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La provocación no siempre pasa por un desnudo inoportuno. A veces, solo tienes que hablar de un tipo que se recuperó de su alcoholismo y hoy es un conocido catador de vinos. Un testimonio como ese genera más incomodidad que una fotopolla. ¿Qué hacemos con el relato del adicto recuperado que debe renunciar a toda una vida asociada a la droga? En el campo de las adicciones estamos demasiado acostumbrados a las historias sencillas, casi pedagógicas: Fulanito tocó fondo, entró en desintoxicación y hoy es una persona nueva. Nos vuelve locos ese “antes y después”. Lo entiendo, son historias fáciles de digerir porque delimitan muy bien el peligro y ofrecen una salida conocida. La incomodidad se nos presenta cuando alguien se sale de ese camino.

Es de noche, está oscuro y Dara, Saoirse y Robyn siguen en un lugar llamado Knockdara, suerte de Twin Peaks de la campiña weird irlandesa, en el que el atractivo mecánico que recoge tu coche después de que casi te mates en un accidente más o menos provocado por el marido de tu vieja mejor amiga es también agente de policía. En realidad, sólo hay tres agentes de policía en Knockdara. También hay una señora que limpia la morgue, un country bar repleto de siniestras imitadoras de Dolly Parton, un único hotel sin habitaciones disponibles —pero con desvanes en los que poder instalar camas de tres en tres— y una familia que se hace fotografías caminando de perfil, con un brazo en el hombro de quien tiene al lado, y mirando a la cámara. El folkie noir de Lisa McGee, la creadora de Derry Girls, Cómo llegar al cielo desde Belfast (Netflix) es una pequeña obra maestra.

El gran peligro que asumen los bancos al prestar dinero es que no se lo devuelvan; por eso deben contar con unos colchones de capital capaces de absorber las pérdidas potenciales. Con el objetivo de reducir esas exigencias, ligadas al riesgo de impago, las entidades suelen vender a otros inversores parte de su cartera de créditos. Pero en los últimos tiempos esta operativa ha mutado. Ahora, en lugar de vender los préstamos, utilizan derivados que simulan un traspaso real. El Banco Internacional de Pagos (BIS, por sus siglas en inglés), el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Central Europeo (BCE) han hecho saltar las alarmas ante la opacidad de los inversores que asumen el riesgo mediante este sistema.


Las universidades públicas madrileñas no tienen tiempo que perder, no. En un año en el que hay más estudiantes de Medicina matriculados en universidades privadas, pagando una media de 20.000 euros anuales, que en universidades públicas, el tiempo se agotó. Cuando Madrid sigue siendo la comunidad con el profesorado peor pagado, con tasas de temporalidad que doblan las del maltrecho sector hostelero, con las matrículas más altas, con menos becas por estudiante, que menos invierte en ciencia, que más talento expulsa, cuando todo eso ocurre en la comunidad más rica de España y en una de las más ricas de Europa, y cuando pese a esa asfixia una única universidad madrileña, la Complutense, produce más tesis doctorales que 46 universidades privadas, todas las de España, juntas, entonces se puede decir, sí, que el tiempo se ha acabado. Se acabó en realidad hace mucho tiempo, pero cristaliza hoy con la caída de una consejería casi al completo.
En la buena dirección, pero pendiente de mejoras. Es el mensaje que el Consejo de Transparencia y Protección de Datos de Andalucía ha transmitido al Gobierno regional (PP) sobre las garantías y salvaguardas que da a los 738.502 alumnos menores de edad, 43.2020 profesores y 2.676 centros escolares cuyos perfiles guarda la multinacional Google a través de su plataforma educativa virtual Workplace for Education. Durante cinco años el Ejecutivo andaluz ha vulnerado la protección de datos de los estudiantes no universitarios y docentes al incumplir el Reglamento General de Protección de Datos europeo (RGPD), por lo que recibió seis sanciones. Ahora prepara el terreno y diseña el nuevo convenio que firmará el próximo noviembre con el gigante tecnológico para evitar más reprimendas y cumplir la ley.
La pesadilla del tertuliano es el tiempo. Un cronómetro que no le indica, sino más bien le ordena, que tiene menos de medio minuto para resumir una idea. Un sujeto con predicado que resuma cualquier asunto. Los accidentes de trenes ayer, la dana de antesdeayer, el burka de hace un cuarto de hora. La pesadilla del tertuliano es el tiempo y el bálsamo son los lugares comunes. El aborto siempre es un asunto “complejo y con muchas aristas”, dirán aquellos que no saben muy bien de qué lado toca ponerse esta vez. Estamos hablando de un asunto muy “delicado”, dirán cuando toque hablar de agresiones sexuales. Y delicada es una blusa de seda, no una violación.
Su nombre es historia viva de la moda. Cindy Crawford logró acabar con algunas reglas no escritas de una industria reacia a grandes cambios y es de las pocas que ha logrado imponerse al edadismo en un sector que ignora a las mujeres cuando van cumpliendo años. Este viernes, 20 de febrero, celebra sus 60 compaginando su trabajo como modelo con su faceta de empresaria al frente de la marca cosmética Meaningful Beauty, orientada a mujeres más maduras.
Spotify arrancó el año con un movimiento de calado. El 1 de enero, su histórico consejero delegado, el sueco Daniel Elk, dejaba su puesto para pasar a ser presidente de la compañía. El puesto de mando ejecutivo lo ocupan ahora los anteriores copresidentes, Alex Norström y Gustav Söderström. El relevo llega en un momento delicado, algunos dirían que incluso paradójico, para el gigante de la música en streaming. Y es que la maquinaria del negocio sigue bien engrasada, pero el mercado desconfía de que pueda seguir avanzando al ritmo actual a medio y largo plazo.

Al convertirse en madre, la periodista y escritora Chelsea Conaboy (Rhode Island, 43 años) descubrió que muchas de las creencias que tenía asumidas sobre la maternidad no coincidían con lo que realmente estaba viviendo. En las primeras semanas, el peso de la preocupación y la culpa cayeron sobre ella sin previo aviso. También una especie de niebla mental. Después, cuando se reincorporó a su trabajo como redactora a los cuatro meses de dar a luz, comenzó a hacerse preguntas mientras aprovechaba sus estancias en el baño para sacarse leche: quería entender científicamente qué estaba pasando en su cerebro y por qué se sentía diferente.
Al final de la nueva película de Jafar Panahi, Un simple accidente, el protagonista, Vahid, ha secuestrado a su antiguo torturador a sueldo del Gobierno y lo ha atado a un árbol. Vahid y varios amigos suyos que también sufrieron torturas a manos del prisionero permanecen fuera de cámara. Oímos a Vahid gritarle al cautivo, que tiene los ojos vendados: “¿De qué querías vengarte? ¡No éramos más que unos trabajadores pobres que reclamábamos nuestros derechos!”. El torturador, interpretado por Ebrahim Azizi, pasa, en cuestión de minutos, de negar los hechos sin mucha convicción a mostrarse arrogante y, por fin, a derrumbarse del todo. El clímax dramático es qué van a hacer Vahid y sus compañeros con este hombre que los torturó y les destrozó totalmente la vida.