un director de cine —jurado, claro— me dijo que me quería poner un corto “malísimo”. “Una puta mierda”, me dijo. O algo así (era muy malhablado).
En Andalucía, pedir cita en la sanidad pública se ha convertido para muchos en un problema diario. Al escándalo de los cribados de cáncer de mama se suman la falta de pediatras, las operaciones que se retrasan y los médicos que se van. Aumenta la inversión pero ni las infraestructuras ni los pacientes lo notan. Y en plena precampaña electoral, la sanidad es ya el gran talón de Aquiles del Ejecutivo de Juan Manuel Moreno Bonilla.
Loles León (Barcelona, 75 años) es uno de los hilos invisibles que mantienen unidas las costuras de España. Vertebra a todas las generaciones y clases y se mueve con la misma soltura recitando textos de Bertolt Brecht y pegando gritos en La que se avecina. Para los más jovencitos es Menchu en la popular serie de Telecinco y la modernísima abuela de Padre no hay más que uno, la exitosa franquicia de Santiago Segura. Para los mayores es la eterna chica Almodóvar y Paloma en Aquí no hay quien viva. Lo ha hecho todo —teatro y cabaré, cine y televisión— y lo sigue haciendo. Ahora presenta el programa de variedades Zero dramas en La 2 y está grabando la temporada 17 de La que se avecina. El 9 de mayo estrena junto a Fran del Pino y Yeyo Bayeyo el espectáculo musical Qué ganas tengo en el Orgullo de Maspalomas. “Es un show de canciones para maricones que nos va a llevar por todos los Orgullos de España y de parte de Europa”, anuncia.
Hay temporadas de series se distancian tanto temporalmente entre sí que desde el final de una y el comienzo de la siguiente, actores que eran prácticamente desconocidos pueden convertirse en estrellas. Es lo que ha sucedido con Euphoria, cuya tercera temporada acaba de llegar a HBO. Ni Sydney Sweeney ni Jacob Elordi tienen mucho que ver con los que se despidieron de sus personajes en 2022. Elordi es quizás el que más ha visto aumentar su fama, ya que, al contrario de lo que sucede con Sweeney, protagonista de un buen número de asuntos extracinematográficos, ha sido noticia por sus trabajos. El actor ha vuelto a su personaje de Nate Jacobs con una nominación al Oscar por Frankenstein, un trabajo que le llegó de carambola, ya que nunca estuvo en la mente de Guillermo del Toro para encarnar al monstruo creado por Mary Shelley. El director mexicano había apostado por Andrew Garfield. Buscaba desmarcarse de la representación habitual de la criatura y presentarla de una manera más humana y vulnerable. Una figura trágica en la que encajaba el actor de Spider-Man y Hasta el último hombre. El problema llegó cuando a Garfield se le solaparon proyectos a causa de la huelga de guionistas de 2023 y tuvo que abandonar el proyecto dos meses antes de comenzar a grabar.
“Las aplicaciones de citas pueden ser solitarias y desmoralizantes; creo que es justo decir que a la mayoría de la gente no le gusta usarlas. Pero así es como se liga ahora. Quedarse completamente fuera de ellas puede suponer una sentencia de muerte para las citas”, asegura la periodista Annie Joy Williams en un artículo en el que habla de mujeres que han sido expulsadas de diferentes aplicaciones sin motivo aparente, sintiendo que tal cancelación implica una condena al ostracismo amoroso. Porque aunque se habla incesantemente de la fatiga del dating, y pese a que apps como Tinder o Bumble perdieron 17 millones de suscriptores en el segundo trimestre de 2024 (descendiendo además las descargas un 20% según The Economist), el primer estudio sobre percepción social del amor indica que un 25% de los españoles se ha abierto un perfil en una aplicación de citas. Zohran Mamdani conoció a su mujer en Hinge y desde Ben Affleck hasta millones de personas desconocidas han recurrido en alguna ocasión a esta manera de buscar el amor. El problema es que mucha gente cree que se ha habituado tanto a ligar ante la pantalla que ha perdido la capacidad de hacerlo cara a cara. Como hay quienes están acostumbrados a mostrar solo lo mejor de sí mismos en el mundo online, se genera una desconexión cuando intentan establecer relaciones auténticas fuera de internet.

Paz Padilla (Cádiz, 56 años) se muestra feliz, divertida ante la cámara, atenta con los periodistas y cercana con aquel que le dedica un segundo de su tiempo. Pero ese estado —en el que prima la emoción por la publicación de su nuevo libro, Alzar el duelo (HarperCollins Ibérica)— cambia en el instante en el que comienza la entrevista. El duelo, el recuerdo y los sentimientos florecen. También aparece Mari Paz, la persona que se esconde detrás del personaje y que en los últimos cinco años ha tenido que hacer frente a la pérdida de tres de las personas más importantes de su vida: su marido Antonio, su madre y su hermano Luis. “Sin darme cuenta, la gente me ha puesto como referente y me dice que el verme a mí superar mi duelo les ha ayudado a ellos”, asegura la presentadora de televisión.

Varias jóvenes se dan cita ante el portón cerrado de una escuela y posan, de espaldas o con los rostros cubiertos, enseñando sus libros de texto o las pantallas de sus teléfonos móviles durante una clase online. Segundos después, salen corriendo hasta perderse por las calles de Herat, en el oeste de Afganistán, temerosas de que lleguen los talibanes y terminen apaleadas y detenidas. “Es nuestra manera de protestar y de mostrar que seguimos intentando estudiar y aprender”, explica Soha, una de las jóvenes, pidiendo que su apellido no sea publicado.
