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La portavoz de Vox en la Asamblea de Madrid, Isabel Pérez Moñino, se quejó el pasado 19 de febrero en la cámara regional de que “jóvenes como Fran y Bea, jóvenes españoles, nacidos en Madrid, de padres españoles que trabajan y pagan impuestos para sostener Madrid” no vean nunca sus nombres en la lista de beneficiarios de vivienda pública. “Les voy a leer los nombres de algunas personas que sí se han llevado una vivienda pública en un municipio hace muy poquito en Madrid”, anunció. Y empezó a leer: “Kamal, Michael Dan, Peter Favio, Andrea Olguta, Monsef, Danitza, Hicham, Jasminka, Intisar, Nelson Moise, Walter, Hafida”. “Estas personas no tienen la culpa”, agregó, “de estar pasando por delante de Fran y Bea y de tantos españoles a la hora de acceder a una vivienda pública. Por cierto, también pasan por delante en las listas de espera en sanidad, en la guardería, en las ayudas directas a la maternidad o al alquiler. Los culpables son ustedes que promueven que Fran y Bea sean discriminados en su propio país para beneficiar a los que acaban de llegar”.
El asesinato de Rocío Wanninkhof dejó un reguero de víctimas. Además de la joven, que tenía 19 años cuando fue apuñalada por Tony Alexander King en 1999, su familia y allegados; o Sonia Carabantes, a la que King mató en 2003. Sin embargo, hubo una persona que fue víctima de una persecución mediática, de una cacería social, de odio y deshumanización. Se trata de Dolores Vázquez, falsamente inculpada en la muerte de Wanninkhof, juzgada y encarcelada por ello. “Dolores Vázquez fue señalada y condenada por pura lesbofobia”, resume Beatriz Gimeno, autora del libro La construcción de la lesbiana perversa (Gedisa, 2008). “Tenía coartada, no había ninguna prueba en su contra, y los indicios que usaron para inculparla bien eran inventados, bien estaban basados en la lgtbifobia”, prosigue, “además, todo ello permitió que el auténtico culpable, cuya autoría era bastante más evidente, saliera del foco y años después matara a otra chica [Carabantes]”.



Las dos primeras potencias del planeta planean la conquista del lugar más hostil donde hayan estado los humanos. Es el polo sur de la Luna, una zona inexplorada en cuyos cráteres reina la noche perpetua y la temperatura cae a 200 grados bajo cero. Afuera, en las zonas iluminadas por un sol que apenas se levanta del horizonte, el termómetro puede superar los 50 grados. Para poder vivir en un sitio así, hace falta energía nuclear, y Estados Unidos quiere ser el primero en llevarla al satélite, antes que China, su máximo rival.


La madrugada, a veces, hace tomar malas decisiones. Un hombre que pasaba por delante del conocido establecimiento Toni 2 una noche de agosto de 2022 tomó una que resultó ser bastante desacertada. El individuo, que entonces tenía 32 años, vio a otro fumando a las puertas del piano bar y le pegó un puñetazo “sin mediar palabra”, como recoge la sentencia en el relato de los hechos. Ese gesto absurdo, que hirió a la víctima en la boca y provocó que tuviera que someterse a un procedimiento quirúrgico, le ha costado al agresor 20.000 euros.
Alemania se ha propuesto tener en un futuro próximo el ejercito convencional más fuerte de la Unión Europea (UE), con un gasto militar superior al de cualquier otro socio y unas fuerzas armadas que podrían acercarse al medio millón de soldados. Lo anunció la semana pasada el ministro de Defensa, el socialdemócrata Boris Pistorius. La noticia podría ser motivo de alarma para los socios europeos, dada el rastro de destrucción y crimen que en el siglo XX dejó en la historia el militarismo alemán. Pero en el siglo XXI, y ante amenazas del todo distintas, no hay razones para que sea así. Si Europa aspira a independizarse de Estados Unidos, y si quiere prepararse ante el acoso ruso en el flanco oriental, no hay otra alternativa que reconocer que la primera potencia económica, el país central en el continente y el más poblado debe asumir sus responsabilidades.
En tiempos de incertidumbre, cuando el ruido domina la conversación pública y la política parece reducirse a consignas, hay algo profundamente disruptivo en volver a hablar de valores. No de cualquier forma ni desde la nostalgia, sino como una propuesta consciente, moderna y necesaria. Frente a una ola reaccionaria que se alimenta del miedo, la simplificación y la confrontación, las fuerzas progresistas tienen ante sí un reto que va más allá de la gestión: recuperar el lenguaje moral.

Fue quizá Susie Wiles la primera que lo entendió. La actual jefa de gabinete de Trump y directora de su tercera campaña electoral se dio cuenta de algo aparentemente contraintuitivo. En las dos primeras campañas electorales de Trump, en 2016 y en 2020, su equipo, asesores y allegados se la pasaban intentando contener su parte más impresentable, luchando para que inhibiera sus instintos y haciendo control de daños.
Recuerdo la primera vez que fui a México y la emoción que sentí al visitar la tumba de Luis Cernuda en el Cementerio de San Ángel. Llevé unas violetas como él había hecho al visitar el sepulcro de Larra en uno de sus poemas más emocionantes: “Escribir en España no es llorar, es morir / porque muere la inspiración envuelta en humo”. Volví a esos recuerdos en la entrega del Premio Cervantes con las intervenciones de Gonzalo Celorio y del ministro Ernest Urtasun. Con la fuerza conmovedora de la narrativa, Gonzalo habló de la muerte de su padre para salir después a caminar por el mundo de la literatura, la sociedad y las relaciones insustituibles entre España y México. Con la energía de su sentido político, Urtasun recordó el exilio español, la solidaridad de Lázaro Cárdenas y el encuentro de la escritora Elena Garro con Luis Cernuda en Valencia durante la Guerra Civil. Cuando le comentó que estaba casada con el poeta Octavio Paz, Cernuda respondió que él era también poeta.
En la política, como en la vida, la impaciencia es una mala compañera para las decisiones. Si un político quiere negociar con otro y expresa un gran interés en que el acuerdo sea rápido, su interlocutor ganará poder en la negociación. Solo hay que esperar a que el primero se desespere a medida que pasa el tiempo para conseguir un acuerdo más ventajoso. Donald Trump, sin ir más lejos, ha sido víctima de su impaciencia en diferentes ocasiones. Anunció que acabaría con la guerra de Ucrania “en un día” y que la de Irán terminaría “muy pronto”. Obviamente, Putin y los líderes iraníes tomaron nota de su ventaja.
No sé si fue a Stendhal o a Alberto Olmos, pero a alguien le leí que cuando dos escritores se juntan solo hablan de dinero. Y es cierto, salvo si esos escritores son de derechas. Cuando intelectuales o columnistas conservadores se reúnen, además de dinero, suelen debatir con afectada gravedad qué es lo que debería hacer la verdadera izquierda. Y añoran, ellos dicen que con sincera melancolía, la desaparición de la socialdemocracia.