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¿Es más rico, rico del todo, un estadounidense o un europeo? ¿Está Europa empobreciéndose tanto como hemos oído últimamente? Si torturas bien una estadística, acabará confesando lo que quieras. El debate sobre la brecha de productividad y riqueza que separa a Estados Unidos y Europa ha quedado salpicado en cierta medida por el espíritu de este viejo chiste de economistas. Porque, sin necesidad de mentir en los datos, hay cálculos que favorecen unas conclusiones frente a otras.

Cualquier guionista medianamente apañado podría convertir la vida del director ejecutivo de IMAX en una película sobre el manido sueño americano. La historia de Richard Gelfond (Nueva York, 1955) es el epítome del hombre de negocios hecho a sí mismo, una de esas historias capaces de enamorar a Hollywood y a Wall Street a partes iguales. Comenzó limpiando zapatos de niño y ahora se codea con el director y los actores del momento. El éxito en taquilla de La odisea, de Christopher Nolan, rodada íntegramente con cámaras de cine IMAX, ha disparado los ingresos de la compañía al frente de la que lleva 30 años y la ha vuelto a poner en boca de todos en un momento en el que se explora su venta.
Las costas de Ceuta y Marruecos han dejado en unos pocos días decenas de cadáveres para el triste cementerio del mar Mediterráneo. Ceuta tocó campanas de alerta el 27 de julio, después de una semana en la que sus playas tenían bañistas de día e inmigrantes al amanecer. Las travesías nocturnas de los flotadores, escasos kilómetros y muchas horas de nado, habían dejado ya en la arena a más de 1.000 personas, náufragos de la miseria, la violencia y la falta de libertades. Los inmigrantes besaban la tierra española y entraban en busca de auxilio. Se hablaba entonces de cuatro muertos en siete días. Las cifras serían tan confusas como inmisericordes a partir de entonces. El jueves 30, se desató el pandemónium: más de 60.000 personas entraron en aluvión caminando por la costa marroquí hasta la española. Solo el espigón que hace frontera entre ambos países se adentraba amenazador hacia el mar, pero la marea baja dejaba las rocas a la vista y propiciaba la escalada sin necesidad de flotadores. Hasta quienes no sabían nadar corrieron hacia allí. Quienes vieron la avalancha lo reviven con horror. “Uno se agarraba a la roca, el otro al que se había agarrado primero, y el siguiente al anterior. Y se iban hundiendo. Algunos nos bajamos al agua para ayudar a subir a quienes ya no tenían fuerzas”, dice un funcionario que estuvo allí y no quiere dar su nombre. La ciudad ha instalado cámaras frigoríficas para 200 cadáveres. Y los bañistas han vuelto ya bajo sus sombrillas.


“Si veis estas escaleras, vuestro sueño se habrá cumplido”. Así reza un mensaje difundido esta semana en TikTok, antes de ser borrado para siempre, que mostraba un vídeo con imágenes de Ceuta. Marruecos ha seguido de cerca el éxodo de decenas de miles de jóvenes alentado desde las redes sociales por voces anónimas. “Estoy desesperado, no encuentro mi lugar en Marruecos. No hay sitio aquí para mí. Los mensajes que recibí en la pantalla me llevaron hasta Ceuta, pero he tenido que regresar”, confesaba Ahmed, un joven desempleado de 23 años, este sábado en Castillejos. Hacia el mediodía del jueves, el eco de los post que le convocaban a acudir a Ceuta retumbaba en las redes. “La frontera española está abierta y se puede pasar sin papeles”, fue la consigna general recibida por Ahmed y que movilizó a una marea juvenil por las carreteras del norte del país magrebí en una avalancha migratoria sin precedentes.
Un nuevo fantasma recorre Europa y esta vez se llama inmigración. Sobre él cabalga la rampante derechización del continente. Y ante él, Pedro Sánchez, el único socialdemócrata al mando de uno de los grandes países de los 27, se ve cada vez más solo, como ha evidenciado la crisis de Ceuta con sus imágenes de una oleada humana que han impresionado a todo el planeta. Pero, muy en su estilo, el presidente español no rehúye la batalla. Como prueba, la carta que envió este sábado a Bruselas denunciando el “egoísmo” de algunos de sus socios europeos.
Lo primero que se ve cuando se visita la cuenta de Donald Trump en su red social, Truth, es una publicación fija en la que agradece al rey de Marruecos, Mohamed VI, que le haya puesto su nombre a una autopista kilométrica que conecta el sur del país con el Sáhara Occidental. No es un mensaje más. Lleva una semana encabezando el resto de publicaciones del presidente estadounidense en la plataforma social que creó para dar rienda suelta a sus pensamientos verborreicos.

