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Un día, allá por mi breve y atormentado paso como redactora jefa de El País Semanal (entre 1981 y 1982), estando en el despacho de Juan Luis Cebrián para recibir, supongo, alguna reprimenda, el entonces director del periódico me dijo que debíamos sacar reportajes y contenidos más lujosos, que tenía que ser una revista aspiracional, que la gente la leyera imaginando que alguna vez podría llevar ese tipo de vida. Bajé la cabeza y asentí, cómo no hacerlo ante la jerarquía, pero regresé a la Redacción llena de dudas. Entendía a la perfección lo que Cebrián decía, pero ese era el modelo de un Elle, por ejemplo, y para mí El País Semanal siempre había sido algo muy distinto. Algo imposible de definir, de abarcar, de apresar y alicortar dentro de un modelo. Así que me temo que no hice mucho caso.

Que la primera portada de El País Semanal se dedicara a las mujeres que viajaban a Londres para interrumpir un embarazo no deseado me llena de orgullo. Es la constatación de que el periódico nació con la intención de escuchar el clamor de la calle. Este era un clamor extraño: todo el mundo sabía algo del viaje de las jóvenes españolas a Londres, pero nadie hablaba de ello abiertamente. Fue una emigración silenciosa, un éxodo de mujeres que solo confiaban su secreto a alguna buena amiga; pero en esa red eficaz en la que se suele mover lo clandestino, una chica de barrio siempre encontraba algún contacto que, de manera altruista, la ayudaba a emprender su viaje. Esta portada, la de la chica sin nombre que ha acabado siendo cualquiera de las que se vieron inmersas en aquella experiencia, me causa una indescriptible emoción.

Mi infancia y las moscas… ¡Había tantas y todas gratis, sin importar su tamaño o su color! Estaban en las iglesias, en las peluquerías, en las carnicerías, en las lecherías, en las aulas. Estaban en la cocina, en el comedor, en el dormitorio, en el cuarto de baño, y hasta en un poema de Machado, que luego musicaría Serrat, llegaron a manifestarse. No estaban las moscas ahí y nosotros aquí, sino que las moscas y nosotros formábamos una rara sustancia vital difícil de entender desde la soledad o las soledades de ahora. Había moscas que te acompañaban al colegio y que te esperaban a la salida. Quizá, dirán algunos, no eran las mismas, pero cómo saberlo, quién se atrevería a jurarlo después de los sucesos insólitos a los que hemos asistido durante los siguientes años.


A comienzos de la década de 1980, Interviú mandó a Pilar Eyre a cubrir un acto de los Reyes en Barcelona. La periodista nunca había tratado con el monarca y su consorte y estaba un poco nerviosa. Antes del encuentro, una experta en protocolo del palacio le explicó cómo debía comportarse. Tenía que hacer una genuflexión ante el jefe del Estado y su esposa, no debía tocarles ni mirarles fijamente a los ojos y, sobre todo, no podía comentar ninguna incidencia en su crónica. Eyre hizo exactamente lo contrario. No se agachó, les dio la mano, los miró a la cara y en la pieza que publicó al día siguiente en la revista reveló que Juan Carlos I había pedido un whisky en pleno besamanos.


