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Mientras se estrecha el estrecho de Ormuz, el precio de la gasolina de 95 octanos supera al caviar beluga, las bolsas hacen sus montañas rusas, la burbuja inmobiliaria sube más que la Artemis 2 y la sombra de la inflación amenaza con helar la primavera, algunos de los mejores estrenos de series coinciden en el tema de la tiesura. Vienen las novedades cargadas de personajes carpantescos, sin suelo donde caerse muertos ni techo bajo el que morirse del asco. Pobres que se resignan a su pobreza o ricos convertidos en pobres que necesitan aparentar que siguen siendo ricos. O tipos que van tirando, al día, caminando de puntillas sobre el filo del abismo sin caer nunca en él, pero sin dar tampoco el salto tierra adentro que los salve de la caída.
Mientras que TVE ha dejado pasar cuatro meses para programar una serie en prime time, desde enero y hasta mediados de abril la corporación pública siempre ha tenido en emisión al menos un talent show de famosos compitiendo. Y La 1 ya anuncia otro de estos concursos: la segunda edición de Maestros de la costura Celebrity será el tercer programa de este tipo que la pública estrene en 2026. Además, está en el horno MasterChef Legends, segunda oportunidad para famosos que no ganaron. Este tipo de entretenimiento ha sido hasta ahora punto estratégico para la dirección con el objetivo de competir como iguales ante las privadas, pero ¿ha funcionado en audiencia? ¿Ha merecido la pena centrarse tanto en ver a famosos como Belén Esteban haciendo cosas?

Probablemente, Sean Hepburn Ferrer (Lucerna, Suiza, 65 años) tenga razón en esas palabras que repite a todo el que quiera escucharle. Tanto que ahora las ha dejado por escrito, negro sobre blanco, en un libro: “[Mi madre] Nunca me hizo sentir como el hijo de una estrella de cine”. Su madre era nada menos que Audrey Hepburn, estrella de la era dorada de Hollywood, icono de estilo, adorada princesa del cine y reina de la cultura popular. Pero el hijo mayor de la actriz está muy lejos del oropel de la industria. Y eso que, durante la larga videollamada desde la buhardilla de su casa de Florencia, Ferrer recuerda y paladea un poquito de su vida más cercana al mundo del cine, de las calles a sus restaurantes favoritos de Los Ángeles. “Ese tailandés cruzando Cahuenga...”, rememora. El hijo de la ganadora del Oscar y del actor y director Mel Ferrer vivió 25 años en la ciudad californiana, entre la gestión del legado materno y su profesión como guionista y supervisor de guiones de cine. Ahora reside en Italia, sin trazas de regresar a un país que, en este momento, desprecia políticamente. Afirma que a su querida madre tampoco le gustaría, ni de lejos. “Diría: ‘Basta, he visto bastante’. Es inaceptable”.
Más de 100 días después del ataque de Estados Unidos a Venezuela, que propició la captura de Nicolás Maduro y su sustitución por Delcy Rodríguez, el país ofrece una imagen que durante años pareció inalcanzable: cierta apertura económica, señales de reactivación, instituciones que empiezan a moverse, menos miedo inmediato. Todo eso debe reconocerse, pero conlleva una advertencia: el trayecto hacia la normalidad no puede confundirse con el destino de una democracia. Sin un calendario rápido para unas elecciones libres, el peligro es que el régimen se eternice bajo otros nombres y ropajes.

