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Un enorme y ya descolorido póster electoral del ministro de Finanzas, Bezalel Smotrich, recibe al visitante tras atravesar el portón de seguridad de la colonia israelí de Efrat, en Cisjordania. El gesto sonriente y confiado del líder ultraderechista choca con el semblante preocupado de los habitantes de este asentamiento cuando salen a relucir los resultados de las elecciones legislativas del martes.


Está en todas partes. La mediocridad premium es un fantasma que recorre el planeta e impregna todos los nichos de consumo concebibles en la actual etapa del capitalismo tardío, de la hostelería a los espectáculos pasando por la oferta cultural, la moda, la salud, la belleza o los viajes.
Benjamín Netanyahu se ha lanzado a deslegitimar el proceso electoral israelí, es decir, la democracia que él mismo lidera, con una acusación de injerencia que no solo refleja su ya conocida tendencia a cuestionar las instituciones cuando estas no le benefician, sino su desprecio hacia el 20% de la población israelí que es de origen árabe y que en esta ocasión ha votado en masa. Lo hace después de perder la mayoría parlamentaria en las elecciones celebradas el martes y ante un escenario en el que los partidos árabes israelíes, con un resultado histórico, se han convertido en el potencial árbitro político del país.

Cuando los estadounidenses voten en las elecciones de mitad de mandato del 3 de noviembre, los europeos esperarán con inquietud los resultados. Es comprensible que, después de casi dos años de abusos del Gobierno de Trump, estén ansiosos por un cambio de rumbo. Un buen resultado de los demócratas transmitirá una señal política importante, incluido el deseo de mejorar las relaciones con los aliados hoy menospreciados. Sin embargo, los europeos harían bien en moderar sus expectativas sobre los cambios que va a haber en la práctica, porque se tardará tiempo en reparar el daño causado.

Los contornos de la batalla política europea en su superaño electoral van dilucidándose. El ciclo arrancará con las elecciones generales en España en noviembre de 2026 y se cerrará, previsiblemente, con las italianas en diciembre de 2027, si Giorgia Meloni no las anticipa. Entre tanto, habrá votado la mitad de la población europea en sus principales estados miembros salvo Alemania, si Friedrich Merz resiste. La discusión sobre la idea de Europa se estructurará en torno a, por un lado, las fuerzas políticas de centro europeísta y, por el otro, a los partidos de la contestación patriótica, cuyo proyecto para el futuro de la UE es la repatriación de poderes hacia las capitales nacionales.
Hay que espectacularizar la realidad y todo tiene que ser entretenimiento banal y frívolo, incluso obsceno. Y en campaña electoral epatar es lo que importa: hacerse viral, llegar al votante indiferente y al rezagado. Entiendo que la comunicación manda pero ¿no creen ustedes, señoras y señores de la izquierda posmoguay, ecopija y deconstructora, no creen que se están pasando tres pueblos? Mientras las calles arden pidiendo techo, después de ocho años en los que a pesar de tocar algo de poder, aunque fuera de modo tangencial, no derogaron la reforma laboral de Rajoy ni su ley mordaza, ni hicieron nada que cambiara el problema de la vivienda, habiendo destruido la cohesión del feminismo español suplantándolo por una feria de identidades, mientras los trabajadores (rebautizados por ustedes como los de “abajo” o “de la mierda”, expresión que usa Gabriel Rufián para hablar de sí mismo cuando era pobre y currante) sienten sobre el cuello la bota de un sistema que explota cada minuto de su existencia, mientras todo esto pasa, ¿de verdad creen que lo mejor es hablarles a los españoles de comer coños y comer culos? Que no digo yo que el tema no tenga su relevancia pero, señora Montero, ¿acaso va a promulgar usted una ley para que los hombres aprendan el muy noble arte del cunnilingus?
Ganó Luiz Inácio Lula da Silva en la segunda vuelta de las elecciones de Brasil cuando nadie lo esperaba, y la remontada tuvo tintes épicos. Consiguió lo más difícil, movilizar a los más perezosos y convencer a los indecisos para que le dieran su voto. En esa batalla tuvo una gran importancia la campaña por redes sociales, destinada a llegar a los más jóvenes y que estuvo en manos de un también joven “general”, tal como lo llamó Lula el domingo al valorar su victoria: André Janones, diputado y antiguo cobrador de autobús. Se dedicó a dirigir un ejército de colaboradores para inundar la esfera digital con un torrente de mensajes a favor de Lula hasta el punto de romper la burbuja de la izquierda y llegar a otra gente. También, y un poco a la vieja manera, colaboraron para que Lula ganara unos cuantos músicos. Caetano Veloso, Gilberto Gil, Chico Buarque y Geraldo Azevedo grabaron una canción que defendía las políticas sociales y ambientales del legendario político y que contenía el eslogan Bora, Lula. Con ese vamos, Lula, dale, Lula, respondían haciendo un juego de palabras al Fora Lula que abanderó su adversario, Flávio Bolsonaro. Y, por lo que se ve, fueron más convincentes.

Con un saldo insoportable de vidas rotas, la tragedia ferroviaria de Toledo nos devuelve de golpe a la más cruda realidad: no podemos normalizar que viajar en transporte público se convierta en un acto de fe frente a fallos evitables y cadenas de negligencias. Confiamos en una red que, ante la primera brecha, delega toda la responsabilidad en el factor humano bajo presiones incomprensibles. La modernidad de un país no se mide solo por la velocidad de sus trenes, sino por la firmeza con la que prioriza la seguridad por encima de cualquier urgencia operativa. Exigir transparencia y responsabilidades hasta el final no es solo una deuda con las víctimas y sus familias, sino la única manera de rescatar la confianza en unas infraestructuras públicas que hoy nos duelen en el alma.
Hope es un espectáculo bestial. En este caso, de trepidante y furiosa acción ante la amenaza aniquiladora de unos seres muy extraños. El título no hace alusión a ninguna esperanza, sino al nombre del pueblo que un día amanece literalmente patas arriba cuando una fuerza ingobernable lo destruye todo. La primera hora de Hope, que empieza con el jefe de policía local a pocos kilómetros del pueblo examinando a una res destrozada por las garras de un animal desconocido, es una delirante persecución sin respiro dentro del laberinto de calles, tiendas, oficinas y mercados del pueblo destruido. Un ejemplo asombroso del arte del exceso.
Dirección: Na Hong-jin.
Intérpretes: Hwang Jung-min, Jo In-sung, Hoyeon, Michael Fassbender, Alicia Vikander.
Género: ciencia ficción. Corea del Sur, 2026.
Duración: 160 minutos.
Estreno: 30 de octubre.