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Para los barceloneses, el conflicto entre la Sagrada Familia y sus vecinos de enfrente no es nuevo. El desacuerdo aparece de manera cíclica cada vez que la finalización del templo acecha: las edificaciones habitadas deberían ser expropiadas y demolidas para encajar la gran escalinata y la amplia avenida previstas en algunos planos.



Las siete jornadas de la vista oral celebrada desde el 28 de mayo en la Audiencia Provincial de Badajoz para juzgar si David Sánchez, hermano del presidente del Gobierno, fue contratado de manera irregular por la diputación pacense, se pueden resumir en los pocos segundos que duró el cruce de reproches entre el abogado Juan José Torres, defensor del exlíder del PSOE extremeño Miguel Ángel Gallardo y también acusado, y el teniente coronel Antonio Balas, el alto mando de la Unidad Central Operativa (UCO) de la Guardia Civil que se encargó de las pesquisas que han sentado a 11 personas en el banquillo, entre ellos el familiar de Pedro Sánchez y el político socialista. Torres preguntó al teniente coronel si habían encontrado “algún correo más relevante” que los esgrimidos para afirmar que el puesto de alta dirección adjudicado a David Sánchez en el organismo público en 2017 estaba “predeterminado” para él cuando se creó unos meses antes y que la “responsabilidad máxima” de todo ello era de Gallardo. “¿Le parece poco?”, fue la respuesta del guardia civil, en referencia los informes que aportó el instituto armado a la causa con el análisis de miles de correos electrónicos.
De poco sirven las proclamas altisonantes sobre la defensa europea y la autonomía estratégica si, a la hora de la verdad, los dirigentes europeos se revelan incapaces de dar los pasos necesarios para cumplir estos objetivos. Después de meses de dudas en las capitales y tensiones entre las empresas involucradas, Alemania y Francia han anunciado esta semana que abandonan el proyecto para construir juntos un avión de combate de nueva generación. La falta de voluntad para dotarse del armamento que garantice su soberanía envía un mensaje preocupante para una Europa más necesitada que nunca de una capacidad de defensa propia en un escenario en el que afronta el imperialismo de Rusia en el flanco oriental, mientras Estados Unidos se desentiende de su protección.

No necesito encuestas para saber que pertenezco a una minoría. Me basta salir de casa y cruzar tres palabras con un semejante para sentirme muy poco semejante a él. La mayoría de los días ni siquiera tengo que hacer tal esfuerzo: con solo leer el periódico, los sentimientos de forastería, extrañamiento, soledad, incomprensión y alucine me borran la ilusión de pertenencia que he soñado por la noche. Pero está bien que los barómetros me confirmen la intuición. El último publicado en este periódico sobre asuntos religiosos determina que los ateos somos en España una minoría formada por el 16,6% de la población. No contamos ahí a los agnósticos, esos moderaditos. Los ateos somos rotundos, apostamos todo a la negación, no tenemos nada que ver con los que se encogen de hombros y se santiguan por si acaso.
Miedo me da cuando oigo un “por cierto”, expresión de doble filo, a menudo tramposa.
Quizá ayude a explicar lo que ha ocurrido en este país, su nivel de crispación y polarización, el hecho de que Federico Jiménez Losantos, antiguo pope de la emisora de la Conferencia Episcopal Española, la Cope, defina hoy como “satánico”, “monstruo” y “siniestro” al cardenal arzobispo de Madrid, José Cobo, y critique que el Papa venga “a ayudar a Pedro Sánchez”; que no se le ocurra otra cosa mejor que visitar un centro de Cáritas —“esos cristianos rojos, cantera de Podemos”— y que, según él, se haya arrodillado “ante el islam”.
Hay que ponerse en la piel de alguien que sufra. Alguien que sufra o que vea sufrir a su pareja, a sus padres, a sus hijos, a sus amigos. Día tras día, noche tras noche. Hay que querer ponerse en la piel y tratar de imaginar un dolor indecible, imposible de imaginar. Hay que pensar en quienes hayan llegado al límite de ese dolor y decidan acabar con su vida no porque renuncien a ella, sino en coherencia con su forma de entenderla. Las personas que eligen la eutanasia y que reciben para ella los avales médicos y jurídicos no están en contra del derecho a la vida. Al revés: lo están defendiendo.
Una periodista, Janet Murray, escribió en X una irónica y poco original crítica contra la serie House. Y el protagonista, Hugh Laurie, contestó con pura flema británica que Murray, inglesa, asumió con resignación. Fue un intercambio cargado de veneno, pero educado, sin descalificaciones. Y algo más importante que eso: con público. Además, un público no sometido a las restricciones habituales de la convivencia. Se hizo ver algo sustancial, que es la diferencia de seguidores y de fama. Debería poder responderse a alguien a pesar de eso, pero en X es exponer a ese alguien, si se trata de una simple periodista, a los miles de fans de una estrella. El caso es que Laurie pidió disculpas. Y lo hizo confesando que, cuando se puso a escribir su respuesta, estaba “ligeramente borracho”. Tengo para mí, por mi vieja experiencia en X, que lo que provocó la borrachera de Laurie no fue escribir su tuit (quizá pasado de sarcasmo pero impecablemente escrito, una contestación correcta —si escribes cosas, bien lo sabemos los articulistas, te expones a que te contesten—) sino la decisión de publicarlo. Ese empujoncito al que ayuda el alcohol, que no es mal empujoncito si no provocase la tradicional tormenta de mierda alrededor. Hay que alabar de Hugh Laurie que, con su sinceridad, haya abierto públicamente una puertita interesante: la de quien, en los espacios públicos y a salvo de miradas (es decir, a salvo de que su rostro o su voz lo delate), escribe borracho o animado, y provoca crisis de todo tipo, no solo las relacionadas con su reputación. Es el que borra el día después, o decide no borrar porque el mismo coraje que te dio el alcohol, te dignifica tenerlo también sobrio. Tengo por lo demás una teoría: el que escribe bebido textos que comprometen a alguien más que a ti, lo hace como esos borrachos que conducen a 30 por hora; es decir, con una prudencia ridícula y fatua. Pero si se trata de tuits es más fácil que salga la agresividad, supongo que excitada por el anonimato (de haberlo). Lo que hizo Hugh Laurie “ligeramente” fue sobreexcitar, con seguridad, a los que no estaban ni “ligeramente” ni dispuestos a admitirlo. Y también a los peores: los que ni siquiera tienen la excusa de haber bebido.
Casi un tercio de los estudiantes de Medicina se mueve de su ciudad para estudiar el grado de sus sueños y el 95% lo ha ha hecho con una nota media entre el 12 y 14 (lo máximo), cuatro puntos porcentuales más que hace una década. Pero estas cifras están llamadas a menguar en septiembre con la apertura de seis nuevas facultades de Medicina, tres públicas (más una nueva sede en Teruel) y tres privadas, con 477 plazas (un 5% más). Y a estas hay que sumar los puestos que amplíen en otros sitios que han echado a andar en los últimos años y que aumentan su oferta con tiento por la complejidad práctica de estos estudios. Este curso han impartido clase 36 facultades públicas y 16 privadas.
