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En el accidente ferroviario de Urda han fallecido al menos 69 personas y todavía hay varias decenas de heridos. El final del incidente es un choque violento entre el tren AVE de Renfe y un Iryo detenido. ¿Pero qué había pasado antes? En su primera comparecencia, el ministro Óscar Puente ha hablado de una “inexplicable” orden de reanudar la marcha con normalidad dictada desde el centro de control de Adif. Pero las informaciones ya disponibles apuntan al menos tres problemas.
En la realización de esta información se han utilizado agentes de inteligencia artificial para calcular las velocidades de los trenes y su posición aproximada. Los datos de geolocalización de trenes de Renfe proceden de los datos que publica la operadora en tiempo real y su histórico ha sido recopilado por la página web Retrasómetro. Iryo no publica datos de la geolocalización de sus trenes: su recorrido se ha estimado a partir de la mediana de las distancias recorridas por los trenes Renfe anteriores. También se ha asumido como momento de frenado alrededor de las 8.30 (hora teórica de caída del LZB) y como lugar, el del impacto.
Pedí un café en la cafetería del tren a Sevilla. La camarera me lo sirvió. Otro camarero pregonó que estaba listo un sándwich mixto para alguien. Es lo último que recuerdo. Noté un empujón brutal del que no me acuerdo bien y sentí un golpe en la cabeza mientras me preguntaba qué pasaba. Después me vi en el suelo del vagón, en el otro extremo de la cafetería. Alguien dijo que era un accidente y eso me hizo reaccionar y comprender lo que me pasaba. Lo primero que pensé es que estaba bien, que no tenía nada roto, que me podía mover y hablar. Lo primero que pensé fue en llamar a mi mujer para informarla, pero me di cuenta de que había dejado el teléfono en la barra y había salido despedido. Por un milagro que aún no entiendo el móvil apareció a mi lado. Estaba lleno de sangre. Ahí caí en que estaba herido. “Un rasguño”, me dije. Y me lo creí. Con la voz más tranquila del mundo llamé a mi mujer y le conté lo que había sucedido, pero que a mí no me pasaba nada.

Miedo e incertidumbre. Son las dos palabras que más se repiten en la estación de trenes de Chamartín, en Madrid. Todo parece normal: las máquinas siguen expidiendo billetes, los pasajeros continúan arrastrando sus pesadas maletas de un punto a otro. Hay algo, sin embargo, que la mayoría admite: haber tenido ciertas dudas para viajar. El accidente registrado este miércoles a la altura de la estación de Urda, Toledo, preocupa a todos los pasajeros.


Se acabó el colegueo de Broncano y sus coleguitas con los candidatos más afines. Y los chascarrillos cómplices de Motos y sus hormigas con los suyos. Se terminaron las piruetas con la IA de los malotes de los partidos ensalzando a sus propios líderes y humillando a los rivales. Se acabaron los bailes arrítmicos de Sánchez en sus mítines. Y los juegos de palabras autoboicoteados por Feijóo en los suyos. Podría seguir pasando revista a todas las siglas, pero aquí lo dejo, porque, por supuesto, nada de eso ha terminado ni va a terminar ni siquiera estando aún caliente el ADN de las víctimas de los trenes de Toledo en las vías. Abascal y sus esbirros ni se han molestado en disimular y ya le han echado los muertos a la cara al Gobierno antes siquiera de ser identificados por sus deudos. Y al resto, les falta cinco minutos para usarlos como munición partidista y enzarzarse a hostias con ellos. Todo lo más, dejarán pasar el puente de Todos los Santos y Difuntos, macabro capricho del calendario, para volver a los zascas, al jijí-jajá y a las consabidas gamberradas de la IA insultando la inteligencia del votante, no sea que los tachen de boomers trasnochados, el nuevo sambenito para todo.
El 14 de mayo de 2016, el Ayuntamiento de Madrid programó en Las Vistillas a un colectivo de rap al que buena parte de su propia escena llamaba “pijo”. Agorazein, que formaban C. Tangana, Sticky M.A., Jerv.AGZ, I-Ace y DJ Fabianni, planteó aquel concierto como una fiesta familiar, “AGZ Familia”: en el cartel, dibujado a mano, había una cena con Antón Álvarez (Pucho para los suyos, C. Tangana para el público) en el centro, un cocodrilo en la mesa y, alrededor, amigos como el rapero Elio Toffana y el productor Alizzz. Ese mismo día, en HHGroups, el foro del rap español, alguien escribía: “En fin, que [C. Tangana] molaba más cuando era Crema”. Crema era el nombre con el que Álvarez empezó a rapear, sobre 2005. Seis meses después, el 15 de noviembre de 2016, Agorazein publicó Siempre, quince canciones que resultaron ser el último disco del grupo.