En las elecciones generales de Hungría celebradas el pasado abril, el Gobierno populista de derechas del primer ministro Viktor Orbán fue desalojado del poder no por una oposición de izquierda, sino por un partido de centroderecha comprometido con la lucha contra la corrupción y la restauración de la democracia. Israel se dirige a las urnas este 27 de octubre y un cambio similar es, con diferencia, el mejor resultado que cabe razonablemente esperar: que el Gobierno extremista del primer ministro Benjamín Netanyahu sea sustituido por una Administración decente y respetuosa con la ley. Una política exterior radicalmente nueva seguirá estando fuera de alcance.
“España es un país putero”, dice la guionista y productora Isabel Peña. No es una opinión, es una afirmación con los datos por delante de la ONU: España es el primer país de Europa y el tercero del mundo (por detrás de Puerto Rico y Tailandia) en consumo de prostitución. Más del 80% de las mujeres prostituidas en España lo hacen de manera forzada, como corroboran los informes policiales. Y, de hecho, la trata de mujeres con fines de explotación sexual no fue delito en nuestro país hasta 2010. “Lo intuíamos… Quiero decir: España es un país en el que muchas comidas de trabajo acaban en un prostíbulo. Sentíamos que había algo que no se había contado y que nosotros no conocíamos, una pregunta que tenía potencial de ser investigada: ¿qué pasa aquí dentro?”, continúa Peña, colaboradora habitual de Rodrigo Sorogoyen (As bestas, El ser querido) que ahora se ha unido de nuevo a Eduardo Villanueva (tras Antidisturbios) para firmar la serie El castillo (Movistar Plus+). Para crearla partieron del libro de Mabel Lozano, El proxeneta, y continuaron con su propia investigación para centrar la historia en el cambio de siglo, en el momento de las aperturas de los macroclubs de carretera, ese momento de “España va bien” en el que los chulos empezaron a llamarse a sí mismos empresarios de la noche y a hacerse millonarios trayendo bajo engaño a muchas mujeres de Europa del Este o Latinoamérica, que vivían y (aún viven) esclavizadas, secuestradas y que eran las únicas damnificadas en las redadas.
Carmen de Juan (Another Artists Agency)
Casi siempre empieza por un minúsculo conflicto que se extiende como la pólvora. Ahora arrancó en un pequeño instituto de la periferia de París que pedía mejores instalaciones. En mayo de 1968 fue en una universidad de las afueras de la capital francesa, Nanterre, donde los universitarios demandaban acabar con la prohibición de que chicos y chicas circulasen con libertad por las habitaciones de unos y otros. Y luego prende como la yesca. Esos ejemplos han tenido lugar en Francia, pero la reflexión puede extenderse a cualquier parte.

Admito mi predilección por la palabra mamarracho. En la última sílaba, cuando desciende su intensidad tras el acento de la tercera, se recrea una mucho en el insulto: ma-ma-rra-cho. Tiene cierto efecto catártico que, posiblemente, explique que la presidenta de la Comunidad de Madrid abuse tanto del término y haya llamado “mamarrachos” a los jóvenes acampados en la Puerta del Sol, más allá de su intención de provocar.
“Pensaba que era lo normal”. Petra Ecclestone, hija del magnate de la Fórmula 1 Bernie Ecclestone, recordaba así su infancia en una entrevista con The Guardian en 2009. De pequeña, daba por hecho que todo el mundo viajaba en avión privado, hasta que, hacia los 12 o 13 años, descubrió que no era exactamente así. Intentó pasar más desapercibida, cambió el móvil de contrato a prepago y empezó a vestir chándales de Adidas y Reebok. También probó a ir a Camden, en Londres, pero la experiencia terminó con alguien sacándole un cuchillo. “No salió muy bien”, contaba. No volvió.
Fathi, de 19 años, relata con un leve hilo de voz la odisea que le tocó vivir cuando, con 13 y en contra de su familia, fue casada por la fuerza en Somalia. El marido impuesto era un hombre unos 30 años mayor que ella y terrorista de Al Shabab, grupo perteneciente al entramado terrorista de Al Qaeda, que controla importantes zonas de este país del Cuerno de África. Según su testimonio, no participó en entrenamientos ni en actividades militares, pero esta muchacha representa el eslabón más débil de una cadena difícil de romper, la de la participación de menores en conflictos armados. “Yo era muy joven. Crecí en una localidad que controlaban [los terroristas]. Con 13 años vinieron a buscar a mi padre para casarme con el miliciano ”, detalla durante una entrevista en Mogadiscio, la capital de Somalia.
