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En los chats privados, miembros del PP han hecho circular como la pólvora las imágenes de las viviendas de Alberto González Amador puestas a la venta en Idealista y en la página web de la inmobiliaria Gilmar. Nadie entiende cómo el novio de la presidenta, objeto de investigación por el importante crecimiento de su patrimonio en los últimos años y un posible fraude fiscal por el que va a ser juzgado, ha podido ser tan “negligente” a la hora de subir las fotos de los anuncios. En ellas aparecen los vestidos y zapatos que ha usado Isabel Díaz Ayuso en grandes ocasiones, fácilmente identificables, y hasta una toalla bordada con su nombre, por si quedaba alguna duda. De una de las paredes cuelga un diploma otorgado a Amador por parte de una asociación dedicada a la exhibición de aviones históricos. “¿Se puede ser más descuidado?”, se preguntan con desconcierto en el Partido Popular. Esa perplejidad ha alcanzado incluso al núcleo duro de la presidenta, que esta vez encuentra pocos elementos de defensa a favor del empresario.
En las colinas boscosas del condado de Frederick (Maryland), se yergue Camp David, considerada la residencia de descanso del presidente de Estados Unidos, bautizada coloquialmente como Shangri-La por el presidente Roosevelt. A Donald Trump nunca le ha gustado el refugio de montaña, que tiene algo de místico en la escenografía estadounidense; prefiere su mansión de Mar-a-Lago (Florida), decorada con un estilo neoclásico recargado y repleto de apliques dorados. Sin embargo, este viernes celebró una insólita reunión televisada en abierto de su gabinete en Camp David. Rodeado de todo su equipo de gobierno, el presidente estadounidense pronunció un discurso que pareció un mitin electoral.
Nueva York lleva unas semanas de infarto. La ciudad ha encadenado en mes y medio la primera victoria en medio siglo de su equipo de baloncesto, los Knicks; la organización del Mundial que ganó España y la boda de Taylor Swift con Travis Kelce. Además, ha vivido fenómenos extremos como una ola de calor histórica y una nube de humo negra procedente de cientos de incendios de Canadá.

El director de EL PAÍS, Jan Martínez Ahrens, ha nombrado a María Sánchez Díez (Madrid, 42 años) como responsable de la edición de EL PAÍS en Estados Unidos, con categoría de subdirectora. Licenciada en Periodismo por la Universidad Carlos III, becaria Fulbright y del Tow-Knight Center de CUNY (la Universidad de la Ciudad de Nueva York), Sánchez Díez se incorpora al diario después de trabajar los últimos cinco años en The New York Times, donde ejercía como editora senior de narrativas digitales desarrollando innovadoras historias con las Redacciones de Nueva York, Washington, San Francisco, Londres y Seúl.

Rosarín me pidió que no la olvidara y yo la había olvidado. Rosarín tiene 88 años, está casi ciega y vive sola. La conozco desde que a los diecisiete años esperaba a mi novia en el portal de ese edificio de protección oficial franquista en el que vive. Antes la fachada tenía una placa vieja con yugos y flechas. Ahora tiene otra placa que, traducida, viene a decir: la democracia ya no hace pisos sociales para gente humilde pero condena la dictadura. Más o menos.
Mujer, soltera, 39 años, formación superior y contrato indefinido. Sin hijos, no por elección, sino porque el sistema jamás me dio la estabilidad para planteármelo. Sin vivienda en propiedad, porque sin capacidad de ahorro, la entrada de un piso es una quimera; y cada actualización de mi alquiler supone el riesgo de quedarme sin techo. Hoy el Gobierno anuncia nuevas ayudas para jóvenes y se vuelven a olvidar de nuestra generación. Somos los que encajamos la crisis de 2008 recién graduados, los que encadenamos años de precariedad laboral y el relevo de los baby boomers. Quedamos sistemáticamente fuera de unas políticas sociales que no solucionan nada: solo ponen parches a problemas estructurales que terminarán por dejarnos a todos en la calle. La próxima campaña de la renta será la última en la que pueda deducirme parte del alquiler por edad. Después, para la Administración, me volveré invisible. Es hora dejar atrás las medidas cosméticas y de blindar de una vez por todas el derecho de todos a una vivienda digna y accesible.
La gigantesca Cruz de Lorena, tótem sagrado de los franceses que resistieron a la ocupación nazi durante la Segunda Guerra Mundial, asoma al final de la carretera que atraviesa campos de trigo y viñedos en Champagne. Al fondo, la pequeña Colombey Deux-Églises, 700 habitantes a 260 kilómetros de París, la diminuta patria del inmenso general Charles De Gaulle (1890-1970), la única capaz de rivalizar con su obsesivo e incondicional amor a Francia.
Un vecino de La Puebla de Valverde, en el sur de Teruel, se encontró mientras paseaba un día de octubre una escena macabra: cuatro gatos aparentemente abatidos y tirados cerca del centro del pueblo. El hombre no dejó pasar este hallazgo y avisó a la patrulla de la Guardia Civil más cercana. Los agentes comprobaron que, a simple vista, se podía decir que habían muerto por arma de fuego. Tampoco ellos dejaron pasar el asunto. Lejos de eso, comenzó en ese punto una concienzuda investigación que incluyó análisis de la escena del crimen, estudio de las balas en el laboratorio de criminalística y autopsia de las víctimas. Se puso en marcha todo el mecanismo necesario para dar con el autor del gaticidio.