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La llegada a Ceuta de miles de personas procedentes de Marruecos se ha llamado durante estas semanas en la política y en la comunicación “ataque híbrido”. Pero ¿híbrido de qué?
El Informe PISA no es el fracaso de los estudiantes; es el fracaso colectivo de los adultos. Son ellos quienes educan a los niños y adolescentes, y les proyectan el sinsentido de la superproductividad que abruma la vida. Los niños no leen porque los padres han dejado de hacerlo. Los niños miran el móvil porque los adultos viven pegados a él, por ocio u oficio. Los niños son incapaces de lidiar con las frustraciones porque los adultos no les ofrecen las herramientas. Es mejor exigirle al profesor que indagar en cuestiones familiares. Estas requieren tiempo, y los adultos “sobreviven” a una vida exhausta. Hace un tiempo, asistí como docente a una charla en la que la pedagoga Mar Romera dijo: “Los adultos están malitos. Los niños están malos” Los resultados de PISA son el reflejo de una sociedad decadente, donde la falta de comprensión ya enseñó la manita en las urnas alemanas.
Las bebidas energéticas no se consumen por placer. No se sirven en una copa de balón, con hielos y pajita, no se sorben con lentitud gozosa. En el imaginario colectivo, se toman directamente de la lata, frente al ordenador, mientras se hace otra cosa. Más que una bebida son una poción, un brebaje que promete convertirnos en una versión más rápida y eficiente de nosotros mismos. Tienen sabores químicos y nombres absurdos como Focuss Passionate, Absolutely Zero o Lando Norris Zero Sugar edición limitada dorada. Llevan años arrasando entre los hombres jóvenes. Y ahora empiezan a dar el salto al resto de la sociedad.

Francia ha vivido el verano más caluroso de su historia. Desde mayo ha encadenado olas de calor que han elevado la temperatura hasta rozar los 43 grados en un país que no está preparado para el calor extremo, especialmente en la parte norte. “Francia se está convirtiendo en España”, lanzó el ministro de Trabajo, Jean-Pierre Farandou (Burdeos, 69 años), el pasado junio. “Pero en Madrid, con 40 grados, la sociedad sigue funcionando”, subraya tres meses después en su despacho, durante una entrevista con EL PAÍS.

Las penas para los autores de los incendios forestales son duras. El Código Penal prevé condenas de entre 10 y 20 años de cárcel cuando el fuego pone en peligro la vida o la integridad física de las personas. Pero son pocos los incendios provocados, bien de forma intencionada o por imprudencias o accidentes, que llegan a juicio, porque son casos difíciles de demostrar. Se cometen generalmente en extensas zonas forestales y, aun cuando se logre dar con el presunto autor, hay que reunir pruebas suficientes para sostener la acusación ante un tribunal.

El arzobispo de Barcelona, Juan José Omella, trasladó a una presunta víctima de abusos mayor de edad sus dudas sobre un cura que, apenas dos meses después, acabaría siendo detenido por pederastia: “Siempre me ha quedado un interrogante no resuelto sobre este sacerdote”, reconoció sobre el párroco Jorge Alexander P. El cardenal Omella expresó su preocupación durante una entrevista que, en septiembre de 2024, mantuvo con un joven que había sufrido tocamientos por parte de ese mismo cura en el pasado. La víctima, J., ya había puesto en conocimiento del cardenal los abusos sufridos en marzo de 2022. Pero Omella entendió que solo le había manifestado una “confidencia” y despachó el caso como un “asunto moral”, sin adoptar medidas contra el sacerdote, más allá de derivarlo a un psicólogo.
El silbido de los vientos de montaña resuena por las frías callejuelas de Kibber, un remoto pueblo en Spiti, un desierto frío de gran altitud situado en el Himalaya indio, a más de 1.600 kilómetros de Nueva Delhi. Es una mañana de principios de abril. En el patio de la escuela del pueblo, un grupo de niños juega al críquet. Cerca de allí, con las montañas nevadas como telón de fondo, las mujeres del pueblo inspeccionan sus campos de cultivo, fríos y áridos. Una de las mujeres, Chhering Lanzom, cuenta que lleva toda su vida dedicándose a la agricultura en Kibber, mientras quita la hierba seca del suelo para prepararlo para su labranza.

Elena del Rivero se quejaba de que desde sus ventanas no podía ver el cielo: se lo tapaba la Torre Sur del World Trade Center, a solo unos pasos de su casa-taller en Nueva York. Pero el 11 de septiembre de 2001 todo cambió. Para el mundo en general y para ella en concreto. Para el mundo, porque los ataques yihadistas contra el corazón de Estados Unidos inauguraron un tiempo de dolor e incertidumbre. Para ella, porque su mundo se vino abajo. Desde entonces, se ha dedicado a documentar la herida que dejaron esos ataques. La vista al cielo, eso sí, quedó despejada desde su vivienda.


Es muy difícil no empatizar con el dolorido ejercicio memorial que Arnau Fernández Pasalodós (Barcelona, 1995) y sus interlocutores despliegan en la suma de reportajes que conforman el ensayo ¿Mató tu bisabuelo al mío?, un título inspirado en una columna de Sergio del Molino. El personal punto de partida de su investigación está inscrito en su propia biografía. En el Archivo del Juzgado Togado Militar número 32 de Zaragoza, este historiador leyó la Causa 2441-9 donde se conserva la documentación oficial que hasta cierto punto permite reconstruir el episodio fundacional de un viejo y profundo dolor transmitido en su familia, generación tras generación, desde sus abuelos hasta él: el asesinato en enero de 1948 de su bisabuelo —Manuel Sesé Mur— a manos de dos agentes de la policía franquista. Lo que en los papeles oficiales se petrificó como una reacción defensiva ante un presunto intento de fuga debió ser, en realidad, un frío acto represivo para acabar con uno de los focos guerrilleros que combatían contra la dictadura.

La noche del 20 de noviembre de 2017, Ian Russell estaba viendo la televisión con su familia después de haber pasado un día normal en su vida normal. Cuando todos se fueron a dormir, el padre hizo lo que hacía siempre: se aseguró de que las puertas y ventanas de su casa en Harrow, al noroeste de Londres, estuvieran bien cerradas, que todo estuviera tranquilo. Así creía proteger a sus hijas, que dormían en sus cuartos. Al día siguiente apareció el cadáver de Molly, de 14 años, que se acababa de quitar la vida. La familia no entendía cómo había ocurrido, puesto que no habían detectado comportamientos extraños.