Hay días en que uno apaga la televisión y también salen tertulianos. El doctor Cabrera es uno de ellos. Es un personaje televisivo que lleva más de una década opinando sobre sucesos y casos mediáticos. Pero —siempre hay alguno que otro cuando se opina— desde que Horizonte se ha metido en la batalla política de las tertulias nocturnas, sus intervenciones se han vuelto cada vez más polémicas y virales que nunca.
Susi Sánchez (Chirivella, Valencia, 71 años) espera en la puerta del hotel Capitol de Madrid. Es curioso que admita no saber representar el papel de estrella, porque su figura de estrella clásica de otro tiempo detiene la mirada de las personas que a estas horas, media tarde, cruzan la Gran Vía. Ha trabajado con Pedro Almodóvar en La piel que habito, Julieta y Dolor y gloria. Ganó el Goya a la mejor actriz protagonista en 2019 por La enfermedad del domingo, de Ramón Salazar, y el de reparto en 2023 por Cinco lobitos, de Alauda Ruiz de Azúa. Tiene un premio Max a la mejor actriz de reparto por Cuando deje de llover, en 2014. Sube a la terraza, busca sombra, pide agua. Las miradas de los demás no dejan de llover sobre ella, pero se hace la distraída. Ha dado vida a Pascuala, la abuela de un niño de 11 años que se va a vivir con ella tras la desaparición de su padre, en El mal hijo, la ópera prima de Jaime Lorente.
Hay pocas figuras en España reconocidas únicamente por su nombre –Raphael, Chenoa, Amaia, Rosalía, Ramoncín–, muchas menos reconocidas únicamente por su primer apellido y puede que solo una reconocida por el segundo. Todo el mundo sabe quién es Palomo, el personaje, pero no tantos que su nombre completo es Alejandro Gómez Palomo. Alejandro nació en Posadas, Córdoba, y tiene 34 años. Palomo ha cumplido diez como firma y también como gran personaje de la moda española del siglo XXI. Ha conseguido que una propuesta revolucionaria y desafiante llegue al gran público, a las pasarelas internacionales, a acuerdos con todo tipo de marcas y a los famosos más absolutamente famosos del mundo. Y el hombre detrás de Palomo, gracias a su presencia constante en medios, se ha convertido en una figura en sí mismo, uno de esos modistas que consiguen llegar a una audiencia que tal vez no sepa de patrones o costuras, pero reconoce el impacto cultural y las hechuras que definen a una estrella. En ICON hemos pedido a Palomo y a Alejandro Gómez Palomo, a los dos a la vez, que repasen los cinco momentos que han definido esta década que ha pasado desde el nacimiento de su marca.

Hay decisiones que cuesta entender. En la vida y en televisión. Como el paso de Marc Giró a La Sexta. Era una figura en ascenso en una TVE en alza. Giró no garantizaba share, pero aportaba imagen y coherencia con la nueva identidad de la pública que en ese momento buscaba remozar su audiencia apoyándose en rostros reconocibles para los jóvenes: Broncano, Giró, Álvarez, Hernand… Con el cambio, Giró perdía visibilidad, pero ganaba en salud. Se iba a un entorno laboral en el que, por ahora, no suenan las motosierras. Para minimizar el golpe, TVE miró a su segundo canal y tiró de Henar Álvarez y su Al cielo con ella. Un perfil similar. Ambos son cáusticos, mordaces, reivindicativos. Uno con guante de seda, la otra con guante de crin.