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Francina Armengol (Inca, Baleares, 55 años) es una farmacéutica que lleva más de 15 años en primera fila política, como dirigente socialista en las islas y en esta pasada legislatura al frente de la tercera institución del Estado como presidenta del Congreso. No ha sido una tarea fácil. El Parlamento se ha embravecido y algunos parlamentarios de la derecha, PP y Vox, la tienen enfilada como un árbitro en defensa del sanchismo. Alguno no le ha respondido ni a sus felicitaciones personales en privado.

A Paloma le dijeron que su hija, con altas capacidades, era neurodivergente. Poco después le sugirieron que su hijo, con hipersensibilidad emocional, quizá entrara también en esa categoría, que a Paloma le sonó sugestiva y misteriosa, con un toque exclusivo, como de mente fuera del rebaño. En ambos casos se lo comunicaron en el colegio donde lleva a sus retoños, durante sendas reuniones con el equipo de psicopedagogía. Paloma se lo comentó entonces a su psicóloga, quien aportó una nueva evaluación: con dos niños así, lo más probable era que la madre fuese, asimismo, neurodivergente.
Estados Unidos ya lleva una semana votando y los primeros datos del sufragio anticipado para las legislativas del 3 de noviembre transmiten que los estadounidenses tienen ganas de decir algo en las urnas sobre la situación de su país. Aún no sabemos exactamente qué es. Hasta el viernes, ya habían participado más de 23 millones de personas, un aumento generalizado respecto a 2022. En Texas, donde está en juego un escaño del Senado que supondría un vuelco político sensacional si cayera en manos demócratas, las dos principales áreas metropolitanas, Dallas y Houston, registraron un récord de votos en el primer día hábil, el pasado lunes. El 30% de los electores de Texas son latinos. Las encuestas generales indican más movilización entre los demócratas.

