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La primera información dada a conocer este sábado por la noche sobre el atacante que ha entrado al hotel donde se celebraba la tradicional cena de corresponsales de la Casa Blanca para periodistas con el presidente Donald Trump ha sido su foto. Un hombre joven con el torso descubierto tumbado boca abajo en el suelo, ya reducido por la seguridad, aún en el hotel Hilton de Washington donde se suspendió el evento. Ha sido identificado poco después como Cole Allen, un hombre de 31 años originario de California.


La llegada de la primavera trae consigo una gran variedad de actividades al aire libre que, año tras año, se convierten en ese momento ideal para compartir con nuestros seres queridos. Las barbacoas, por ejemplo, son una oportunidad para reencontrarse con amigos y familiares mientras se disfruta de carnes, pescados o verduras preparadas a la parrilla.













Si conduces a diario para ir a trabajar o porque vives apartado de la ciudad y necesitas el coche para moverte con mayor facilidad, seguro que conoces tu coche a la perfección: los ruidos del motor, el truco para abrir la puerta del maletero, el lugar exacto para colocar el parasol para que no queme el volante, el botón que tienes que apretar más fuerte de la radio o cualquier sonido que hace cualquier parte del coche. Es cierto que de estas cosas hay muchas a las que te puedes acostumbrar fácilmente, pero otras son insoportables: el zumbido constante de la radio en carretera, las vibraciones en las puertas o esa pieza suelta en las paredes del maletero que hace ese ruido tan molesto que te pone de los nervios cada vez que haces un viaje largo.




Hay dos ojos que han condicionado la vida de los venezolanos durante más de dos décadas. Unos ojos simbólicos, que estuvieron en las fachadas, en las camisetas, en las escaleras de la ciudad. Eran los ojos de Hugo Chávez: una mirada diseñada para sugerir autoridad, vigilancia, omnipresencia. Una mirada que, incluso después de su muerte en 2013, seguía allí, como si el poder no necesitara ya cuerpo, solo presencia. Hoy esos ojos apenas se perciben en las calles de Caracas, la capital de Venezuela. Su rastro se ha ido borrando en las fachadas como se diluyó el aura que envolvió al chavismo. Ahora parece que hay otros ojos. Otra mirada que no está pintada en muros, pero que atraviesa decisiones, expectativas, miedos. Una presencia no física, pero igual de implacable: la de Donald Trump. El país que fue observado desde dentro ahora se siente observado desde fuera. Y en ese cruce de miradas, Venezuela sigue viviendo como siempre: mientras tanto.


Si el opositor Leopoldo López, que pasó más de cinco años entre la prisión de Ramo Verde y el arresto domiciliario, tuviera que resumir el paso de María Corina Machado por Madrid, lo contaría “como una gran demostración de la fuerza que tiene la Venezuela que exige la salida del chavismo del poder”. Y si tuviera que elegir una frase, sería la que ella misma pronunció el pasado lunes durante un desayuno con empresarios: la de liderar “una gran alianza nacional que trasciende ideologías y posiciones doctrinarias”. En el fondo, lo que defienden López y Machado es lo que defienden todos los que quieren ver al chavismo fuera del Palacio de Miraflores. Pero en la Venezuela sin Nicolás Maduro, la forma sigue dividiendo a los opositores.
Durante meses el chavismo se preparó para morir, pero no para salir malherido. De todos los escenarios que se plantearon durante la ofensiva de Donald Trump contra Nicolás Maduro, que se lo llevasen vivo no estaba en los planes de nadie. “Yo en mi vida había agarrado una pistola, un fusil… y me preparé en estos meses para asumir cualquier situación que se presentara, pero no esta”, cuenta un miembro destacado del oficialismo. La dirigencia chavista estaba convencida de que Estados Unidos acabaría invadiendo Venezuela por tierra y bombardeando sitios estratégicos, y que entonces reaccionarían como auténticos soldados de la revolución. “Habríamos volado las refinerías y los campos petroleros”, dice. Pero los sorprendieron.


Los carteles se amontonan uno encima del otro en los tablones que hay alrededor de la Plaça Major de Badia del Vallès (Barcelona, 13.000 habitantes). Los hay del No a la guerra, de citas célebres de autores literarios e incluso denuncias sociales. Pero los vecinos comentan uno que llama a la población a acudir el sábado delante del Ayuntamiento para participar en el rodaje de una película sobre el municipio. “¡Huy si hay para contar!“, dice Carmen. Solo el nacimiento de Badia ya es peculiar. El municipio fue proyectado en la década de 1960 en el Instituto de la Vivienda franquista como una zona exclusivamente de vivienda de protección oficial (VPO) que debía para solventar la crisis habitacional que sufría el área de Barcelona. La localidad, a unos 12 kilómetros de la capital catalana, acaba de festejar que hace medio siglo llegaron sus primeros vecinos. Esos 50 años, sin embargo, debían suponer otro hito. Badia debía haber dejado atrás el pasado 6 de febrero de 2026 su pasado de polígono de VPO al liberar las últimas 1.216 viviendas protegidas que quedaban tras un proceso de descalificación que arrancó en 2023. Pero un mes antes, la Generalitat decidió que esos pisos iban a seguir siendo protegidos —y, por tanto, sin posibilidad de venderse a precio de mercado— al hallarse en zona una tensionada por la crisis de la vivienda, lo cual ha puesto a los vecinos en pie de guerra.
Se hace de noche en Long Beach, la playa que bordea Georgetown, la capital de Isla de Ascensión. En la orilla, algo se mueve. Una masa oscura y enorme emerge del oleaje con una lentitud que parece deliberada. Es una hembra de tortuga verde (Chelonia mydas), que puede llegar a medir 1,3 metros y pesar más de 150 kilos de peso, y que acaba de cruzar 2.300 kilómetros de océano abierto desde las costas de Brasil. Ha tardado seis semanas. En el camino no ha comido nada. Está volviendo a la misma playa en la que nació. Y ahora tiene un trabajo que hacer.

El 28 de abril de 2025 amaneció soleado y con temperaturas templadas en toda la península Ibérica. La demanda prevista de electricidad era reducida, unos 26 gigavatios (GW), y la oferta de generación más que suficiente para cubrirla. Nada hacía presagiar que, a partir de las 12.32, ajenos a lo que pudiera haber ocurrido, millones de consumidores se dirigirían al cuadro eléctrico de sus casas para comprobar el automático pues se habían quedado sin luz. El caos en el transporte no tardó en aparecer: muchos pasajeros se vieron atrapados en trenes sin suministro eléctrico o en vehículos que no podían avanzar ante semáforos apagados. Las industrias pararon su producción y la inmensa mayoría de los negocios tuvo que echar el cierre. Para mayor asombro de los usuarios, también los teléfonos móviles y los equipos informáticos dejaron de funcionar.