La llegada de 50.000 personas a Ceuta provenientes de Marruecos ante la pasividad de las autoridades de este país ha sido un asalto inaceptable a la soberanía española que merece una respuesta firme y unitaria. El balance humano es trágico: 67 muertos. La inmensa mayoría de los que en los días anteriores saltaron irregularmente la frontera ya se han marchado y esta celeridad en la resolución de la crisis es la buena noticia de unos hechos que han dejado al descubierto la vulnerabilidad de las fronteras nacionales ante las coacciones de un vecino y una alarmante división de Europa. Ha fallado la anticipación ante una afluencia descontrolada de inmigrantes que el Gobierno no vio venir y para la que no estaba preparado. Ha fallado también la UE, donde algunos gobiernos han aprovechado para lanzar reproches a un socio sometido a una tensión máxima, en vez de mostrar solidaridad ante lo que es un ataque al conjunto del mayor bloque democrático del mundo. La lista de errores es larga y obligará a una revisión detallada de las decisiones políticas y las estrategias diplomáticas, pero todo esto no puede ocultar la responsabilidad primordial de Marruecos. Porque no es aceptable el uso de la inmigración en una de las fronteras más desiguales del mundo para presionar u obtener beneficios políticos. No es así cómo se comporta con sus amigos un país que pretende ser considerado fiable y previsible.

Imaginen la escena. 7 de agosto de 2014. Una patrullera de la Guardia Civil divisa un grupo de embarcaciones —dos yates y tres motos de agua—en actitud sospechosa a dos millas del cabo ceutí de Punta Almina. El brigada que va al mando pide a sus ocupantes que se identifiquen. Uno de ellos se quita las gafas oscuras y le pregunta: ¿no sabe quién soy? Se trata nada más y nada menos que de Mohamed VI. El guardia civil le dice que de acuerdo, pero que tiene que informar a sus superiores. El rey de Marruecos, mientras tanto, llama a Felipe VI, quien a su vez telefonea al presidente Mariano Rajoy, y este al ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, aquel que acaba de ser juzgado por la supuesta operación policial clandestina para espiar a Luis Bárcenas. Durante una hora –vuelvan a imaginarse la escena, ese cruce de miradas en medio del mar entre el rey de Marruecos y un concienzudo brigada de la Guardia Civil—, las llamadas se suceden de abajo arriba y de arriba abajo. Finalmente, el agente deja irse a Mohamed VI y a sus amigos, y unos días después el ministro del Partido Popular acude a Tetuán y se deshace en excusas ante su homólogo marroquí.
La inmigración es la herida por donde siempre sangra la unidad europea. Será también lo que impida que algún día pueda llegar a hacerse realidad. Por lo visto estos dos últimos días, sus enemigos no han podido recibir mejor regalo que esta ficción de una invasión, excursión más bien, de varias decenas de miles de jóvenes marroquíes hacia Ceuta. Todos los dirigentes de la UE que alzaron la voz eran conscientes de que no iba a afectarlos. Sabían de sobra que quienes hubieran entrado ilegalmente en nuestra ciudad norafricana todavía tenían que franquear otra frontera para llegar a la Península antes de acceder al resto de la UE. Nula afectación, insisto. Pero las imágenes eran demasiado tentadoras para no regodearse. En ellas encontraron la representación más gráfica de la pesadilla que el nacionalpopulismo propaga por doquier, para martillear con el discurso del miedo: “¡Nos invaden! Esto no es más que el anticipo de lo que nos espera”. ¿Qué mejor oportunidad también para meter en vereda a los díscolos de las fuertes restricciones migratorias como Sánchez?
¿Ha sido esta otra crisis geopolítica? La entrada de decenas de miles de migrantes a Ceuta desde la frontera con Marruecos es un ejemplo claro de instrumentalización de la inmigración; una herramienta más de la caja de amenazas híbridas, que incluye la desinformación, el sabotaje de infraestructuras críticas o la interferencia en procesos electorales.