Manuel Fernández-Montesinos apenas se acordaba de su padre ni de su tío Federico, asesinados los dos, con un día de diferencia, cuando él tenía cuatro años. Las fotos le concedían un espejismo de memoria. En la vida de un niño las personas desaparecen y nadie se ocupa de darle explicaciones, por un deseo de protección que a Fernández-Montesinos le pareció siempre equivocado. El padre y el tío tan querido unas veces están y otras ya no están, y ni siquiera vuelven a aparecer en ese porvenir indeterminado de la conciencia infantil, regresados de un viaje, trayendo ese regalo que quizás el niño no olvide nunca, aunque no pueda recordar al que fue su porrtador. El espacio en blanco de los muertos lo ocuparon en la niñez y la juventud de Manuel Fernández-Montesinos dos hombres mayores que a él se lo parecerían más aún, físicamente bien sólidos, a diferencia de los queridos fantasmas fotográficos, con un aspecto formal de señores de otro tiempo, casi de otro siglo: su abuelo Federico y quien él llamó siempre el tío Fernando, Fernando de los Ríos. En las fotos don Federico García Rodríguez tiene una gran cabeza cuadrada sobre un torso cuadrado y fornido, más rotundo aún por los hombros rectos y las anchas solapas de la chaqueta de un traje negro que durante los últimos nueve años de su vida fue un traje invariable de luto. En el paraíso de la Huerta de San Vicente, en la que el niño conoció y perdió muy pronto la eternidad feliz del verano, el abuelo era el gigante bondadoso que velaba por el nieto y le regalaba caramelillos y herramientas de hortelano hechas a la medida de las manos y las fuerzas infantiles por un herrero amigo. La silueta de encina del abuelo se recorta con la misma nitidez en la huerta familiar, en la cubierta del barco donde lo que queda de la familia va a exiliarse en Estados Unidos, en la orilla del río Hudson y entre los robles y los arces de Riverside Park, donde el antiguo niño hortelano ahora juega al beisbol y habla inglés sin ningún rastro de acento.
La frase más repetida en las tertulias políticas es seguramente “yo no soy jurista, pero…”, seguida de cerca por “yo no soy economista, pero” y “yo no soy encuestador, pero”. Vivimos en la autarquía de los expertos, y es lógico que así sea. Quizá la realidad no sea más compleja que antes, pero nuestra percepción de la realidad sí que lo es, porque cada vez disponemos de unas herramientas más afiladas para analizarla. Cada ángulo del mundo se ha vuelto tan complicado que, en efecto, hace falta un experto para entenderlo. No es nuevo que los tertulianos políticos opinen sobre las sentencias del Tribunal Supremo. Lo que es nuevo es que ahora sienten la necesidad de arrancar con el topicazo del yo-no-soy-jurista-pero antes de ponerse a opinar como han hecho toda la vida.
El libro es fabuloso, se titula En palabras sencillas, y en él Richard Ford habla de sus influencias, de la forma en que se hizo escritor, de sus dudas. En un momento, escribe: “Una parábola de cómo funcionan mi cerebro y mi vida. Al principio no veo nada. Y luego veo todo”. Es una obra astuta, insolente y optimista. Terminé de leerla en un estado extraño, sintiendo incapacidad para poner en marcha el dispositivo del ensueño, que es como conviene vivir —siempre en otra parte—, así que salí a correr en torno al cementerio de mi barrio. Alrededor hay puestos de flores. Rezuman un aroma alegre que contrasta con la naturaleza a la que responden. Son raras las flores para los muertos. No hay nardos ni jazmines, demasiado lúbricos quizás. Predominan los gladiolos rígidos como soldados, los crisantemos anodinos, los claveles arcaicos, las rosas, siempre rojas. Todo es envarado y serio, el equivalente floral a un empleado de casa funeraria. También hay flores de plástico de colores deformes: margaritas de color azul, gladiolos verde radioactivo. Quizás porque son de plástico, y están muertas, el color se les tolera. Casi nunca se ve gente comprando, pero la mercadería parece lozana. Ese día, en uno de los puestos, vi una pizarra en la que se leía: “¡Hay urnas!”, como quien anuncia: “¡Llegaron los tomates!”. Parecía una invitación a morirse. Alguien podía pasar por allí y, al descubrir que habían llegado las urnas, entender que no debía desaprovechar la oportunidad. Miré alrededor: el suelo estaba humedecido por el sol, el cielo parecía a punto de estallar de tensión azul y fría, y yo, que hasta entonces no veía nada, vi todo: la divina ignorancia del amor reinaba en todas partes, la muerte pisaba el mundo pero no podía aniquilarlo, si se prestaba atención se podía escuchar el coro de lo que apenas se escucha. Y seguí corriendo como seguimos todos: repleta de sentido para después perderlo, corriendo hacia adelante para llegar a ninguna parte.
Una prolongada parálisis desde la derrota en las elecciones europeas de junio de 2024 y ahora terribles convulsiones. El viaje del macronismo empezó con el asombroso éxito político de un hombre sin partido cargado de ideas, y termina con un triste calvario. ¿Qué pasó?
Libros que los personajes escriben, leen, regalan. Libros que saltan de una película a otra, que inspiran tramas, que se adaptan. La filmografía de Pedro Almodóvar está plagada de referencias literarias. Ha publicado numerosos relatos a lo largo de las décadas, algunos de ellos reunidos en El último sueño (2023). Pero ha esperado hasta los 77 años para publicar su primera novela: El hombre que solo escribía en los aviones (Reservoir Books), que llega a las librerías el 29 de octubre. Un libro frenético y libre, como su cine, atravesado por la pasión lectora. Lo protagoniza Flavio Guijarro, nueva incorporación al fecundo plantel de personajes almodovarianos. Un coach de autores obsesionado con escribir. Como tantos protagonistas del manchego, Flavio tiene mucho de él. Es sabido que la obra de Almodóvar es un ente poroso por el que circulan la ficción, la realidad, lo vivido, lo escuchado, lo leído. Esta entrevista discurre por esos poros y se centra en el Almodóvar lector y escritor. Recibe a Babelia en las oficinas madrileñas de El Deseo, su productora, con las paredes llenas de recuerdos y carteles de sus películas llegados de todos los rincones del mundo. Preside su despacho una gran estantería llena de libros que, advierte, son sobre todo novedades que le llegan. Su biblioteca más personal, admite, está en su casa. Sobre la mesa, eso sí, el último libro que le ha fascinado, Cosamala, de Alana S. Portero, autora hacia la que se deshace en elogios. Se enciende la grabadora y aparece un Almodóvar sereno, amable, cómodo con una conversación ajena a la clásica promoción del cine, alejado de la ansiedad que, dice, ha sido un motor de su novela.

“Estamos a punto de perder una información única que no podremos recuperar de ningún otro sitio”, lamenta María Leunda, paleoecóloga guipuzcoana. Se refiere a lo que está sucediendo en uno de los entornos más desconocidos y únicos del mundo: las cuevas heladas de alta montaña, donde aún queda hielo fósil de hace miles de años. Algunas de las mejor estudiadas están en la cordillera de los Pirineos, una de las más castigadas por el deshielo y la subida de las temperaturas.




Lucy Sparrow (Bath, Reino Unido, 40 años) es una de las creadoras más disruptivas del mundo. Sus trabajos, siempre situados en entornos cotidianos y comunitarios para “resultar inmediatamente reconocibles para cualquier público” han ido creciendo en ambición, volumen y expansión desde su primera instalación, en 2014, llamada Corner Shop. “Erra una tienda tradicional británica de barrio que llené con 4.000 objetos hechos a mano con fieltro. Tras el éxito de aquella exposición, asumí el reto de llevar mi práctica artística hacia exposiciones cada vez más grandes y complejas, hasta llegar a la instalación de 1.000 metros cuadrados que actualmente se puede visitar en The Momentary Museum de Bentonville, Arkansas”, cuenta Sparrow a ICON.