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Los carteles se amontonan uno encima del otro en los tablones que hay alrededor de la Plaça Major de Badia del Vallès (Barcelona, 13.000 habitantes). Los hay del No a la guerra, de citas célebres de autores literarios e incluso denuncias sociales. Pero los vecinos comentan uno que llama a la población a acudir el sábado delante del Ayuntamiento para participar en el rodaje de una película sobre el municipio. “¡Huy si hay para contar!“, dice Carmen. Solo el nacimiento de Badia ya es peculiar. El municipio fue proyectado en la década de 1960 en el Instituto de la Vivienda franquista como una zona exclusivamente de vivienda de protección oficial (VPO) que debía para solventar la crisis habitacional que sufría el área de Barcelona. La localidad, a unos 12 kilómetros de la capital catalana, acaba de festejar que hace medio siglo llegaron sus primeros vecinos. Esos 50 años, sin embargo, debían suponer otro hito. Badia debía haber dejado atrás el pasado 6 de febrero de 2026 su pasado de polígono de VPO al liberar las últimas 1.216 viviendas protegidas que quedaban tras un proceso de descalificación que arrancó en 2023. Pero un mes antes, la Generalitat decidió que esos pisos iban a seguir siendo protegidos —y, por tanto, sin posibilidad de venderse a precio de mercado— al hallarse en zona una tensionada por la crisis de la vivienda, lo cual ha puesto a los vecinos en pie de guerra.
Se hace de noche en Long Beach, la playa que bordea Georgetown, la capital de Isla de Ascensión. En la orilla, algo se mueve. Una masa oscura y enorme emerge del oleaje con una lentitud que parece deliberada. Es una hembra de tortuga verde (Chelonia mydas), que puede llegar a medir 1,3 metros y pesar más de 150 kilos de peso, y que acaba de cruzar 2.300 kilómetros de océano abierto desde las costas de Brasil. Ha tardado seis semanas. En el camino no ha comido nada. Está volviendo a la misma playa en la que nació. Y ahora tiene un trabajo que hacer.

El 28 de abril de 2025 amaneció soleado y con temperaturas templadas en toda la península Ibérica. La demanda prevista de electricidad era reducida, unos 26 gigavatios (GW), y la oferta de generación más que suficiente para cubrirla. Nada hacía presagiar que, a partir de las 12.32, ajenos a lo que pudiera haber ocurrido, millones de consumidores se dirigirían al cuadro eléctrico de sus casas para comprobar el automático pues se habían quedado sin luz. El caos en el transporte no tardó en aparecer: muchos pasajeros se vieron atrapados en trenes sin suministro eléctrico o en vehículos que no podían avanzar ante semáforos apagados. Las industrias pararon su producción y la inmensa mayoría de los negocios tuvo que echar el cierre. Para mayor asombro de los usuarios, también los teléfonos móviles y los equipos informáticos dejaron de funcionar.
“Lo que más nos cuesta es delegar”, responden Jack McCollough (Tokio, 47 años) y Lazaro Hernandez (Miami, 46). Lo dicen casi al unísono y sin pensar cuando se les pregunta cómo ha cambiado su vida desde que son directores creativos de Loewe. Durante más de dos décadas, el dúo creativo tomó sus propias decisiones sin apenas contar con la opinión de terceros. Desde la pasada primavera lideran un emblema de la artesanía con centenares de empleados, entre artesanos, diseñadores, gestores, productores…, “y hay que decidir sobre cualquier pequeño detalle y dejar que los equipos también decidan, claro, porque al final muchos llevan más tiempo aquí que nosotros. Todo es más rápido y, a la vez, los procesos son más lentos, porque implican a mucha más gente”, explica McCoullough. Han tenido tanto trabajo desde que llegaron a París que les ha llevado casi ocho meses encontrar una casa. “Sabemos cuándo llegamos a la oficina pero nunca cuándo vamos a salir. Y solemos llegar temprano, ¿eh? Pero estamos disfrutando, porque es todo nuevo para nosotros”, dice Hernandez. Por ahora, no echan de menos Nueva York, aunque París tenga poco que ver con Fort Greene, el residencial pero moderno barrio de Brooklyn donde han vivido desde hace más de una década. “Los dos estábamos en un punto de cambio. Sabíamos que había llegado el momento de dar un paso diferente en nuestras vidas y se presentó esta oportunidad. Nos lo pensamos, por supuesto, pero nos lanzamos”, apunta Hernandez.
Pablo Sáez.
Juan Cebrián.
Andrey Sebaoun & Sebastien Bascle (Calliste Agency).
Beauïse Genç (Platform).
Jussi Vuorenlehto.
Cristina Serrano.
Giulia Bona & Pedro Aguilar de Dios (CAP Dept).
Federico Vinocur.
Paula Alcalde.
Alexandre Gimenez.

