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México juega contra la historia, contra su propia historia, este jueves 11 de junio ante Sudáfrica, cuando el balón ruede en el Estadio Azteca, renombrado Estadio Ciudad de México para el Mundial, después de haber sido renombrado antes Banorte. El azar le ha situado por octava ocasión en un partido inaugural de una Copa del Mundo. Así, será la octava oportunidad para romper una racha que le acompaña desde el primer Mundial, el de 1930: ganar el primer partido.
“Hasta 1999, en Estados Unidos no había ningún estadio de fútbol. Los equipos jugaban en los de fútbol americano”, advierte el español Alfonso Mondelo, uno de los jefes desde hace un cuarto de siglo de la MLS (Major League Soccer), la Liga estadounidense. Él llegó al país en 1971, con 13 años, en los tiempos en los que “el fútbol había que ir a encontrarlo”. “El Mundial del 74 solo se podía ver en circuito cerrado, en el Madison Square Garden [de Nueva York] y en algunos cines. Es más, en Italia 90, cuando Estados Unidos vuelve a un Mundial 40 años después, si querías ver algún partido, tenías que ir a un bar con satélite”, recuerda este hombre nacido en Barakaldo que ha hecho carrera en los despachos del soccer como director de competición de la MLS.
En una de sus sentencias más míticas, el uruguayo Eduardo Galeano escribe: “El fútbol es la única religión que no tiene ateos”. Si los hubiera, estarían en Estados Unidos, uno de los pocos países que se resisten a la universalidad del balompié como fenómeno. Allá donde triunfan el fútbol americano, el baloncesto o el béisbol, los que aglutinan el grueso de espectadores y de inversión, el soccer comienza, sin embargo, a ser uno de los deportes más practicados. Por algo se empieza. No es raro pues que Estados Unidos lleve años preparándose para acoger, junto con México y Canadá, la Copa del Mundo de la FIFA de este verano.
El seleccionador de Canadá, Jesse Marsch (52 años), es uno de esos apóstoles de la iglesia futbolística de Ralf Rangnick, el influyente técnico alemán (hoy al frente de Austria) que creó escuela con la idea del gegenpressing, la presión atosigante al rival para recuperar el balón lo antes posible. La primera vez que Marsch y Rangnick se encontraron, la cosa acabó en una conversación tan acalorada sobre los conceptos del juego que casi pareció una discusión. Aquella charla, en realidad, era una entrevista de trabajo. Jesse optaba al puesto de entrenador del New York, equipo que pertenecía a la factoría Red Bull, donde Ralf cortaba el bacalao, así que este estadounidense se marchó del encuentro con la idea de que nunca sería el elegido. Pero a los 15 minutos recibió una llamada y un mensaje: “Ralf quedó encantado contigo”.
Era sábado por la mañana y conducía a esa hora en la que apenas hay camiones por la autopista y los aparcamientos de los bares de paso están vacíos. Dejaba atrás las nubes del norte. En la radio alguien hablaba de la selección de Marruecos; decía que podía dar la sorpresa, mientras enumeraban países como si estuvieran colocando el tablero de una partida de Risk. Cuando pasé las últimas montañas, el verde se empezó a volver amarillo y aparecí en la llanura de la Meseta, con esa sequedad que parece crujir a través de la luna del coche. En apenas unos kilómetros, el termómetro casi había doblado sus grados. Fue entonces cuando lo vi.

Entender el trabajo que la italiana Rosa Barba (Agrigento, Sicilia, 53 años) presenta hasta el 28 de septiembre en el Centro de Arte Moderna Gulbenkian (Lisboa) exige comprender que es una de las artistas más representativas de su generación. Se trata de una creadora especial. Viaja en avión constantemente. Pero siempre cerca de la salida. Y cuenta cómo un familiar fue succionado en un segundo por las arenas volcánicas del Etna (Sicilia).


Esta novela es el resultado de dos cristalizaciones. O, mejor dicho, es el correlato de dos conversiones. Y las dos tienen a la Guerra Civil como centro irradiador. El barcelonés Joan Sales (1912-1983) es un discreto corrector y maestro de catalán. En julio de 1936 ingresa voluntariamente en la Escuela de Guerra de la Generalitat. Se incorpora a la columna Durruti, en Madrid, más tarde participa en los frentes de Valencia y de Aragón y, finalmente, en las columnas Macià-Companys. Sales acaba la guerra con el grado de comandante del ejército republicano y tiene que abandonar a pie la Cataluña vencida, camino del exilio. Al finalizar el conflicto bélico, está totalmente transformado: el seguidor del filólogo Pompeu Fabra se ha convertido en escritor, ya solo concibe mirar el mundo desde la literatura.


Un cielo de tintes surrealistas, adornado con cientos de figuras voladoras, es la señal inconfundible de que uno se está acercando al mayor festival de cometas del mundo. Celebrado en Weifang (en la costa este de China), desde lejos parece como si el mar se hubiera invertido y flotara suspendido en el aire un extravagante banco de peces de todos los colores, formas y tamaños: los tentáculos de los calamares gigantes ondean sobre las cabezas con cadencia vaporosa; hay osos gigantes mecidos al viento, elegantes mantarrayas que colean a contraluz, dragones chinos, mariposas y aves tornasoladas; también publicidad ―bebidas de té, una app para buscar empleo―, astronautas chinos, portaaviones del Ejército Popular de Liberación, y un cerdo colosal que rebota contra el prado donde se mezclan turistas, aficionados, verdaderos locos de las cometas, niños y mayores, gente de todo tipo mirando hacia lo alto.










Manu Sánchez (Dos Hermanas, 40 años) estrena este jueves en La 1 el programa El perro andaluz (23.00), un formato con el que lleva batiéndose una década desde la televisión pública de Andalucía. Los tres primeros programas, producidos en Sevilla, se grabarán el día de antes de su emisión, y a partir del cuarto entrará en directo en las televisiones de todo el país. El cómico y empresario atiende a EL PAÍS tras el último ensayo en el plató del Cartuja Center Cite.

Hay series de cuya promoción no puedes escapar. Sabes de ellas aunque no quieras saber y, si te pillan con el día ocioso, acabas sucumbiendo. Me pasó con Se tiene que morir mucha gente, de la que, tampoco sé por qué, esperaba más que lo de siempre: otra ficción protagonizada por treintañeras disfuncionales a las que sus amigas soportan porque creen que en el fondo tienen un corazón chachi. Aunque en la vida real esa gente tan insoportable muere sola, dejen de engañar a los espectadores.