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España ha obtenido un resultado desastroso en el Informe PISA, la mayor evaluación educativa del mundo. Pero el batacazo no ha sido igual para todos los alumnos. Si se les divide en cuatro niveles en función del perfil socioeconómico y cultural de la familia a la que pertenecen, el mayor hundimiento lo protagonizan los más ricos. Y no se trata de una diferencia menor. En lectura, el grupo de chavales más acomodado pierde 33 puntos respecto a la anterior edición de PISA, el doble de lo que empeoran los estudiantes de las otras clases sociales. De forma orientativa, la OCDE, responsable de la prueba, estima que 20 puntos equivalen a un curso académico de diferencia. En matemáticas, pierden 24,2 puntos -más del doble que los más vulnerables-. Y en ciencias, retroceden 12, cuando el cuartil anterior, el tercero, avanza 2,7 puntos. Ello no impide que los estudiantes más acomodados sigan siendo los que mejor resultado obtienen.
Madrid, Castilla y León y Asturias son las tres comunidades autónomas que mejores resultados obtienen en el Informe PISA, publicado este martes. Ello no quiere decir que no hayan sufrido. PISA calcula que 20 puntos de diferencia equivalen aproximadamente a lo que se aprende en un curso escolar. Y Madrid ha perdido 27 puntos en lectura respecto a la edición anterior, publicada hace tres años. Castilla y León 27 en matemáticas. Y Asturias, 26 en ambas competencias. Las tres se dejan más puntos que el promedio de las comunidades autónomas. Pero como estaban muy por encima de la media, ese colchón les ha permitido seguir ocupando los primeros lugares. Algunas características que les benefician educativamente coinciden, pero cada una tiene sus particularidades. Estas son las claves.

Los alumnos españoles son, con los de Malta, los que más usan la IA del mundo desarrollado para estudiar. Y no parece mejorar sus resultados. Hay un grupo de países donde el Informe PISA sí observa una asociación entre su uso y un mayor rendimiento en la prueba. Pero son solo 8 de 43 que forman parte de la OCDE o la UE, y España no está entre ellos. La gran evaluación internacional observa, en general, lo contrario: “Un uso más intensivo de la inteligencia artificial aparece asociado a un menor rendimiento”. Los cinco países donde los chavales menos usan la inteligencia artificial para fines escolares (Japón, Irlanda, Reino Unido, Finlandia y Canadá) figuran entre los 10 con mejores resultados en casi todas las competencias que evalúa PISA: matemáticas, lectura y ciencias.
Los alumnos españoles sacaron este martes la peor nota de su historia en el Informe PISA. Los resultados se sitúan en su nivel más bajo desde que el examen internacional comenzó a publicarse hace 26 años. Pese a su valor como termómetro, los expertos en educación disienten de su trascendencia para calibrar el estado del sistema educativo de España.
En enero de 2020, Javier Marías se planteó recoger en un volumen una serie de textos que estaban dispersos en publicaciones periódicas, en obras editadas en otras lenguas, que eran de difícil acceso o que, por algún motivo, seguían inéditos. De todo ese material, en ‘Aquí me paro’ (Alfaguara), a la venta mañana jueves, aparecen 66 textos redactados entre los años 2001 y 2020. Los lectores de Javier Marías descubrirán al hombre que recupera recuerdos, al pensador literario, al cinéfilo entusiasta y al apasionado del fútbol. El que se reproduce a continuación, ‘Escribir un poco más’, es un encargo de la editorial Bloomsbury en 2015 por el IV centenario de la muerte de Shakespeare.
La moda ha sucumbido al “efecto de la zapatilla roja”. Y no se trata solo de una tendencia, que también, sino de una especie de proyección personal. Según la sociología del lujo, en entornos gobernados por la rigidez del código de estilo, los que se atreven a saltarse la etiqueta cambian su imagen de inmediato: un calzado inesperado, según esta fascinante teoría, te convierte ante los demás en alguien con la suficiente autonomía, poder o capital social como para permitirte el lujo de no tener la necesidad de encajar. ¿Será por eso que las zapatillas rojas están por todas partes?
El Santo Oficio de la Polarización ha dictaminado que la tragedia de Ceuta solo puede definirse de dos maneras excluyentes entre sí. Según se sitúe quien habla a uno u otro lado del muro, dirá que es un ataque y una violación de la integridad territorial de España, como Pedro Sánchez dijo al principio, o una crisis humanitaria, como el mismo (¿el mismo?) Pedro Sánchez dijo después en el Congreso.
A principios de mes, el banco central de los Países Bajos comunicó que había trasladado 78 toneladas de reservas de oro que mantenía custodiadas en la Reserva Federal de Nueva York —y otras ocho que mantenía en Canadá— a Londres para reforzar su preparación ante posibles crisis y mejorar la capacidad de vender o movilizar rápidamente las reservas en caso de emergencia. No es el único banco que ha tomado una decisión así. A principios de año el Banco de Francia anunció que durante los seis meses anteriores había ido vendiendo las 129 toneladas de oro que todavía mantenía en la Reserva de Nueva York y con ese dinero había comprado una cantidad similar de oro en Europa, que pasaba a quedar bajo su propia custodia en París.
De los desastrosos resultados del informe PISA sobre el nivel de los alumnos españoles, me gusta pensar que los adultos que hoy les van a reñir en los medios lo harán con artículos escritos por la IA. Es decir: habrán mandado al servicio doméstico digital a echarles la bronca a esos pequeños vagos analfabetos. No yo, pero no por falta de ganas. Con esto no quiero eximir a los alumnos, sino más bien extender la culpa: son hijos de su tiempo, y es un tiempo construido y fomentado por adultos. Nunca, por ejemplo, habíamos leído tantas palabras y al mismo tiempo habíamos leído tan poco: WhatsApp, TikTok, Google, titulares, subtítulos, chats, tuits, pies de foto de Instagram; podemos pasar medio día leyendo sin levantar un solo cimiento de arquitectura mental. De alguna perversa manera, hemos confundido con euforia la alfabetización con tener textos delante. Es una cuestión política de peso: durante años la conversación educativa ha girado sobre qué enseñar (esos estúpidos vaivenes políticos que producen leyes de educación estragadas) cuando el asunto relevante ya parece ser si alguien está listo para aprenderlo. Pueden discutirse currículos, deberes o memoria: si una persona, ya no digo un niño, no aguanta 15 minutos de complejidad intelectual, el debate está por encima del problema. Otro cambio más delicado: la deslegitimación del esfuerzo. Los jóvenes —y esta es una observación de boomer también afectado—, se han acostumbrado a gratificaciones instantáneas. Entre desear algo y tenerlo pasa muy poco tiempo: eso ha perjudicado gravemente la paciencia. Así que el aprendizaje conduce a la melancolía, y el sistema no ayuda: entre tus estudios y su recompensa, si la hay, pasa a veces una vida. Recuerdo una frase de Fernando Savater: la educación sirve para que los niños conozcan las alternativas que existen a los prejuicios de sus padres. Y a la dinámica de una sociedad dirigida por tecnológicas que compiten por evitar que estés demasiado tiempo haciendo una sola cosa. Quizá la escuela podría convertirse en el lugar donde no funciona el resto del mundo. Un sitio donde aún haya silencio, concentración y cosas que no se pueden scrollear.