Lorenzo Mariani (61 años, Roma) no ha conocido otro oficio que el de la defensa. Tras más de tres décadas entre cazas, misiles y radares navales, acaba de alcanzar el puesto más alto de Leonardo, el gigante italiano de la aeronáutica, la electrónica militar y los sistemas de seguridad. Sin embargo, su nombramiento como consejero delegado, que deberá pasar por la junta de accionistas del 7 de mayo, ha irritado a no pocas figuras de la política italiana, sobre todo porque llega para relevar a Roberto Cingolani, un antecesor que en tres años quintuplicó el valor bursátil de la compañía. Mariani es, en la expresión de la prensa italiana, un prodotto interno de la galaxia Finmeccanica-Leonardo. Hijo de Aureliano, sanitario, y de Concetta Vicari, farmacéutica, creció en un entorno de clase media-alta profesional. Desde 1997 está casado con Alessandra Balzani. Ingeniero electrónico de formación, se licenció con la máxima calificación en 1990 por La Sapienza de Roma con una tesis sobre procesamiento de datos radar vía satélite. Un año después cumplió un breve periodo como oficial en la marina militar. En 2008 completó un máster en gestión y tecnología en el Imperial College London.
Cumplió el servicio militar como oficial de la Marina en Livorno, en el Instituto Mariteleradar. Se licenció primero de su promoción, tras especializarse en electrónica aplicada a la navegación y la defensa.
Los tiroteos nunca se vuelven costumbre. Pero en Estados Unidos, su terrible recurrencia —en escuelas, centros comerciales, en medio de debates en universidades— atormenta silenciosamente a toda la población. Incluido el hombre más protegido del país, el presidente Donald Trump. Los disparos que este sábado obligaron a evacuar temporalmente la Cena de Corresponsales en Washington, la primera a la que acudía Trump, marcan el tercer intento de atentado contra él en menos de dos años.
Cuando el 27 de febrero pasado Susan Wilkerson volvió de hacer los recados, no encontró a su marido, el ingeniero astronáutico y general retirado del ejército William McCasland, en su casa de Albuquerque (Nuevo México). Sí estaban sus gafas de ver y su teléfono. Faltaban su cartera, el revólver del .38 y las botas de monte. Han pasado 58 días, y sigue sin haber rastro de él.

“Lo que más nos impactó al entrar”, recuerda a EL PAÍS la inspectora de la Policía Nacional que coordinó la redada contra la secta La Chaparra, “fue el mural de Peter Pan en la habitación del líder. Ocupaba toda la pared detrás de la cama. Era duro imaginarse a los niños allí...”.

Los detalles de la negociación entre el PP y Vox en Extremadura y Aragón permanecen bajo siete llaves porque todavía pervive el pacto de silencio entre ambos partidos, enfrascados aún en sacar adelante un tercer acuerdo, el de Castilla y León. Pero durante semanas Génova insistió en que las conversaciones no estaban atascadas en ningún escollo programático, sino que el retraso obedecía solo a una estrategia de dilación de Vox. Así que la controvertida “prioridad nacional” que ha aparecido en los acuerdos no supuso un gran tira y afloja, aunque en el PP aseguran que Vox sí pretendía una “redacción diferente” de la que se plasmó en el texto. La dirección del PP aceptó incorporar un marco conceptual identitario que procede de la extrema derecha francesa, convencida de que “es una cesión barata” a Vox, insisten en Génova. Fuera del núcleo duro, sin embargo, se utilizan otros calificativos, como “sapo” o “trampa” de Vox. “Nos han colado un gol”, se escucha también en el PP sobre el último límite que los conservadores han desdibujado con la extrema derecha.

Aulas medio vacías. Cada vez con más estudiantes que aparecen apenas en fechas muy señaladas por el profesor o ya ni esto. Lo que hasta hace unos años era un problema puntual vinculado a dificultades económicas o necesidad de compaginar trabajo y estudios se está convirtiendo en una constante en las universidades. Un alarmante porcentaje de alumnos va a clase poco o muy poco. Un estudio de la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB) hecho público esta semana ha puesto cifras al problema: en algunas asignaturas se alcanza hasta el 60% de inasistencia. Entre la falta de interés y la imposibilidad de asistir hay una amplia gama de factores que explican esta tendencia, que se afianzó tras la pandemia.