La joven ha vuelto a casa y le ha contado a su madre que al ir a sentarse en el autobús ha visto cómo la señora de al lado se aferraba a su bolso. La joven llegó a España desde un país africano cuando era bebé, hoy es una brillante estudiante universitaria. No parece darle mayor importancia a la anécdota, pero su madre no puede evitar preguntarse si la actitud despreocupada de su hija no es consecuencia de estar acostumbrada a este tipo de situaciones. Sus amigas suelen decirle que no la ven negra, que la ven como una más entre ellas, ¿blanca? Con esto desean demostrarle que la quieren; pero ella es negra y así quiere ser amada. Negra y esbelta, tanto, que quienes la miran piensan, por qué no se hace modelo, y a veces se lo dicen, podrías ser modelo. Nadie está libre de expandir estereotipos, nadie está libre de albergar unas gotitas de racismo en la sangre. Seguramente, la buena señora que agarró su bolso en el autobús lo hizo como un acto reflejo. En España pensábamos que los racistas estaban en Estados Unidos, no se nos pasaba por la cabeza considerar que apenas teníamos inmigración extranjera. Nuestro racismo doméstico se mostraba con los compatriotas del sur, pero a eso se le llamaba clasismo. También creíamos que incluso los estadounidenses habían desterrado el racismo tras el supuesto fin de la segregación. Veíamos en el cine de Hollywood la épica del ocaso de la esclavitud, de la violencia del sur que parecía acabar con la marcha hacia Washington y asumíamos el final feliz. Tuvieron que llegar Baldwin, bell Hooks, Ta-Nehisi Coates y otros para explicarnos qué sigue significando ser negro en Estados Unidos. Ahora es el latino quien permite que el supremacismo blanco renueve su razón de existir.
Un día llegaron los marcianos y dominaron el mundo en cuestión de días. Antes habían estado observándonos para conocer nuestras costumbres y que el primer contacto no fuera problemático. Así que usaron la ley del más fuerte, que les pareció una forma estupenda de arreglar las cosas. No obstante, hubo objeciones y uno de los gobernantes indígenas más llamativos, porque era grandón, naranja y con el pelo rubio, así como los de otros países que decían ser más importantes, por ser más ricos, alegaron que debían respetarse los derechos humanos. Los marcianos se quedaron perplejos. Habían oído hablar de ello, pero desde fuera les había parecido una cuestión menor. Se podía matar a un montón de gente sin mayor problema o incluso hacer desaparecer en una noche una civilización. Además, ellos no eran humanos, no se sentían obligados. Normal que un humano sí, pero ellos no. Entonces estos terrícolas que se habían erigido en portavoces de la humanidad cambiaron de estrategia, precisaron que ellos merecían cierta prioridad, aunque los marcianos no entendían por qué. Los humanos les parecían todos iguales, pero por lo visto entre ellos se distinguían. Contaron que había países y que los suyos en concreto eran distintos y mejores. ¿Países? Es que hemos dividido el suelo con rayas, les explicaron. Los marcianos sacaron sus imágenes de la Tierra captadas desde el espacio profundo, pero no veían nada, y cuando les explicaron que eran líneas imaginarias, no reales, entendieron todavía menos.

“El desarme de la Alemania de posguerra fue una sobrecorrección por la que Europa está pagando hoy un precio elevado. La castración de posguerra de Alemania y Japón debe ser deshecha”. La frase no la firma un nostálgico de la extrema derecha europea. Es una de las tesis de The Technological Republic, libro publicado en febrero de 2025 por Alexander Karp, CEO de Palantir, empresa estadounidense que provee buena parte del software con el que se construye hoy el rearme europeo. Tiene contratos con Alemania y el Reino Unido, opera infraestructura en Ucrania y colabora estratégicamente con Israel. Un mes después, Jürgen Habermas publicaba un llamamiento sobre el rearme europeo. No era un texto pacifista (él no lo fue nunca), pero formulaba la pregunta más exigente que un filósofo podía hacerse ante lo que se anunciaba: qué sería de una Europa con el Estado más poblado y más poderoso económicamente siendo, además, una potencia militar muy superior a todos sus vecinos, todo esto sin integrar en una constitución supranacional la sujeción a una política exterior y de defensa europea común ligada a decisiones mayoritarias.
De todas las sentencias, escritas o atribuidas a Antonio Gramsci, tal vez la más acorde a este tiempo en la economía mundial es aquella que decía: “El viejo mundo se muere, el nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos”. Estos son muchos y diversos. El mundo afronta una difícil transición entre el fin de la hegemonía del ideario neoliberal, identificado de forma más o menos precisa con aquel llamado Consenso de Washington, y un nuevo modelo que no acaba de configurarse. En el entreacto, han asomado los monstruos, un golpe al orden global que había regido desde la Segunda Guerra Mundial. Un grupo de economistas ha construido ahora una alternativa, que abraza al mismo tiempo el comercio global y a los sindicatos, que apoya el control de los déficits públicos pero resalta el papel del Estado en el capitalismo. Lo han llamado, con toda la intención, el Consenso de Londres.

Fue una Nochevieja de pesadilla. Yankuba Jaiteh, de 26 años, no la olvidará jamás. Iba en un cayuco que zarpó de Jinak (Gambia), con unas 250 personas a bordo, bajo el resplandor lejano de los fuegos artificiales de Banjul y que, una media hora después, chocaba contra un banco de arena. “Volcamos. La gasolina, mezclada con agua, nos abrasaba la piel. Sacamos nuestros teléfonos y empezamos a pedir ayuda. Pero tardaron horas en llegar, muchas mujeres y niños fallecieron ahogados”, asegura. En total sobrevivieron 94 personas que trataban de llegar a Canarias. El mar vomitó decenas de cadáveres, otros desaparecieron para siempre. En los últimos siete años, decenas de tragedias como esta han sobrecogido a Gambia, que se ha convertido en el principal punto de salida de cayucos hacia las islas españolas.


